4 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – AÑO A
Mateo 5,1-12
Un buen domingo para todos.
Incluso los que saben poco del cristianismo seguro oyeron hablar del Sermón de la Montaña, el primero y el más famoso de los cinco discursos de Jesús que se encuentran en el Evangelio de Mateo. Este Sermón de la Montaña recoge algunos de los mensajes más bellos y característicos de la vida cristiana: las Bienaventuranzas, el amor al enemigo, la nueva justicia del reino de Dios, la oración del Padre Nuestro.
Durante algunos domingos escucharemos este discurso que comienza hoy con las Bienaventuranzas que Jesús propone a los que quieren pertenecer a su Reino. ¿De qué se trata esta forma estilística de la bienaventuranza? Jesús no la inventó. La exclamación “bienaventurado el que…” era de uso común en la antigüedad. La encontramos ya en la Odisea de Homero, donde se dice: “Bienaventurado el hombre que tuvo la suerte de conseguir una buena esposa”. Luego, entre los poetas griegos, hay muchos que se proclaman Bienaventurados, sobre todo aquellos a quienes los dioses han concedido tener muchas posesiones, la posibilidad de llevar una vida cómoda (bienaventurado el rico, bienaventurado el inteligente…).
Esta forma literaria entró bastante tarde en la Biblia, y también allí encontramos muchas bienaventuranzas, aunque son un poco diferentes de la contiene la literatura griega. En el Libro de los Salmos, por ejemplo, hay muchas Bienaventuranzas. Así, el primer salmo comienza diciendo: “Bienaventurado el hombre que no sigue el camino de los impíos”.También se lee: “Bienaventurado el hombre que teme al Señor”. Estas bienaventuranzas son muy diferentes de las paganas. En el Antiguo Testamento hay 44 bienaventuranzas. Y no es de extrañar que Jesús también empleara esta forma literaria.
¿Cuándo en nuestro mundo la gente se proclama bienaventurada? ¿Cuándo la gente exclama: ‘bendito él’ o ‘bendita ella’? Cuando se cree que es feliz, porque es joven, guapa, sana, tiene éxito, mucho dinero… Entonces la gente exclama: “¡Feliz (bienaventurada) ella!”.Pero ¿será verdad? ¿Serán suficientes todas esas cosas para ser feliz?
Incluso Jesús utilizó esta forma estilística para comunicar su mensaje. En la Biblia, llamar ‘bienaventurada’ a una persona es hacerle un cumplido. Significa decirle que es una persona de éxito. El problema es dejar claro de quién se quiere recibir este cumplido. ¿Quién quieres que sea el que, al final de tu vida, te diga: “Feliz de ti; tuviste suerte en la vida”? Si quieres recibir este cumplido de la gente de este mundo, que razonan según los criterios de este mundo, según los ideales paganos aceptados y apreciados por todos –el bienestar, la riqueza, el éxito, la carrera–… Si quieres recibir cumplidos de esta sociedad que piensa así,debes hacer lo contrario de lo que te propone Jesús y todos te admirarán e, incluso, te envidiarán.
Si, por el contrario, quieres que, al final de tu vida, sea Dios el que te dé la mano y te felicite y te diga: “¡Bravo, triunfaste en la vida!”, entonces tienes que escuchar y aceptar las Bienaventuranzas que oiremos hoy de boca de Jesús.
Escuchemos primero dónde sitúa el evangelista Mateo este discurso de Jesús:
Al ver a la multitud, Jesús subió al monte. Se sentó y se le acercaron los discípulos. Tomó la palabra y comenzó a enseñarles del siguiente modo.
