Este pasaje, uno de los más difíciles de traducir de todo el Nuevo Testamento, es una bendición que, más que para ser leída, debe escucharse en medio de la oración de la asamblea. Ella nos abre a la maravilla del plan de salvación de Dios, que es como un «diálogo de amor» entre las tres divinas personas que, surgiendo del horizonte insondable de la eternidad, se desbordan en la creación del mundo y del hombre, y se revelan en la historia, «en la plenitud de los tiempos» (10), en la persona de Cristo.
