TERCER DOMINGO DE ADVIENTO – AÑO A

Mateo 11,2-11

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Un buen domingo para todos.

La semana pasada encontramos al Bautista en Betabara, donde estaba bautizando a la gente y recordamos las duras palabras que dirigió a los fariseos y saduceos que se presentaron para ser bautizados, pero no querían convertirse y cambiar de vida. Entonces les amenazó con severidad: “Raza de víboras… ¿Quién les ha enseñado a escapar de la condena que llega? El hacha ya está apoyada en la raíz del árbol (que son ustedes): árbol que no produzca frutos bellos será cortado y arrojado al fuego” (Lc 3,7-9). Y también: “Ya está por venir empuña la horquilla para limpiar su cosecha y reunir el trigo en el granero, y quemará la paja en un fuego que no se apaga” (Lc 3,17).

El Bautista quería, precisamente, asustar a los pecadores para que cambien. Este lenguaje no sorprende porque era la manera de hablar de todos los profetas del Antiguo Testamento. Cuando la gente se comportaba mal, amenazaban con los castigos de Dios. Hoy comprendemos, a la luz del Evangelio, cuál era el mensaje que Dios quería dar con estas palabras. Dios no castiga. No es él quien envía el mal al pueblo y a la gente. El mal es la consecuencia del pecado. Cuando la persona hace malas opciones y se aleja de Dios, siempre se hace el mal a sí mismo.

Quizás el Bautista no se daba cuenta, pero estaba dando una noticia hermosa cuando decía que el que estaba por venir limpiaría la cosecha y la paja desaparecería, y los árboles malos ya no existirían, serían quemados por este fuego que él traería. El fuego no es el del castigo de Dios, es el de su Espíritu, de la vida divina. Y ¿cuál fue entonces la gran noticia? Que este fuego haría desaparecer a los malvados del mundo, no porque se los matara sino porque cambiarían interiormente por la vida divina, por el Espíritu, por este fuego que Jesús trajo al mundo. Este fuego transformaría a los malvados en hijos e hijas de Dios.

Por tanto, la bella noticia era que el mundo sería limpiado de todo mal; los malvados ya no existirían. En el evangelio de hoy nos encontramos de nuevo con el Bautista y es un Bautista que no dejará de sorprendernos; no lo encontraremos más en Betabara. Escuchemos dónde se encuentra:

“Juan estaba en la cárcel”.

El evangelista Mateo no nos dice dónde estuvo preso el Bautista, pero nos lo informa el historiador Flavio Josefo. Estaba en prisión en la fortaleza de Maqueronte, una de las ocho fortalezas que Herodes el Grande hizo construir en su reino. Vale la pena mencionar estelugar para entender mejor los hechos que se relatan en los Evangelios. Maqueronte se encontraba en Perea, una de las dos regiones que, cuando Herodes el Grande hizo su testamento, legó a su hijo Herodes Antipas en herencia. Las otras dos partes de su reino las dejó a Arquelao y a Felipe. A Arquelao dejó la parte más importante, Judea, donde está Jerusalén, y a Felipe la parte norte.

Veamos ahora, en la foto del satélite que he colocado en el fondo, dónde estaba Maqueronte y por qué era tan importante. Es la única de las ocho fortalezas que se encontraba en la parte oriental; por tanto, tenía una importancia estratégica extraordinaria porque recibía mensajes de las otras siete fortalezas y luego estas señales eran enviadas de vuelta a cada una de ellas: al Herodión, Alejandrei, Masada, Jericó, y esa es la que ahora está detrás de mí, la montaña en la que se encontraba la fortaleza. También se ve al fondo el Mar Muerto. Maqueronte era un lugar estratégico; en efecto, era aquí donde el rey Herodes Antipas venía a menudo y donde celebraba sus recepciones y sus fiestas.