Solo buscamos una cosa en nuestra vida: la alegría. Todo lo que se hace es para ser felices; el problema es que pueden equivocarse de objetivo. Efectivamente, en hebreo ‘pecado’ se dice hatat, que significa “errar el objetivo”. La gente apunta a la alegría, peroquizás encuentra solamente el placer y se siente decepcionada. Este es el pecado, que no nace de la maldad sino de la ignorancia. Esta es la razón por la que Dios nunca castigará al pecador, porque es un pobre desgraciado que ha errado el objetivo. El Señor sólo querrá una cosa: que este hijo suyo reencuentre cuanto antes el camino de la alegría.
De hecho, hoy Jesús nos revela el secreto de la alegría. Lo importante al final será si nos fiamos de su propuesta o preferimos seguir con nuestra astucia para conseguir la alegría, y así pecar, errar el blanco. Dice el evangelista Mateo que Jesús hizo su propuesta en la montaña.La devoción cristiana ha identificado esta montaña con la colina que domina Cafarnaún. La ven detrás de mí; entre esos árboles, allí en el fondo; y también la Iglesia de las Bienaventuranzas, que les mostraré en la próxima foto. El lugar es muy sugerente pero la montaña de la que habla Mateo no es un monte físico, no es el que se ve en la foto.
¿Por qué esta imagen se repite a menudo en la Biblia? Todos los pueblos de la antigüedad imaginaban la sede de los dioses en la cima de las montañas, los griegos, por ejemplo, creían que en el Olimpo habitaban sus dioses. En efecto, la montaña se destaca de la llanura y es como si penetrara en el cielo, por lo que escalar la montaña significa acercarse a Dios, encontrar la divinidad. En la Biblia vemos que Moisés, cuando quiere encontrarse con Dios, sube a la montaña. Elías también sube a la montaña. Jesús también conduce a Pedro, a Santiago y a Juan a la montaña porque en la montaña se tiene una cierta experiencia de Dios,se asimilan los pensamientos, los sentimientos, los juicios de Dios.
Intentemos desarrollar este precioso simbolismo de la montaña que se desprende de la llanura. En la llanura se desarrolla la vida de los hombres, que se regulan según los criterios de la sabiduría que han inventado, tontería para Dios. Sus criterios son fáciles de enumerar, ya que todos los conocemos muy bien. ¿Cuáles son las opiniones que circulan en la llanura para conseguir la alegría? “Basta la salud” o “Lo que importa es el éxito”, es decir: “Feliz el que tiene una gran cuenta bancaria”; “bienaventurado el que puede viajar y divertirse y no se priva de ningún placer” … O “solo me interesa el sexo”; “no pienso sacrificarme por los demás”. Estas son las sugerencias que uno oye en la llanura. Es la forma común de razonar;es la sabiduría humana. ¿Alcanzará la alegría quien actúa conforme a estos ideales?
Para no correr el riesgo de jugarse la vida sobre valores erróneos y así perder la oportunidad de ser feliz, es sabio desprenderse de la llanura al menos por un momento, y subir a la montaña para saber qué piensa Dios al respecto, cuáles son sus Bienaventuranzas. Después permaneceremos en libertad para regresar a la llanura, para confiar de nuevo en la forma de pensar de los hombres o creer un poco en el camino que propone Jesús. Si así lo hacemos, subiremos a esta montaña para escuchar de boca de Jesús cómo piensa Dios, y no nos arrepentiremos, porque volveremos a la llanura como personas más sabias…
Escuchemos la primera bienaventuranza que él nos propone:
“Felices los pobres de corazón, porque el reino de los cielos les pertenece”.
Prestemos atención; tratemos de interpretar correctamente esta bienaventuranza. Se ha interpretado de muchas maneras. Existe, por ejemplo, toda una tradición de la Iglesia que justifica esta interpretación: “Alguien puede ser muy rico, acumular bienes, pero si ha desprendido su corazón de sus posesiones, da muchas limosnas a los pobres, es un rico bueno”. Jesús proclama bienaventurados a los pobres. ¿Quiénes son los pobres? Son los que no tienen nada. Pero, hay dos clases de pobres: unos son los que se han vuelto pobres porque sufrieron alguna desgracia, un terremoto, una enfermedad, una guerra, una inundación que arrasó su casa y sus campos y se quedaron sin nada.
