Los moabitas habitaban al este del Mar Muerto e incursionaban varias veces en territorio de Judá, ocasionando desastres. Contra ellos encontramos fuertes condenas proféticas (Is 25,10-12; Ez 25,8-11; Am 2,1-3; Sof 2,8-11). «Camos» era el dios nacional de los moabitas (cfr. Nm 21,29; 1 Re 11,33). Nótese cómo, en los conflictos bélicos, la victoria o la derrota siempre son de los dioses. Lo primero que hace un pueblo vencido o derrotado es avergonzarse de su dios (13) y asumir que los dioses también pueden ser sometidos y desterrados. A este paso, se puede calcular el impacto psicológico, religioso y moral que la caída de Jerusalén, la destrucción y el saqueo de su templo, y la deportación a Babilonia produjeron en los israelitas. Los «ayes» que encontramos en el v. 46 pueden entenderse como un lamento, una compasión o una maldición. El acento de este «ay», pronunciado por el Señor, es de misericordia y compasión hacia los moabitas desterrados. También habrá perdón para los enemigos de Israel.
