Toca el turno a príncipes y jueces, es decir, a quienes administran la justicia (3,9-11). Todos, sin excepción, cumplen con sus funciones, pero en sentido contrario: administran, conducen, construyen, juzgan según sus intereses, aunque tengan que matar, robar, expoliar y construir sobre la sangre de los esclavizados. Nótese, además, cómo al desenmascaramiento de estos estamentos y sus respectivos funcionarios corresponde también una denuncia contra el estamento religioso representado por los profetas y sacerdotes (2,6-11; 3,5-8.11). En connivencia con los protagonistas de los males sociales, dan por hecho que Dios permite todo eso, toda vez que lo invocan y le rinden culto.