¿Por qué Herodes había encarcelado al Bautista? El historiador Flavio Josefo y los evangelistas nos dan dos versiones diferentes. Flavio Josefo dice que Herodes le había encarcelado porque temía su popularidad. Era enorme la estima que el Bautista gozaba con el pueblo, por lo que Herodes temía que pudiera incitar al pueblo a amotinarse y por eso lo encarceló. El evangelista Mateo dice que lo había encarcelado porque denunciaba su comportamiento inmoral. Herodes Antipas había ido a visitar a su hermano Herodes Filipo,se había enamorado de su cuñada y se la había llevado con él a su reino. Esto era en contra de la ley de Dios y el Bautista denunció esta inmoralidad.

Sabemos por los Evangelios que, en la cárcel, el Bautista era tratado bien, con respeto;podía recibir visitas de sus discípulos y a través de estos discípulos se mantenía informado de lo que Jesús hacía, ese Jesús al que había bautizado y había señalado ya como el Mesías. Escuchemos ahora lo que le ocurre al Bautista mientras está encarcelado:

El Bautista oyó hablar en la cárcel de la actividad del Mesías y le envió este mensaje por medio de sus discípulos: ¿Eres tú el que había de venir o tenemos que esperar a otro?”

Quizás nos sorprendan un poco las dudas y preguntas que plantea el Bautista, y nos preguntamos por qué surge en él la perplejidad respecto a Jesús. Anteriormente estaba muy seguro de que Jesús era el Mesías, y ahora vemos que su fe parece vacilar. Encontramos la razón en el relato del pasaje del evangelio de hoy, donde se nos dice que el Bautista se mantenía informado a través de los discípulos sobre lo que Jesús estaba haciendo, y estos discípulos le habrán dicho algo que le había sorprendido y desconcertado, algo que simplemente no esperaba.

No es difícil adivinar lo que se le habían dicho. El evangelista Mateo, en los dos capítulos anteriores al pasaje del evangelio de hoy, nos narra diez curaciones realizadas por Jesús, y deben ser estas curaciones las que los discípulos del Bautista vieron; es decir, en Jesús sólo vieron manifestaciones de dulzura; vieron su ternura, su amor por los más débiles, los más frágiles, los más marginados.

Tengamos presente cuál era la concepción de la enfermedad en aquella época: cuidaban a los enfermos, los amaban, pero siempre tenían en cuenta que eran personas que habían ido a buscar su desgracia porque habían sido castigados por sus pecados. Los discípulos del Bautista debían haber visto a los leprosos, personas repulsivas consideradas como la encarnación misma del pecado, personas rechazadas por los hombres y malditas por Dios; y habían visto a Jesús acariciándolos. Y lo habían visto poner en pie a los paralíticos, dar lavista a los ciegos, que también eran personas impuras que no podían entrar en el Templo, que no podían acercarse a Dios.

Jesús no sólo no era duro y severo con los pecadores, sino que le habían visto comer y festejar con ellos. Además, se jactaba de ser amigo de ellos. El Bautista y sus discípulos habían aprendido en la catequesis que había que evitar a los pecadores, que se debían mantener alejados de estos malvados. Conocían la oración del salmista en el Salmo 139, que habían recitado ciertamente, donde el justo dice: “Señor, odio a los que te odian, odio a tus enemigos; los odio con un odio implacable, como si fueran mis enemigos”. El Bautista había sido educado en esta espiritualidad y, por tanto, no podía sino quedarse desconcertado por el comportamiento amable de Jesús hacia a los pecadores.

En lugar de cortar los árboles que no producen frutos hermosos, como había anunciado el Bautista, Jesús ni siquiera rompió la caña agrietada, no apagaba el pabilo humeante. Y había otro elemento que desconcertaba al Bautista; él conocía las Escrituras, conocía el libro de Isaías y, en el capítulo 61, el profeta anuncia una liberación diciendo: “El Espíritu del Señor está sobre mí. Me ha enviado a proclamar la libertad a los esclavos y la liberación de los prisioneros”. El Bautista sabe que Jesús es el Mesías y por lo tanto es este libertador, y no entiende por qué no se decide a intervenir en su favor y liberarlo. El Bautista tenía estas dudas, estas perplejidades y estas preguntas.

