En este punto comienzan la historia y las tradiciones del pueblo, tantas veces contadas y recontadas en las asambleas y fiestas religiosas, tantas veces revisadas y replanteadas para no perder el norte en medio de los sucesos de la historia. A través de leyendas, aventuras y sagas sobre personajes antiguos, muchos grupos humanos, unos más grandes, otros más pequeños, se fueron configurando como un pueblo, como una única familia procedente de un único tronco, Abrahán, padre de todos. En los momentos críticos por los que pasaron estos «descendientes» de Abrahán recurrían a las tradiciones sobre sus padres, a sus acciones y aventuras en uno u otro lugar del territorio, a sus palabras y, sobre todo, a las situaciones concretas en las que transmitieron aquello que movió a Abrahán a salir de su tierra y de su parentela para establecerse en Canaán: la promesa de Dios y su bendición.
Pues bien, a este inicio de la «Historia» de Israel le faltaba algo, y era la «historia» de los orígenes del mundo. Como queda dicho en la Introducción al Pentateuco, las circunstancias históricas vividas por Israel en el siglo VI a.C. lo pusieron a un paso de desaparecer, pero la tenacidad de unos cuantos dirigentes religiosos lograron formar de nuevo la mentalidad e identidad del pueblo. Ya no se aferran sólo a cuanto se contaba sobre los patriarcas, sino al plan de Dios «desde el principio».
De este modo, la escuela sacerdotal (P) logra varios propósitos: en primer lugar, ampliar el horizonte histórico hasta los orígenes mismos de la humanidad y del mundo para enmarcar la historia de Israel dentro de la universal, en la cual Dios se hace presente para quedarse de manera definitiva con este pueblo especialmente elegido y bendecido. Pero, además, logra el otro propósito que hemos venido resaltando: dota de unas claves de interpretación a esa sucesión de hechos y experiencias, a esos personajes y a sus acciones, y así puede comprender cada situación del pasado y afrontar con mayor eficacia y sentido el futuro. Eso es lo que hizo la escuela sacerdotal de los primeros once capítulos del Génesis, una clave para poder leer y entender lo que sigue de aquí en adelante: la historia de los patriarcas, la historia de la elección del pueblo, de su esclavitud en Egipto y su liberación, la travesía por el desierto (Éxodo–Números), la conquista y posesión de la tierra (Josué) y la evolución sociopolítica en ella (Jueces–2 Reyes).
En términos muy simples podríamos decir que, con esta herramienta, el pueblo tenía con qué juzgar los hechos y a sus protagonistas: cuando se ajustaron al plan divino de justicia y de vida, las cosas funcionaron muy bien; pero cuando se dejaron atrapar por el egoísmo, la codicia y la sed de poder y de dominio, la historia tomó otro rumbo, aunque no se vieran al instante los resultados negativos.
He ahí por qué la Biblia nunca oculta los comportamientos negativos o contrarios a la voluntad divina de ninguno de sus personajes, ni siquiera de figuras tan venerables como los patriarcas. Es que todos, absolutamente todos, han de pasar –y hemos de pasar– por este criterio de juicio, que es la justicia.
