DOMINGO DE PASCUA
Juan 20,1-10
“El primer día de la semana, muy temprano, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena va al sepulcro y observa que la piedra está retirada del sepulcro. Llega corriendo a donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el que era muy amigo de Jesús, y les dice: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”.
¡Feliz Pascua!
En el texto evangélico de hoy encontraremos tres personajes. Son tres personas que han estado envueltos en una relación de amor profundo con Jesús de Nazaret. No son infatuaciones pasajeras como las que describe el profeta Oseas, con la imagen de la nube mañanera que apenas aparece el sol desaparece. O como el rocío que al alba se desvanece. NO. Con ellos se trata de una relación profunda que ha cambiado su vida. Le habían dado a Jesús su adhesión porque habían comprendido que se trataba de un hombre extraordinario que iba camino al éxito. Pero su vida había acabado de una manera dramática; había sido ajusticiado por los detentores del poder político y religioso.
El final no glorioso de Jesús de Nazaret afectó, de diferente manera a los que lo habían conocido porque la relación con él no había sido de la misma manera. Ya sea en Galilea como el Jerusalén, muchas personas lo habían admirado, por su rectitud, por los gestos de amor que realizaba, por el mensaje moral, sublime, que había anunciado. Todos estos se quedaron ciertamente muy adoloridos por su muerte. Estas gentes admiraban a Jesús de Nazaret, pero la admiración es muy diferente del enamoramiento. Y solamente un grupo de discípulos y discípulas estaban realmente enamorados de él, al punto de jugarse sus vidas para seguirlo.
Y son tres de éstos los que se nos presentan en el texto evangélico de hoy. No es difícil imaginar los interrogantes que tienen en el corazón. Son los enamorados y se preguntan si la relación de amor profundo que han cultivado con Jesús ¿se ha acabado para siempre? ¿Puede desaparecer el amor con la muerte? En el texto que hemos leído ya hemos escuchado tres veces la palabra: ‘sepulcro’, y la escucharemos otras cuatro veces en este texto. En griego, ‘sepulcro’ es ‘meneméion’ y es la misma palabra que significa ‘recuerdo’.
El sepulcro es un recuerdo. Se va al sepulcro e inevitablemente uno se pregunta por la persona que está allí. ¿Qué queda de esa persona? ¿Qué queda del amor que esa persona le ha dado? ¿Solamente el recuerdo? El sepulcro el que domina la escena está en primer plano porque es en este sepulcro donde encontraremos a estos tres personajes citados en el evangelio de hoy. Y nosotros estamos llamados a confrontarnos con ellos para verificar si nuestro amor por Jesús de Nazaret es como el de ellos.
Si nuestro amor es como el de ellos, si lo amamos realmente no podemos evitar ponernos el mismo interrogante que esos personajes se ponen. Y también nos preguntamos: ¿dónde ha acabado Jesús de Nazaret? Me interesa saber si él está muerte para siempre… Nos hacemos esta pregunta juntamente con estos personajes. El primer personaje que aparece en escena es la Madalena. Una mujer que ha sido curada por Jesús. Llega al sepulcro al amanecer, cuando todavía estaba oscuro. Parece una contradicción: al amanecer, pero aún está oscuro. Es una tiniebla que tiene un significado simbólico. Es la que ha envuelto al mundo cuando Judas salió del cenáculo. El evangelista Juan hace notar que cuando Judas sale para entregar a Jesús ‘era de noche’.
En esta lucha entre la luz y las tinieblas del mundo, el evangelista Juan habla desde el comienzo de su evangelio: “La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo… la luz brilló en las tinieblas y las tinieblas no lo comprendieron” (Jn 1,9.5). Y luego, hablando con Nicodemo dice Jesús: “La luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz. Y es que sus acciones eran malas”. Luego, Jesús dirá de sí mismo: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 8,12).
