DOMINGO DE PENTECOSTÉS – Año A

Juan 20,19-23

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Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos con las puertas bien cerradas, por miedo a los judíos. Llegó Jesús, se colocó en medio y les dice: La paz esté con ustedes. Después de decir esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron al ver al Señor. Jesús repitió: La paz esté con ustedes. Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos.

Una buena fiesta a todos, hermanas y hermanos.

Con la fiesta de Pentecostés concluyen los días de Pascua. Han durado 50 días, el tiempo en que acogimos a la luz del Resucitado, donado a nuestra vida. El sentido para nuestra existencia en este mundo.

El texto del Evangelio de hoy narra lo sucedido en el día de Pascua, cuando los discípulos se alegraron al ver al Resucitado. Es importante aclarar el sentido de este “ver” – el término griego que utiliza el evangelista. En nuestros idiomas solo tenemos un verbo para “ver”. En griego tenemos varios verbos: ‘blepo’ que significa observar, lo que es verificable, lo que los ojos materiales observan. Pero el término que viene utilizado para ver al Resucitado es ‘orao’. La mirada del que ve más allá de lo material, lo que es verificable.

Jesús dijo un día: “Felices los que tienen el corazón puro porque verán a Dios” (Mt 5,8). Es la mirada que hace ver lo invisible a los ojos materiales, a lo que es verificable.

Los discípulos se alegraron porque con esta visión son capaces de ver dónde fue a parar esta vida entregada del Maestro. Es interesante que no se dice que Jesús “apareció”, sino que ha sido visto.

Es la invitación también para nosotros para verificar nuestro corazón, porque si es ‘puro’ también nosotros seremos capaces de hacer esta experiencia, de tener esta mirada que ve el destino de una vida entregada como la del Maestro.

El texto del Evangelio de hoy dice: “Llegó Jesús, se colocó en medio”. No es tanto una aparición de Jesús que se hace visible y luego vuelve a ser invisible. Es más bien el comienzo de una presencia nueva y estable que es vista por aquellos que tienen la mirada de la fe.

Si anteriormente Jesús estaba con algunos de los discípulos, estaba condicionado por nuestra realidad material, de todos los límites que nuestra condición humana tiene en este mundo – ahora no más. Ahora Jesús ‘está’ en medio de los discípulos, en medio de esta comunidad que está dispersa por el mundo entero.

No está lejano de ninguno de sus discípulos porque los límites de la condición humana ya no rigen y, por tanto, los que tienen el corazón puro ven al Resucitado que los acompañan en el camino de esta vida. Y, de hecho, algunos experimentan esta presencia – los que tienen el corazón puro. Y también algunas veces si no se calma nuestra mente y nuestro corazón, también nosotros podremos no experimentar esta presencia y no tener esta mirada.

Dice el Resucitado: “La paz esté con ustedes. Después de decir esto, les mostró las manos y el costado”. No se trata de un detalle apologético. Ven que yo toco mis manos – el costado. De hecho, para hacerse reconocer, no era necesario mostrar las manos y el costado, sino el rostro. Pero el detalle es muy importante. La prueba de la identidad de Jesús: muestra las manos. Las manos que han sido clavadas en la cruz y el costado que ha sido traspasado. Ésta es su identidad.

Sabemos que en la concepción semítica las manos indica la fuerza, el poder, las obras para una acción. ¿Qué es lo que Jesús vino a hacer a este mundo? A mostrar las manos. En el Antiguo Testamento, las manos de Dios eran interpretadas de varias maneras. Especialmente en el sentido de la fuerza. “Caer en las manos de Dios” tenía por lo general una acepción positiva, pero también podía significar castigo. Recordemos el pasaje del Éxodo: “Tu mano, Señor, tritura al enemigo” (Éx 15,6).

¿Cómo son estas manos de Dios? Se ha dicho que combatían, que Dios hacía guerra con sus manos. Dios ha venido a mostrar sus manos y Jesús, al término de su existencia en este mundo le muestra sus manos a los discípulos: “Estas son las manos de Dios”. En las manos de Jesús nosotros pudimos contemplar la revelación de las manos de Dios.