¿Qué es lo que nos enseña hoy? En primer lugar, nos invita a cuestionarnos y a preguntarnos: ¿Qué Mesías esperas? Y nos dice: Ya ven que yo también esperaba un Mesías que fuera duro, severo con los pecadores, y me quedé sorprendido y decepcionado. Es cierto que arremetió contra el mal, pero no contra los pecadores. A los pecadores los amaba y eso me sorprendió. Entonces, ustedes también tengan cuidado porque podrían decepcionarse si cultivan expectativas que no son las de Dios; si esperan del Mesías lo que no vino a traer, se decepcionarán”.

Para ser más explícito, si esperas que el Mesías venga a resolver tus problemas realizando algún milagro, sustituyéndote en lo que tú tienes que hacer, entonces te sentirás decepcionado. Por ejemplo, invocas de él la paz, pero si crees que la hará llover del cielo milagrosamente, te decepcionará. Él te mostrará cómo construir la paz: te da su Espíritu, la fuerza para realizar maravillas, pero debemos ser nosotros los que construyamos laboriosamente la paz en el mundo con el diálogo, la reconciliación, el perdón, la justicia, el amor.

No sólo el Bautista sino también Pedro se decepcionó por su idea del Mesías; esperaba un Mesías glorioso y también quedó decepcionado. Esto es lo que nos dice el Bautista:Interrógate para no desilusionarte esperando un Mesías distinto al que el Señor quiere enviar.

El segundo mensaje que nos da el Bautista nos dice: No te sorprendas si Jesús te escandaliza porque él también me escandalizó; yo no esperaba que se comportara así; tiró por la borda muchas de mis convicciones y certezas. Si su Evangelio no te escandaliza significa que no lo has entendido. Si no trastorna tu forma de pensar, tus convicciones, tus certezas, incluso tus tradiciones religiosas, no lo has entendido. Si el Evangelio te deja tranquilo, si no pone en duda la imagen de Dios que has cultivado en tu interior, una imagen de Dios que te gusta porque se parece a ti, un Dios que es malo con los que hacen el mal y así tú también puedas ser malo como él, no has entendido al Mesías de Dios.

Por tanto, el Evangelio no puede sino ir acompañado de preguntas, incertidumbres, dificultades para creer, y quien no experimenta estas perplejidades significa que ha conseguido domesticar el Evangelio para adaptarlo a lo que siempre ha creído y pensado. Significa que, en el Evangelio, buscas confirmaciones de lo que has pensado hasta ese momento. Escuchas el Evangelio para concluir: Mira que Jesús también está de acuerdo conmigo. El Bautista te dice: Déjate interrogar, deja que el Mesías y su Evangelio te desequilibren.

Ahora escuchamos lo que responde Jesús a los enviados del Bautista:

Jesús respondió: Vayan a contar a Juan lo que ustedes ven y oyen: los ciegos recobran la vista, los cojos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan, los pobres reciben la Buena Noticia; y, ¡feliz el que no tropieza por mi causa!”

Observemos, en primer lugar, que Jesús no se asombra del comportamiento del Bautista,que quedó desconcertado por su comportamiento. Jesús se hubiera asombrado por lo opuesto. No responde a los enviados haciendo razonamientos sino enumerando hechos que están a la vista de todos: las curaciones. Invita a comprobar que está sólo realizando gestos de amor, de salvación. Ningún gesto de castigo, de condena, como el Bautista habría esperado.

Y las curaciones que enumera recuerdan las profecías que se encuentran en el libro de Isaías, especialmente la profecía de aquel profeta anónimo que vivió entre los deportados a Babilonia, que eran muy conscientes de que habían acabado en el exilio porque habían sido sordos a la voz de los profetas; ciegos que no se habían dejado guiar y habían terminado en el exilio. A este pueblo desanimado el profeta había dirigido un anuncio de esperanza: Los ojos de los ciegos (es decir: los ojos de ustedes) se abrirán; los oídos de los sordos se abrirán; los cojos saltarán como un ciervo; la lengua del mudo comenzará a gritar de alegría. O sea, anunciaba la curación de todos aquellos males que habían sido la causa de sus desgracias.