Él es la vida del mundo. Este es, pues, el significado de esas tinieblas que aún envuelven al mundo en el amanecer del día de Pascua. Las tinieblas tienen aquí un significado simbólico; es el símbolo y la señal de la victoria aparente de la muerte sobre la vida. También representa la tiniebla interior del corazón de la Magdalena. El interrogante que la inquieta: ¿Por qué debe acabar una relación de amor? En la mañana de la Pascua esta tiniebla comienza a desaparecer y aparece una luz que permite ‘ver’. Se comienza a ver. De hecho, el verbo más importante de este texto es este: ‘ver’.
¿Qué ven en el sepulcro estos tres personajes? En nuestros idiomas tenemos solamente un verbo para decir ‘ver’, pero en griego encontraremos tres verbos para decir ´ver´ pero con un significado diferente. Notaremos los diferentes matices de esta visión que estos tres personajes tienen ante el sepulcro. ¿Qué ve la Magdalena? El verbo que aquí se emplea es ‘blepo’ = ver, mirar, observar. Llega al sepulcro y ‘ve’ con la mirada material, ve lo que ven todos… ve lo verificable: la piedra estaba separada del sepulcro.
Recordemos que es una piedra que separa el mundo de los vivos del mundo de los muertos. Y Jesús había dicho: “Retiren la piedra” (Jn 11,39) delante del sepulcro de Lázaro.Y aquí, cuando la Magdalena llega al sepulcro, ‘ve’, ‘verifica’ un hecho histórico. La piedra ha sido movida. Alguien la ha movido, alguien ha abierto el sepulcro… Pero la Magdalena no sabe quién lo ha hecho.
Este es el hecho concreto. La lectura de este hecho es múltiple: los enemigos, los opositores de Jesús nunca negaron este hecho. La piedra del sepulcro había sido removida y el cuerpo de Jesús no estaba más. La interpretación de este hecho fue diversa. Todo el relato va en torno a esta tumba que está vacía. Dentro debería estar un cadáver, pero no está. ¿A quién representa esta Magdalena? Al discípulo… pero al discípulo realmente enamorado de Cristo; es el que ha unido su vida a la suya, el que ha compartido a fondo las opciones que Jesús ha hecho y, en lo más íntimo, no se resigna a perderlo. Es la discípula que dice: sin él, mi vida no tiene sentido; no puedo vivir sin él.
Si nosotros no tenemos esta pasión por Cristo quiere decir que nuestra relación con él es muy superficial y marginal. Quiere decir que son otras las personas y las cosas que te interesan realmente. Y ‘confían’: pienso que si Jesús—a quién he donado mi vida—si él no está vivo, mi vida no tiene sentido. Esto quiere decir que uno está realmente enamorado de él; no solo admirarlo porque ha sido un personaje de la historia muy significativo, que ha marcado la historia del mundo.
Enamorarse es otra cosa. Y lo vemos propiamente en esta Magdalena que no puede estar sin él. ¿Qué hace? Corre. Antes todo estaba tranquilo durante el sábado, pero ahora todo comienza a moverse. La Magdalena corre. Luego, dentro de poco, veremos que Pedro y el otro discípulo se precipitan fuera y corren al sepulcro. Corre y se dirige a Simón Pedro y al otro discípulo que era amigo de Jesús, al que Jesús amaba y les dice: “Se han llevado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto”.
El amor a Cristo no se vive de manera individualista, intimista. La actitud de la Magdalena nos dice que pertenece a una comunidad y no busca sola la respuesta al interrogante sobre el sentido de nuestra vida; lo busca en conjunto con los hermanos. La Magdalena da su contribución a esta búsqueda y comparte con los discípulos lo que vio materialmente. Es su primera interpretación. Es lo que todos pueden verificar e intenta dar una explicación: ‘lo han llevado fuera’. Luego la Magdalena sale fuera de la escena.