¿Qué es lo que estas manos hicieron? Son las manos que lavaron los pies de los discípulos. No un Dios que se ha hecho servir, sino un Dios que con sus propias manos se hizo servidor. Ha puesto su fuerza, su capacidad a disposición de la vida del hombre. Sus manos han estado clavadas a la cruz porque se puso totalmente al servicio del hombre y ha revelado todo el amor de Dios. Ustedes las han clavado; no son manos que se usan para golpear. ‘Cualquier cosa que me hagan… les diré que los amo’.

Estas son las manos de Dios. Este es el poder de la mano de Dios: lavar los pies, servir, hacer gestos de amor para todos. Son en estas manos que se ha revelado la acción de Dios, el trabajo de Dios, la mano de Dios. Recordamos que la gente de Nazaret mencionaba los prodigios que habían sido hechos por sus manos.

¿Qué han hecho estas manos que Jesús muestra a sus discípulos? Han tocado a los leprosos – cosa prohibida, eran impuros, había que evitarlos, no se los podía tocar. Pero NO, las manos de Dios han tocado a los leprosos, abierto los ojos a los ciegos, han levantado a la mujer que estaba aplastada, la pusieron en pie, han levantado al paralítico.

Son manos hermosas, manos que han acariciado a los niños y escandalizando a los discípulos pues los niños eran considerados impuros. Pero las manos de Dios acarician a los pequeños. Esta es la revelación de las manos de Dios. Jesús muestra sus manos para decirnos que nuestras manos se deben asimilar a las suyas. Vimos cuáles son las manos de Dios y, el hijo de Dios, debe tener las mismas manos que fueron reveladas en Jesús de Nazaret, el Hijo Unigénito. Este es el Hijo de Dios y el Hijo de Dios se revela cuando nuestras manos hagan lo mismo que las manos de Jesús han hecho.

Luego el costado: este gesto de Jesús requiere una explicación para evitar un mal entendimiento que me parece que nosotros tenemos. Esto es: el pensar que la pasión de amor de Jesús (no la pasión de los golpes, el sacrificio sufriente – sí, esto sucedió), pero quiero mostrar que no es solo eso lo que ha pasado, y nosotros pensamos que hubiese sido mejor que no hubiese acontecido… Jesús no se lo fue a buscar.

Se trata de un momento que no puede ser puesto entre paréntesis, porque es precisamente ese costado traspasado que muestra al verdadero Dios, todo su amor. Solamente la cruz podía revelarnos ese rostro de Dios que ama hasta el don total de sí mismo, hasta la donación de la vida. Esas heridas son el culmen de toda esa historia de amor de Jesús – su identidad de enamorado de la humanidad. Y, por tanto, las llagas de la pasión no son los vestigios que sería mejor cancelar. NO, permanecerán por toda la eternidad porque son la carta de identidad de Jesús y de Dios.

El costado: el episodio se refiere a la mención que el soldado romano hirió con la lanza el pecho de Jesús. Y allí el evangelista hace notar un detalle muy importante: ‘del costado salió sangre y agua’.

La sangre es la vida, la vida entregada. La sangre era el símbolo de la vida. Aquí, de aquel costado traspasado, del don de la vida de Jesús ha llegado para nosotros la vida del Eterno. Es la vida que la muerte biológica no toca.

Y el agua indica, en los cuatro evangelios, la vida divina, su Espíritu. “Y los discípulos se alegraron de ver al Señor”. No salían de su alegría. Quienes abren los ojos y se animan a ver al Resucitado no pueden sino tener alegría en su corazón porque toda su vida se ilumina.

