VIGÉSIMA SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO VIERNES
LOS HUESOS SECOS VIVIRÁN
Ciclo del Leccionario: I
Introducción
Oración Colecta
Señor, Dios todopoderoso:
Tú envías hoy un mensaje de esperanza
a un mundo que está dividido,
luchando contra fuerzas deshumanizantes,
y también a una Iglesia que está confundida
y a veces desalentada.
Con tu gracia, llámanos a sacudir nuestra cansada pereza;
sopla tu Espíritu de vigor y amor en nuestros huesos secos
para que la esperanza llene nuestros corazones
y el amor nos haga caminar
optimistas hacia adelante
a causa de Aquel que vino para hacer todo nuevo,
Jesucristo nuestro Señor.
Primera Lectura
Contra el estrecho nacionalismo de los Jueces y de Ezra-Nehemías, el pequeño libro de Rut da un bellísimo ejemplo de que incluso los no judíos pueden ser parte del Pueblo de Dios.
La muchacha forastera
En tiempo de los Jueces hubo hambre en el país, y un hombre emigró, con su mujer y sus dos hijos, desde Belén de Judá a los campos de Moab.
Se llamaba Elimélec; su mujer, Noemí, y sus hijos, Majlón y Kilión. Eran efrateos, de Belén de Judá. Llegados a la campiña de Moab, se establecieron allí.
Elimélec, el marido de Noemí, murió, y quedaron con ella sus dos hijos,
que se casaron con dos mujeres moabitas: una se llamaba Orfá y la otra Rut. Pero al cabo de diez años de residir allí,
murieron también los dos hijos, Majlón y Kilión, y la mujer se quedó sin marido y sin hijos.
Al enterarse de que el Señor había atendido a su pueblo dándole pan, Noemí con sus dos nueras emprendió el camino de vuelta desde la campiña de Moab.
De nuevo rompieron a llorar. Orfá se despidió de su suegra y volvió a su pueblo, mientras que Rut se quedó con Noemí.
Noemí le dijo: –Mira, tu cuñada se ha vuelto a su pueblo y a su dios. Vuélvete tú con ella.
Pero Rut contestó: –No insistas en que te deje y me vuelva. A donde tú vayas, yo iré, donde tú vivas, yo viviré; tu pueblo será el mío, tu Dios será mi Dios;
Así fue como Noemí, con su nuera Rut, la moabita, volvió de la campiña de Moab. Empezaba la cosecha de la cebada cuando llegaron a Belén.
Aclamación antes del Evangelio
R. Aleluya, aleluya.
Descúbrenos, Señor, tus caminos
y guíanos con la verdad de tu doctrina.
R. Aleluya.
Evangelio
En la Última Cena Jesús dijo: “En esto conocerán todos que ustedes son mis discípulos, en el amor que se tengan unos a otros.” Él está hablando no de cualquier clase de amor, sino precisamente del amor con que él mismo amó a sus discípulos, es decir, un amor que llega hasta el final, que no pone condiciones, que sacrifica todo si es necesario por los otros. Este es el amor calificado como “con todo el corazón, con toda el alma” y tan fuerte o más que el amor a sí mismo, del que habla el evangelio de hoy. Esta es una tremenda tarea para el cristiano; tarea que nunca acabará. ¿Es éste el tipo de amor que nos mueve?
Sobre el precepto más importante
Al enterarse los fariseos de que había tapado la boca a los saduceos, se reunieron alrededor de él;
y uno de ellos, [doctor en la ley] le preguntó maliciosamente:
—Maestro, ¿cuál es el precepto más importante en la ley?
Le respondió:
—Amarás al Señor tu Dios
con todo tu corazón,
con toda tu alma,
y con toda tu mente.
Éste es el precepto más importante;
pero el segundo es equivalente:
Amarás al prójimo como a ti mismo.
De estos dos mandamientos dependen la ley entera y los profetas.
Oración de los Fieles
– Señor, tú que eres nuestra Resurrección y vida, sopla tu Espíritu en nuestros huesos secos para que seamos una Iglesia viva en nuestro tiempo con el calor de tu amor, te pedimos.
– Señor, reaviva nuestro amor por los desheredados y los que sufren, te pedimos.
– Señor, renueva nuestras comunidades para que realmente sepamos servirnos sin reserva unos a otros, te pedimos.
Oración sobre las Ofrendas
Señor Dios nuestro:
En estos signos de pan y vino
revivimos la comida sagrada
en la que tu Hijo nos invitó
a amarnos unos a otros
como él te amó y nos amó.
Escribe estas palabras con fuego
en nuestros corazones y en nuestras obras
para que nunca las olvidemos,
sino que por su poder
nos renovemos interiormente,
a nosotros mismos, a la Iglesia y al mundo,
y marchemos a la tierra de las promesas,
donde tú serás nuestro Dios
por los siglos de los siglos.
Oración después de la Comunión
Señor Dios nuestro:
En esta eucaristía nos has asegurado de nuevo
que tú estás siempre con nosotros
y que puedes dar nueva vida
a nuestros huesos secos.
Llénanos con el Santo Espíritu
de tu Hijo Jesucristo:
Que él ponga alas a nuestros sueños
de un mundo nuevo que respete la dignidad humana,
que hable de tus maravillosas obras
y que nos conduzca a tu nuevo cielo
donde todos van a alabarte
por los siglos de los siglos.
Bendición
Hermanos: Abrámonos al Espíritu del Señor y que él aliente nueva vida en nuestros huesos, viejos y secos. Que nos dé vida. Y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.
