NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE
Ciclo del Leccionario: I,II
Introducción
El 9 de diciembre de 1531, Nuestra Señora se apareció a un joven indígena chichimeca converso llamado Juan Diego en la ciudad de México, en las laderas del Tepeyac. En la capa del indio la Virgen dejó su imagen misteriosamente impresa para que las autoridades eclesiásticas de entonces creyeran en la aparición y como un regalo pleno de ternura de la maternal visión. Pero el valor de la manifestación mariana guadalupana es aun más grande por ser esta la primera aparición milagrosa de María a un originario de la América conquistada. Su mensaje de comunión entre los pueblos, de liberación y de unidad conmueve aun hoy a los pueblos americanos. Este sitio del Tepeyac llegó a ser el lugar más venerado de peregrinación para América Latina. Precisamente bajo el título de “Nuestra Señora de Guadalupe” se declaró a María Patrona de las Américas.
Oración Colecta
Señor Dios nuestro:
Como tú y como tu Hijo Jesús,
María se preocupó por los pobres,
humildes y despojados
a cuyo grupo ella misma pertenecía
Con todo el pueblo de las Américas
la honramos hoy, y a ti te pedimos
por intercesión de María,
que nos des un profundo respeto e interés
por todo lo que es pobre y pequeño,
por todo lo que es distinto y diverso,
y que nos acojas bondadosamente
para que vivamos en la palma cariñosa de tu mano.
Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor.
Primera Lectura
Zacarίas 2, 14-17/ Apocalipsis 11, 19; 12, 1-6. 10
“Canta de gozo y regocíjate, Jerusalén,
pues vengo a vivir en medio de ti, dice el Señor.
Muchas naciones se unirán al Señor en aquel día;
ellas también serán mi pueblo
y yo habitaré en medio de ti
y sabrás que el Señor de los ejércitos
me ha enviado a ti.
El Señor tomará nuevamente a Judá
como su propiedad personal en la tierra santa
y Jerusalén volverá a ser la ciudad elegida”.
¡Que todos guarden silencio ante el Señor,
pues él se levanta ya de su santa morada!
O bien:
Se abrió el templo de Dios en el cielo y dentro de él se vio el arca de la alianza. Apareció entonces en el cielo una figura prodigiosa: una mujer envuelta por el sol, con la luna bajo sus pies y con una corona de doce estrellas en la cabeza. Estaba encinta y a punto de dar a luz y gemía con los dolores del parto.
Pero apareció también en el cielo otra figura: un enorme dragón, color de fuego, con siete cabezas y diez cuernos, y una corona en cada una de sus siete cabezas. Con su cola barrió la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó sobre la tierra. Después se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo, en cuanto éste naciera. La mujer dio a luz un hijo varón, destinado a gobernar todas las naciones con cetro de hierro; y su hijo fue llevado hasta Dios y hasta su trono. Y la mujer huyó al desierto, a un lugar preparado por Dios.
Entonces oí en el cielo una voz poderosa, que decía: “Ha sonado la hora de la victoria de nuestro Dios, de su dominio y de su reinado, y del poder de su Mesías”.
Salmo Responsorial
R. (15, 9d) Tú eres la honra de nuestro pueblo.
Que el Altísimo te bendiga,
más que a todas las mujeres de la tierra.
Bendito sea el Señor, creador de cielo y la tierra.
R. (15, 9d) Tú eres la honra de nuestro pueblo.
Hoy el Señor te ha engrandecido tanto,
que no dejarán de alabarte aquellos hombres
que se acuerdan en la tierra del poder de Dios.
R. (15, 9d) Tú eres la honra de nuestro pueblo.
Aclamación antes del Evangelio
R. Aleluya, aleluya.
Dichosa tú, santísima Virgen María,
y digna de toda alabanza,
porque de ti nació el sol de justicia,
Jesucristo, nuestro Dios.
R. Aleluya.
Evangelio
Lucas 1, 26-38/ Lucas 1, 39-47
En aquel tiempo, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de la estirpe de David, llamado José. La virgen se llamaba María.
Entró el ángel a donde ella estaba y le dijo: “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo”. Al oír estas palabras, ella se preocupó mucho y se preguntaba qué querría decir semejante saludo.
El ángel le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Vas a concebir y a dar a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reinado no tendrá fin”.
María le dijo entonces al ángel: “¿Cómo podrá ser esto, puesto que yo permanezco virgen?” El ángel le contestó: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, el Santo, que va a nacer de ti, será llamado Hijo de Dios. Ahí tienes a tu parienta Isabel, que a pesar de su vejez, ha concebido un hijo y ya va en el sexto mes la que llamaban estéril, porque no hay nada imposible para Dios”. María contestó: “Yo soy la esclava del Señor; cúmplase en mí lo que me has dicho”. Y el ángel se retiró de su presencia.
O bien:
En aquellos días, María se encaminó presurosa a un pueblo de las montañas de Judea, y entrando en la casa de Zacarías, saludó a Isabel. En cuanto ésta oyó el saludo de María, la creatura saltó en su seno.
Entonces Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y levantando la voz, exclamó: “¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la Madre de mi Señor venga a verme? Apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno. Dichosa tú, que has creído, porque se cumplirá cuanto te fue anunciado de parte del Señor”.
Entonces dijo María: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador”.
Oración de los Fieles
Oración sobre las Ofrendas
Señor, amante de todo lo pequeño:
Traemos ante ti los dones humildes
de pan, el alimento diario de muchos,
y de un poco de vino,
frutos de la tierra y del trabajo humano.
Por su medio, queremos unirnos al sacrificio de Jesús,
cuya Madre honramos hoy bajo el nombre de Guadalupe,
unidos fraternalmente a todos los pueblos de las Américas,
honrando el valor y la riqueza de su multiculturalidad.
Te lo pedimos por medio de Jesucristo nuestro Señor.
Oración después de la Comunión
Oh Dios de misericordia y amor:
En esta eucaristía
hemos honrado a la Bienaventurada Virgen María,
que nos dio a tu Hijo, Salvador nuestro.
Queremos regocijarnos en el amor salvador de Jesús
y en el cariñoso cuidado y protección de María.
Que sepamos ser fieles al mismo Jesús,
comprometiéndonos con acciones y obras de justicia y de servicio
y alabándote siempre a ti con himnos de alegría.
Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor.