¿Es este el pobre proclamado bienaventurado por Jesús? No. Esta interpretación sería claramente absurda y contraria a todo el Evangelio. En el Antiguo Testamento Dios promete a su pueblo: ¡Nadie entre ustedes será pobre”! En los Hechos de los Apóstoles se dice que, en la iglesia primitiva, donde los hermanos compartían todos los bienes, ninguno de ellos era pobre, porque el mundo que Dios quiere no es un mundo de miserables sino un mundo en el que todos sus hijos e hijas sean felices. Por lo tanto, no es esta la pobreza que se proclama bienaventurada. De hecho, Jesús no la dirige a los desheredados, a los mendigos de Cafarnaún; la dirige a sus discípulos: “Bienaventurados los pobres”, pero no los harapientos y miserables sino a los pobres de espíritu.
¿Qué significa «de espíritu»? En nuestro interior sentimos instintivamente algo que nos impulsa no a privarnos de nuestros bienes y empobrecernos sino a conservarlos para nosotros mismos y, más bien, acumularlos cada vez más y nunca tener suficientes ni para nosotros mismos ni para nuestros hijos, nietos y bisnietos. Esta es la pulsión que sentimos instintivamente. El espíritu nos lleva en dirección contraria, es decir, a despojarnos de esos bienes, o sea, a no quedárnoslos para nosotros mismos sino entregarlos a los necesitados, a los pobres. Bienaventurado es el pobre que se deja guiar por el Espíritu y no guarda para sí los dones que Dios ha puesto en sus manos. Bienaventurado aquel que, al final de su vida, se queda sin nada porque ha puesto a disposición de los pobres todo lo que tenía. Al que no ha entregado todo, cuando llega a la aduana, se le requisa lo que no ha entregado y lo pierde para siempre porque no se transformó en amor. Es el amor lo que permanece.
¿Quién es el bienaventurado? Es Jesús de Nazaret; se quedó sin nada porque entregó toda su vida; ni un momento de su vida se guardó para sí mismo; todo fue un regalo. Este es el bienaventurado a quien el Padre celestial dice: “Tú eres verdaderamente mi hijo/mi hija; has construido el reino de Dios”.
La promesa que se hace a estos pobres de espíritu (repito, no a los que han sido golpeados por una desgracia) es un reino de felicidad que permanece para siempre porquehan vivido como hijos de Dios la vida que les ha sido dada por el Padre celestial, una vida que los llevó a amar, a darlo todo.
¿Cuál es la promesa? De ustedes es el reino de los cielos. El reino de los cielos, no el paraíso, es de estos pobres. Pero cuando te haces pobre por amor, movido por el Espíritu, perteneces al reino de Dios. Esta es la primera propuesta de alegría que nos hace Jesús.
Escuchemos la segunda:
“Felices los afligidos, porque serán consolados”.
Para muchos cristianos de hoy sigue siendo más fácil asociar a Dios con el sufrimiento,con el dolor, que con la alegría y la felicidad. Existe toda una espiritualidad del pasado que invitaba a ofrecer sacrificios a Dios, a soportar con mucha paciencia los propios sufrimientos, las cruces que el Señor enviaba. Entonces la bienaventuranza sería ésta: “Bienaventurados los afligidos, es decir, los que tienen sufrimientos que ofrecer a Dios”. Esta espiritualidad ha llevado a tanta gente a alejarse de la Iglesia y a considerar al cristianismo como enemigo de la alegría, mientras que el Evangelio es exactamente lo contrario: es la proclamación de la alegría y la felicidad con mayúsculas.