Al enumerar estos signos, Jesús quería decir que las profecías de Isaías se estaban cumpliendo. Era la invitación a leer las curaciones que había realizado como parábolas del nuevo mundo al que estaba dando inicio. Y nosotros podemos contemplar este mundo nuevo viendo a estos prodigios como parábolas.

La curación del ciego. Los ciegos son los que andan a tientas en la oscuridad, han perdido la orientación, no saben a dónde van, se golpean la cabeza, se hacen daño a sí mismos y a los demás. Son los que no saben dar el valor adecuado a las cosas; confunden con oro lo que es un metal vil, y se juegan la vida en lo que es fútil, efímero. El Evangelio les abre los ojos, les revela el verdadero valor de las cosas, y hacen elecciones de vida.

La curación del lisiado. Los lisiados son los que no dan un paso, no hacen nada, mendigan todo, viven de subterfugios, de trampas. Cuando se encuentran con el Evangelio, se ponen de nuevo en pie para caminar hacia una meta; todavía cojean un poco, pero van en la dirección correcta.

La curación del sordo. Los sordos son los que tienen tapados los oídos, los que no escuchan y, por tanto, son incapaces de dialogar; se repliegan sobre ellos mismos. Sólo escuchan la voz de su propio egoísmo, de sus propios deseos. Son sordos al grito de auxiliode los pobres, de los necesitados. Cuando se encuentran con el Evangelio, se curan, sus oídos se abren de par en par y se hacen atentos a la voz de los que claman por ayuda.

La curación de los leprosos. Los leprosos son los que incluso se avergüenzan de sí mismos porque saben que son feos, repulsivos. En efecto, el pecado hace que uno se desfigure. Pensamos en la persona arrogante, disoluta, que sólo piensa en acumular bienes. Todas estas son personas feas de quienes tratamos de alejarnos. Cuando estas personas se encuentran con Cristo, con su Evangelio, se curan y se vuelven hermosas.

La resurrección de los muertos. Los muertos que resucitan son los que estaban replegados en las realidades de este mundo, pensando sólo en beber, comer y disfrutar de la vida. Pensaban en esta vida, que es hermosa pero pasajera. Cuando se encuentran con el Evangelio, acogen una nueva vida, la vida del Espíritu que Jesús ofrece, y se elevan a la vida de los hijos e hijas de Dios, vida de amor, de alegría, de mansedumbre, de paz, de magnanimidad, de benevolencia.

“Los pobres reciben la buena noticia”. El que se tenía por desdichado, sin esperanza,escucha las grandes bellas noticias: Para ti también hay Salvación. Esta es la noticia que se da a los más pobres, a los que piensan que no tienen nada que ofrecer al Señor porque sienten el peso de su pecado. A ellos se les anuncia la bella noticia de que siguen siendo amados por Dios.

Podemos comprobar hoy si hemos encontrado realmente el Evangelio, si hemos acogido a Cristo que quiere entrar en nuestras vidas. Intentemos recorrer de nuevo la lista de signos dada por Jesús y veamos si se realizan en nosotros. ¿Hemos dejado que el Evangelio nos abra los ojos o seguimos viendo el dinero, la profesión, nuestra familia, nuestras amistades, nuestras opciones políticas como las veíamos antes? ¿O es que ahora las vemos bajo una nueva luz? ¿Hemos dejado que nuestros oídos se abran? ¿Escuchamos la llamada de los que nos piden ayuda o todavía nos tapamos los oídos? ¿Nos movemos, nos ocupamos en construir amor o seguimos paralizados por nuestro egoísmo? ¿Resucitamos a una nueva vida o seguimos viviendo como paganos?

Jesús concluye su respuesta con una bienaventuranza que es la décima que se encuentra en el evangelio de Mateo: “¡Feliz el que no tropieza por mi causa!”. El escándalo del que habla Jesús es la proclamación de un Dios que no castiga a nadie, ama a todos y sólo hace el bien. Estas últimas palabras de Jesús son claramente una dulce invitación dirigida al Bautista: No te escandalices, no te maravilles por esta sorpresa del amor incondicional de Dios.