Escuchemos ahora cómo reacciona Pedro a las palabras de la Magdalena:
“Salió Pedro con el otro discípulo y se dirigieron al sepulcro. Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corría más que Pedro y llegó primero al sepulcro. Inclinándose vio las sábanas en el suelo, pero no entró”.
Después de la Magdalena, aparecen estos dos discípulos enamorados de Cristo. Al primero lo conocemos muy bien, es Pedro. El segundo no tiene nombre. La tradición lo ha identificado siempre con el evangelista Juan, quien por humildad no habría puesto su nombrecomo el discípulo que Jesús amaba, que Jesús privilegiaba. No hay duda que el evangelista Juan corresponde a la figura de este discípulo amado, pero en el evangelio debemos dejarlo tal como está, sin nombre.
Está claro el objetivo del evangelista: es una invitación a poner nuestro nombre junto a aquel discípulo y confrontar nuestro enamoramiento con Cristo con este discípulo que Jesús amaba. En el evangelio de Juan aparece siempre de alguna forma en relación con Pedro.Entra en escena antes que Pedro. Es uno de los dos discípulos del Bautista que cuando sienten al Bautista indicar a Jesús como el Cordero de Dios, lo siguen. Le preguntan a Jesús dónde vive y pasan toda esa noche con él.
Después del encuentro con Cristo comienza para ellos un nuevo día, una nueva vida. Este discípulo sin nombre, el discípulo que Jesús amaba, llega antes que Pedro. Es aquel que apenas encuentra a Cristo se siente inmediatamente envuelto en una relación de amor. Luego, este discípulo viene solo recordado en la última cena, cuando Jesús declara que entre los Doce hay uno que lo entregará. Pedro no sabe distinguir entre los que están de parte de Jesús y aquellos que entregan al Maestro y le pide a este discípulo que Jesús ama que le diga quién es el que lo entrega. Pedro no sabe distinguir entre el discípulo que ama a Jesús, pero el otro reconoce inmediatamente quién está de parte del Maestro y quién está en contra del hombre nuevo y el mundo nuevo. Luego, durante la pasión, este discípulo tiene la valentía de seguir al maestro en la casa del sumo sacerdote. Aunque Pedro intenta seguir al Maestro… luego lo reniega.
En vez, el discípulo a quien Jesús ama tiene la valentía de estar presente no cuando todos aplauden al Maestro, sino cuando comienza a ser hostigado. Se trata de un mensaje muy actual para nosotros hoy. El que está enamorado del Maestro, aun cuando el Maestro no es más aplaudido, permanece siempre fiel a este amor. Luego, sobre el Calvario. Pedro no está ahí sino el discípulo que Jesús amaba. Este no es Juan. Juan ha escapado junto con todos los demás dicen los evangelistas. Al calvario, por tanto, al don total de la vida, a la realización plena de la propuesta de hombre que hace Jesús de Nazaret—el que dona su vida por amor—allí llega solamente el discípulo que Jesús ama. Luego tenemos el texto de hoy. El discípulo que Jesús ama llega al sepulcro antes que Pedro.
Es la imagen de la pasión de amor incontenible que lo mueve. Después aparece en el lago de Tiberíades y es este discípulo el que reconoce al Resucitado antes que Pedro. Y le dice a Pedro: aquel hombre que está allá, en la orilla es el Señor. Finalmente, cuando el Resucitado le dice a Pedro: ‘Sígueme’ y Pedro está indeciso y mira a este discípulo que Jesús ama porque sabe que es con este discípulo con quien él debe modelar su relación con el Señor. Aquí representa al auténtico discípulo. Vayamos ahora a la narración del texto evangélico de hoy. ¿Qué hace este discípulo que Jesús ama cuando llega al sepulcro? Se inclina y observa.
Nuevamente aparece este verbo que es el mismo se utilizó con la Magdalena. Observa: es una mirada material. Vio lo mismo que había visto antes la Magdalena y nada más. Vio el lienzo que estaba allí, pero no entró. Para comprender esto hay que decir que los sepulcros de aquel tiempo, tal como lo indica el de la foto que es el ingreso en esta tumba que es contemporánea al sepulcro de Jesús.
