Desde muy antiguo, Israel, como muchos otros pueblos, supuso la propiedad divina de todo cuanto existe (cfr. Sal 50,10s), de modo que siempre mantuvo la costumbre de dedicar a su Dios los primeros frutos de los productos agrícolas y de sus ganados. También existió la tendencia, practicada en otros pueblos, de ofrecer al Señor el primo-génito de la familia (cfr. 2 Re 16,3). No se alude aquí a los primeros frutos de la cosecha ni a los primogénitos humanos. Solo se mencionan los primogénitos del ganado, pues al consagrar el primer macho quedaba consagrado todo el rebaño. El animal debía ser perfecto, ya que no se ofrece al Señor nada defectuoso (21). También se subraya el carácter de banquete comunitario de esta ofrenda, que debía ser comida en presencia del Señor (20). El texto reconoce la propiedad absoluta de Dios sobre todo cuanto existe; por eso, no hay justificación para acaparar los bienes de la creación, y mucho menos para dejar a otros sin nada. Así, este pasaje puede constituir una buena conclusión de la ley sobre el perdón de las deudas y la liberación de los esclavos.
