Rodaba el estruendo de tu trueno, los relámpagos deslumbraban el mundo, la tierra temblaba y retemblaba. Tu camino discurría por las aguas, tu sendero por las aguas caudalosas, y no quedaba rastro de tus huellas. Guiaste a tu pueblo como un rebaño por la mano de Moisés y de Aarón.