A la entrada había dos lugares, uno que era la antesala, como los nuestros hoy, y otro, que es nos interesa especialmente, es el que tiene forma de arco pues allí fue colocado Jesús en un lugar como el que ven, recostado allí. ¿Qué es lo que ha visto este discípulo que Jesús amaba? A visto lo que también la Magdalena ha observado y de hecho se utiliza el mismo verbo; ha visto una sábana fúnebre. No eran vendas como las que se empleaban en las momias de Egipto. NO.
Los hebreos solamente envolvían al cadáver en una túnica que tenía unos cuatro metros de largo y un metro de ancho. Esta sábana se plegaba luego sobre la persona y había además tres vendas que servían para fijar al cuerpo esta sábana, una venda en torno al cuello, otra al centro y otra a los tobillos. Esta era la manera como enterraban. Dice el texto que este discípulo vio esta sábana.
El verbo griego es ‘kéimena’ – ‘keimai’ significa ‘desinflado’. Anteriormente, cuando estaba el cuerpo, esta sábana estaba ‘hinchado’. Ahora tenía la misma forma, pero estaba como desinflado, arrugado. Todo estaba en la misma posición, solamente que el cadáver no estaba más. Las telas estaban abajo. Este discípulo que Jesús ama es el que comienza a reconocer en la tela el tálamo del esposo, de la persona amada y, si vamos a ver en el evangelio de Juan, esta sábana está todavía perfumado con los aromas de los esponsalescolocados por Nicodemo y por José de Arimatea. Habían llevado una mezcla de mirra y de áloe, 100 libras… 45 kilos de perfumes. Una enormidad.
Tiene un significado teológico muy importante. El evangelista nos dice que estos discípulos enamorados de Cristo, han reconocido en Jesús al esposo que ha donado la vida;ha amado tanto que se ha donado totalmente. Este es el significado de aquel perfume que los discípulos han vertido sobre esa tela. Por tanto, este discípulo ha visto las señales de la muerte. Es hermosa esta figura de la Iglesia: el discípulo no entra, sino que espera que llegue Pedro. Nuestra Iglesia ha nacido de otra forma. Y el desafío es tener personas tan diversas: algunos corren más… algunos están más enamorados y llegan primero, los otros llegan después, pero saben esperarse y respetarse. Este discípulo que llega primero espera a Pedro. Él quiso llegar primero para encontrar la respuesta al interrogante ¿dónde está la persona que amamos? Y ahora llega también Pedro.
Después llegó Simón Pedro, que le seguía y entró en el sepulcro. Observó los lienzos en el suelo y el sudario que le había envuelto la cabeza no en el suelo con los lienzos, sino enrollado en lugar aparte. Entonces entró el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Todavía no habían entendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos. Los discípulos se volvieron a casa. Entonces, al sepulcro llega también Pedro, siguiendo a este discípulo enamorado de Cristo y contempla los lienzos en el suelo, o sea la sábana que se había como desinflado. Pero el verbo que aquí se utiliza no es más ‘blepo’ = observar lo que todos ven, sino un verbo que significa ‘contemplar’, mirar con estupor, reflexionar sobre lo que todos observan… O sea, Pedro deja que afloren los recuerdos de esos tres años transcurridos con Jesús, las palabras que ha escuchado… comienza a ver algo que va más allá de la mirada material, más allá de lo verificable. Comienza a entrar en juego el amor que lo ha involucrado a Cristo y es este amor lo que le hace penetrar en el misterio. No ve solamente los lienzos yacentes sino también el sudario que estaba en la cabeza y que no yacía junto al lienzo sino separado, envuelto en un determinado lugar.