¿De qué aflicción habla Jesús? No es la que acontece por alguna desgracia o desventura; Dios no quiere el dolor, no quiere desgracias. La aflicción de la que habla Jesús es lo que él experimentó; es ese dolor tan fuerte que se manifestó en llanto cuando se dio cuenta de que su pueblo, que él amaba perdidamente, rechazó su propuesta del Nuevo Mundo y, por tanto, iba inevitablemente hacia la ruina. Se echó a llorar. Esta es la aflicción que siente el bienaventurado.
¿De dónde viene este dolor? Del amor. Bienaventurado, dice Jesús, quien ama tanto que rompe a llorar cuando es rechazada la alegría del reino de Dios. Si hoy miramos a nuestro alrededor, ¿qué vemos? Guerras, violencia de todo tipo, injusticia, falsedad, hipocresía. Vemos un mundo en el que nos jactamos de haber excluido a Dios de la convivencia humana. Ante esta realidad, uno podría desinteresarse, podría ocuparse de sus propios asuntos, podría intentar sentirse cómodo y así no sufriría, no lloraría, no estaría afligido, pero no sería bienaventurado, porque no quiso mostrar amor.
Bienaventurado es el que se aflige porque vive con pasión el empeño para construir el reino de Dios, por construir una humanidad en la que todos, como hijos del único Padre,vivan como hermanos. La tristeza de los bienaventurados no nace del hecho de que estén mal sino de que en el mundo las cosas van mal. En este punto ¿cuál es la tentación? Para no sufrir uno puede resignarse, desinteresarse de los demás; uno se puede retirar a su pequeño mundo y dejar caer los brazos. Si el maligno te convence de que el nuevo mundo es un sueño, entonces él ha ganado.
La promesa de los que siguen amando, aunque haya llanto, es que serán consolados. Es decir, Dios estará a su lado porque está del lado de los que aman, aunque sientan dolor. Dios les consolará; el nuevo mundo nacerá también con su cooperación.
Escuchemos la tercera bienaventuranza:
“Felices los mansos, porque heredarán la tierra”.
El adjetivo ‘manso’ nos trae a la mente la imagen de la persona tranquila, que no reacciona a las provocaciones, que acepta pasivamente, sin quejarse, la injusticia. ¿Es esta la persona mansa de la que habla Jesús? Es cierto que la persona tranquila rehúye toda forma de conflicto, pero también revela una cierta debilidad, una personalidad más bien débil; parece más resignada que bienaventurada.
¿Qué significa esta bienaventuranza de los mansos? Para comprenderla debemos remitirnos a Salmo 37 porque Jesús no se inventó esta bienaventuranza; la tomó de este salmo que, sin duda, conocía de memoria, porque demuestra que había asimilado toda esta espiritualidad de la mansedumbre que se encuentra en este salmo. Nos habla de un hombre que, aunque tiene que soportar la opresión, nunca cede a la tentación de reaccionar con violencia. Dice: ‘Refrena la ira, reprime el furor, no te enojes porque acabarás haciendo el mal, aumentarías el mal en lugar de remediarlo”. Esta es la ira.
La Biblia habla a menudo de “la ira de Dios”, que es fruto de su amor apasionado. Y también habla de la ira del hombre. Analicemos esto: si uno no siente ira ante la injusticia,ante la pobreza, puede decirse que no está bien. Pero, aunque sea un impulso que Dios ha puesto en nosotros, la ira como tal es peligrosa, porque podemos perder el control y, en lugar de señalarnos únicamente el deber de intervenir, terminar por agredir, y, por tanto, aumentar el mal que nos subleva en lugar de resolverlo.
Tengamos cuidado, entonces. La mansedumbre no es la invitación a la resignación; es la forma correcta de reaccionar cuando se ve una injusticia. Observemos que esta bienaventuranza, en efecto, viene después de la de los afligidos, de los que sufren porque ven que las cosas no van según Dios.