La invitación para nosotros es abrir nuestros ojos. El texto evangélico no acaba aquí. No es solamente la visión del Resucitado, sino también el envío. Jesús dice a sus discípulos: “Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes”. Jesús quiere que partan, que vayan hacia los demás. Esta es la misión que Jesús encarga a los discípulos: deben dar continuidad a este cambio del mundo; dar continuidad a la presencia visible, tangible, sacramental del Resucitado. Jesús es el enviado: él hace presente el rostro del Padre con sus manos y con el costado atravesado.

Es el Hombre nuevo. Ha mostrado estas manos y este costado para decirnos que es nuestro trabajo hacer presentes a otros su persona que dona la vida. Y somos enviados para que nos comportemos de la misma manera, a ser nosotros crucificados por amor. Por tanto, la misión a la que somos enviados no es otra que la donación de nuestra vida para los hermanos.

Y la Iglesia existe precisamente para esto, para hacer presente, para hacer visible al Señor Resucitado. Jesús se hizo hombre, vivió 37 años, en tiempos de Tiberio e, incluso antes, de César Augusto… una vida muy limitada en el espacio y en el tiempo. Pero ahora no más. Ahora está presente a través de nosotros. Difícil entender cómo a ha tenido la valentía de confiarnos a nosotros el hacerlo presente a él.

Por tanto, es con mucha humildad que aceptamos esta misión. Podemos sentirnos frágiles y débiles – y lo somos, pero para esto Jesús nos da una fuerza que no es de este mundo, la fuerza de su Espíritu, de su vida. Ese Espíritu, esa energía divina que lo ha llevado donarse totalmente. No la ha lleva do consigo al cielo, la ha dejado con la comunidad de los discípulos.

Y de hecho “sopla sobre ellos” y con este gesto dice: “Reciban el Espíritu Santo”, que es la fuerza y la vida divina. Este verbo ‘soplar’, ‘enfusao’ en griego, es un término muy raro. Lo encontramos al principio de la Biblia cuando Dios sopla sobre el barro que había preparado y de allí nació el hombre.

Y aquí, con este soplo del Espíritu, nace en hombre nuevo. No solo el hombre biológico, sino el hijo de Dios que recibe este soplo de vida divina. Es una creación nueva lo que está sucediendo. Y luego la misión: “A quienes les perdonen los pecados les quedarán perdonados; a quienes se los retengan les quedarán retenidos”.

Sabemos que el Concilio de Trento sostuvo que con este pasaje ha sido instituido el sacramento de la penitencia para el perdón de los pecados. No es solamente esto. Es esto, pero no solamente esto. Jesús no se dirige a un grupo restringido, sino a todos los discípulos. Es a todos los discípulos que se les ha encargado esta misión de perdonar el pecado. ‘Afíemi’ en griego quiere decir ‘abandonar’, ‘desencajar’.

Y todo discípulo debe realizar esta misión de alejar a las personas del camino equivocado – camino que hay que abandonar. Si nosotros no cumplimos esta misión, los otros permanecerán sobre ese camino equivocado. Hay que traerlos a la vida. Es una enorme responsabilidad que no es solamente para un grupo de discípulos, sino a toda la comunidad cristiana. Jesús nos ha conferido a cada uno de nosotros el poder de neutralizar el mal, de eliminarlo.

Y nos ha dado este poder, este espíritu, esta capacidad. La comunidad de Jesús debe hacer brillar esta luz de amor de vida. Y, en cambio, aquellos que no han aceptado la responsabilidad de hacer brillar la luz delante de los hermanos, son responsables de la falta de destrucción del pecado.

Son, pues, responsables si los hermanos permanecen en las tinieblas, en la falta de vida. Esta es la gran responsabilidad que nos ha dado para destruir el pecado en el mundo. Sabemos lo que es el pecado: es la no-vida; es impedir que se desarrolle dentro de la persona el germen divino que le ha sido dado.

A cada uno de nosotros nos compite dejarlo crecer dentro de nosotros mismos, y de hacer crecer en el hermano al hijo de Dios.

Les deseo a todos una buena fiesta y una buena conclusión de este camino de Pascua.

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