¿Qué era este sudario? Era el pañuelo que era atado a la cabeza del difunto para mantener cerrada la boca. Estaba doblado. El verbo griego es ‘entulizo’ que puede significar ‘envuelto’, como enroscado. Y este sudario no estaba enrollado como la tela de lino, sino que es como si hubiera conservado la forma de la cabeza de Jesús. Y en este momento, los dos discípulos comienzan a tener la intuición que describe Juan Crisóstomo quien dice que si el cadáver hubiese sido llevado por ladrones no lo hubieran despojado antes de robarlo. No se hubieran tomado la molestia de remover y doblar el sudario y ponerlo en un lugar aparte y en orden. Y aquí entra en escena nuevamente el discípulo que Jesús amaba.
También él entra en el sepulcro, después de Pedro, y dice el texto: “Vio y comenzó a creer”. Y aquí está el tercer verbo ‘ver’ = ‘orao’, que es un ver que va más allá de lo verificable, es el mirar dentro del misterio, la mirada que va más allá de lo que es verificable por los sentidos. El discípulo amado comienza a creer. Es el comienzo de su camino hacia la fe. De frente a las señales de la muerte, se comienza a percibir la victoria de la vida. La tumba vacía, las sábanas, el sudario doblado presentan interrogantes, pero no obligan a creer, no son pruebas de la resurrección.
Son señales ambiguas que se pueden leer de manera muy diferente. Dice el evangelista Juan que el camino de la fe debe pasar a través de estas tres maneras de ver para que sea auténtica. Comienza de lo que es verificable, luego reflexiona sobre lo que ha visto, pero el último paso no está dictado de la racionalidad, no puede ser, sino indicado de la racionalidad y del amor. La fe verdadera no reniega de la racionalidad, de lo contrario sería ‘credulonería’,pero va más allá de la racionalidad. El amor no se limita a lo racional, va un paso más adelante.
Y es por esto que la fe no puede ser impuesta y es también por esto que se llega a la fe de manera y en tiempos diversos porque entra en juego el amor. De hecho, notemos que el discípulo amado no trata de convencer a Pedro de aquello en que él ha comenzado a creer. Sino que calla porque la fe tiene una dimensión muy personal. El discípulo lee los acontecimientos con los ojos del amor.
Estos tres personajes representan los miembros diversos de la comunidad cristiana. Cada uno, a su manera, da su contribución al descubrimiento del evento pascual. Todos buscan la fe apasionadamente, se debaten en dudas, tienen intuiciones diferentes, pero permanecen unidos. Y tan pronto como alguno descubre una luz la comparte con los hermanos. Pedro es el discípulo lento, torpe que llega siempre después de los demás a comprender las señales y a oír la voz del Señor, a reconocer al resucitado. Representa a los discípulos que aman al Señor,pero están atrapados en su propia incomprensión de la Escritura y de su fijación en las ideas tradicionales, a sus propias convicciones.
El discípulo amado está enamorado pasionalmente y es sensible para pasar de las señales a la realidad. Representa a esa parte de la comunidad que es guiada por el amor y llega rápido a la fe en el Resucitado; y esta fe transforma su vida. Entre los tres, es María magdalena la primera en tener la visión clara del Resucitado y la razón es que amaba a Jesús más que los otros dos.
Ella será la que correrá a anunciar a todos lo que su amor le ha hecho descubrir:‘Ἑώρακα τὸν Κύριον’ – ‘Eokara ton Kyrion’ “¡He visto al Señor!”. Aquí el griego utiliza el verbo ‘orao’ (Jn 20,18), es el verbo que va más allá de la racionalidad, no la reniega, sino que va más allá. Es lo que el amor le hace entender. La Magdalena no dice que ‘ha visto a Jesús’, ha visto al ‘Señor’. No lo ha visto regresar a este mundo; lo ha visto resucitado en el mundo de Dios, con la mirada que solo el amor puede dar.
Les deseo a todos una buena Pascua.