La tentación, anteriormente, era desinteresarse de las cosas, vayan como vayan, porque uno no quiere sufrir; esta es la primera tentación. La segunda tentación es la de enfadarse; es pensar en resolver los conflictos con la agresión y la violencia y añadir así otro mal al que ya existe. Jesús es el manso. De hecho, se aplicó a sí mismo este adjetivo: “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”. Experimentó dramáticos conflictos con el poder político, con el poder religioso, pero los vivió con las actitudes, con los sentimientos que caracterizan a los mansos, es decir, como aquellos que luchan por la justicia, pero sin nunca añadir otro mal.
La promesa que se hace a los mansos: “Poseerán la tierra”. Entendamos bien; no es el paraíso; la tierra es la promesa de que con Dios llegarán a ser los constructores de una tierra nueva. Hoy vemos que la tierra pertenece a menudo a los violentos y prepotentes, a los arrogantes, a los egoístas, a los que difunden una cultura hedonista. Dios dice: “Con tu mansedumbre, Dios construirá contigo la tierra nueva”.
Escuchemos ahora la cuarta bienaventuranza:
“Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados”.
¿De qué justicia habla Jesús? Tengamos cuidado porque el término ‘justicia’ es muy peligroso porque es equívoco. Recordemos que la guillotina era llamada “la madera de la justicia” porque ‘ajusticiaba’. Así era cómo hacían justicia. Y cuando un criminal acababa en prisión o incluso enviado a la horca, se decía: “Ahora se ha hecho justicia”. Recuerdo a aquel gobernador que firmó la condena a muerte de un criminal que había matado a dos policías y lo hizo con la estilográfica que pertenecía a uno de los dos; después de firmar la sentencia de muerte, dejó la estilográfica y dijo: “Ahora se ha hecho justicia”.
¿Es ésta la justicia que Jesús quiere que nosotros ansiemos como agua el sediento o pan el hambriento? La respuesta es: ciertamente no. Y tengamos cuidado porque, para muchos,esta es la justicia, y la aplican incluso a Dios. Le hacen hacer esta justicia, que es vengativa; quieren que él haga pagar a los que han hecho mal.
¿De qué justicia habla Jesús? Se trata del plan de amor que Dios quiere realizar en este mundo. Esta es la justicia que quiere establecer.
La justicia de Dios es que todos tomen conciencia de que son sus hijos e hijas, y de que todos son hermanos entre sí y viven compartiendo los bienes. Que sientan como propia la necesidad, el dolor, de los que están a su lado; que sean capaces de perdonar, de cambiar para convertir a los enemigos en hermanos. Esta es la justicia que debemos anhelar. Bienaventurado es el que quiere realizar esta justicia y la anhela como el agua el sediento que camina en el desierto. Éstas son las necesidades básicas que Jesús toma como ejemplo de aquellos que quieren absolutamente establecer en todo el mundo su justicia.
La promesa: “Serán saciados”. Aquí también el peligro es pensar que esta justicia sea un sueño de Jesús de Nazaret. No, dice Jesús, serán saciados.
Escuchemos ahora la quinta bienaventuranza:
“Felices los misericordiosos, porque serán tratados con misericordia”.
En nuestro lenguaje tendemos a identificar la misericordia con la compasión; cuando decimos que una persona es misericordiosa porque sabe perdonar, que es magnánima, queremos decir que no consiente al impulso que la lleva a hacer pagar a quienes la agraviaron. Esta es la cualidad que identificamos con la misericordia de Dios, porque frente al mal que cometemos, Dios siempre sabe perdonar.
Pero esta interpretación de la misericordia aplicada a Dios tiene dificultad porque no va unida a la justicia. Si Dios es un juez justo no puede ser misericordioso; esto ya lo entendieron los rabinos, que no podían conciliar estos dos aspectos de Dios: su justicia y su misericordia. No se pueden conciliar; una u otra deben desaparecer.