Y ahora la pregunta: ¿Ha perdido quizás Jesús la estima por el Bautista por las dificultades que tuvo para aceptar al Mesías de Dios, tan diferente de lo que esperaba? Escuchemos:

Cuando se fueron, se puso Jesús a hablar de Juan a la multitud: ¿Qué salieron a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿Qué salieron a ver? ¿Un hombre elegantemente vestido? Miren, los que visten elegantemente habitan en los palacios reales. Entonces, ¿qué salieron a ver? ¿Un profeta? Les digo que sí, y más que profeta. A éste se refiere lo que está escrito: «Mira, yo envío por delante a mi mensajero para que te prepare el camino». Les aseguro: de los nacidos de mujer no ha surgido aún alguien mayor que Juan el Bautista. Y sin embargo, el último en el reino de los cielos es mayor que él”.

Después que los enviados del Bautista han partido, Jesús hace tres preguntas a todos los presentes. La primera: “¿Qué salieron a contemplar en el desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?” La imagen está tomada de las cañas del pantano que crecen en las orillas del río Jordán; son el símbolo de la inconstancia porque se doblan según la dirección del viento. El Bautista no era una caña agitada al viento, no era un oportunista que se adaptaba a todas las situaciones, a todas las modas, uno que se inclinaba ante los poderosos de turno. El Bautista era una persona coherente y con la espalda recta.

El mensaje para nosotros hoy: Sabemos que el Evangelio no está hoy de moda; dicen que los tiempos han cambiado, que ya no estamos en la Edad Media, que ciertos valores ya no tienen ninguna importancia… Cuando uno está convencido de ciertas opciones que son sugeridas por el Evangelio, hay que tener el valor de llevarlas a cabo, aunque uno se sienta solo, aunque esté en medio de personas que no entienden estas opciones y no las comparten.Los que realmente creen en ellas son personas con una espalda recta, como el Bautista, que es coherente con lo que cree.

La segunda pregunta: “¿Qué salieron a ver? ¿Un hombre elegantemente vestido?” La respuesta es ciertamente no. Juan no tenía nada que hacer con los que despilfarraban en vestimentas refinadas. Dijo Jesús que estos viven en los palacios de los reyes.

Para nosotros hoy: Sabemos que la estética es propia del ser humano porque va más allá de lo que es útil; la búsqueda de lo bello es algo bueno, pero cuando se convierte en exagerado, en el uso desenfrenado, es la idolatría de lo efímero; es una señal de que hemos perdido de vista los verdaderos valores de la vida. Preguntémonos entonces: Ante ciertos desperdicios en futilidades, ¿cómo hace un cristiano para no tener una sensación de malestar?¿Cómo se hace para no sentir repugnancia por el despilfarro de recursos que deberían ser destinados a satisfacer necesidades mucho más urgentes y básicas?

Tercera pregunta que hace Jesús: “¿Qué salieron a ver? ¿Un profeta? Les digo que sí, y más que profeta”. Más que Moisés, el Bautista fue un ángel enviado por Dios para preceder la venida del Libertador, del Señor.

Jesús concluye diciendo: “Les aseguro: de los nacidos de mujer no ha surgido aún alguien mayor que Juan el Bautista. Y, sin embargo, el último en el reino de los cielos es mayor que él”. Es significativa esta frase final. Jesús, naturalmente, no establece una clasificación basada en la santidad, en la perfección personal, no. Lo que Jesús dice se refiere a nosotros hoy. Independientemente de nuestra santidad personal, hoy podemos ver y comprender mucho mejor que el Bautista lo que él sólo intuía: el amor incondicional de Dios.

El Bautista se encuentra en el umbral de los nuevos tiempos, mientras que nosotros hemos entrado de lleno en este Reino. Hoy el Bautista nos ha dejado, con sus palabras y su vida y también con sus perplejidades, sus dudas, sus preguntas, y sobre todo con su vida coherente, un gran mensaje para nosotros.

Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana.

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