Debe desaparecer de Dios esa justicia que refleja nuestra justicia, nuestra manera de ser jueces. Dios sólo es misericordia. Hesed, en hebreo, significa “amor incondicional y fiel”porque, si Dios es juez justo, no puede ser Dios misericordioso. Dios es misericordioso en el sentido de que ningún pecado, ningún rechazo del hombre, podrá jamás apartarlo de esta pasión de amor. El oro del que está hecho Dios es amor, y es oro puro. En Dios no hay nada más.
¿Cómo se manifiesta esta misericordia en Dios, este amor incondicional? Lo vemos en Jesús de Nazaret y lo captamos en la Parábola del Buen Samaritano. El samaritano es Jesús; es él el que encontró a la humanidad que había caído en manos de los bandoleros y permanecía medio muerta. En este samaritano también se refleja el comportamiento misericordioso del hombre que se asemeja al Padre celestial.
¿Cuáles son los momentos en los que la misericordia se manifiesta en este samaritano, que es Jesús y en quien quiere ser misericordioso como Dios? Existen tres momentos en los que se ve si uno es misericordioso o no.
Primero: En el momento en que ve, se da cuenta de que el otro está necesitado. No es insensible, no mira para otro lado, no intenta distraerse pensando simplemente: “¿Qué metiene que interesar a mí lo que le pasó?”. El primer momento en el que se manifiesta el misericordioso es aquel cuyos ojos están abiertos; no hay necesidad de que el otro pida ayuda: él ve la necesidad de su hermano.
Segundo momento: Siente literalmente compasión, siente lástima (σπλαγχνίζομαι,splagchnizomai, que, en griego, significa que siente como propio lo que le ha ocurrido a su hermano necesitado). Este movimiento interior de amor le impulsa a intervenir.
Tercer momento de la misericordia: Cuando ha visto al hermano necesitado y puede hacer algo, inmediatamente interviene. Esta es la misericordia de la que nos habla Jesús en la bienaventuranza. Los que están en sintonía con la misericordia de Dios y de Jesús de Nazaret, por tanto, son estos hijos e hijas de Dios que están en sintonía con su amor, y encontrarán misericordia. No significa que Dios hará la vista gorda ante sus pecados. Significa que estas personas están en sintonía con el corazón de Dios, que es amor y sólo amor.
Escuchemos ahora la sexta bienaventuranza:
“Felices los limpios de corazón, porque verán a Dios”.
Para nosotros el corazón es la sede de las emociones, de los sentimientos, pero para los semitas, más que emociones y sentimientos, en el corazón está el centro de todas las opciones, de todas las decisiones. Los semitas deciden con el corazón; y el corazón puede ser puro o impuro. ¿Qué entendemos por “oro puro”? Significa que no está mezclado con otros metales. Como el “café puro” (que no puede ser reemplazado) o como “Es la pura verdad”(es decir, que no hay en ella falsedad alguna). O como: “Esto es pura fantasía” lo quesignifica que no tiene conexión alguna con la realidad…
¿Cuándo es puro el corazón? Cuando sólo existe Dios que dicta las opciones, que dirige todas las decisiones que tomamos. Impuro es el corazón donde hay un revoltijo de dioses, un revoltijo de ídolos dando órdenes. Cuando en el corazón también está Dios, pero se hacen muchas opciones por dinero, que da sus órdenes, o por el orgullo, por la codicia, por el libertinaje moral… el corazón es impuro.
La promesa es que los que tienen el corazón puro: “Verán a Dios”, es decir, experimentarán a Dios. A veces oímos de personas que no son creyentes: ¿Cómo hago para creer en Dios? Y piensan que hay que convencerles razonando. El problema es que no pueden ver a Dios mientras tengan este desorden en sus corazones. Primero tienen que purificar sus corazones y sólo entonces podrán experimentar a Dios.
Escuchemos ahora la séptima bienaventuranza:
“Felices los que trabajan por la paz, porque se llamarán hijos de Dios”.
En el pasado, esta bienaventuranza se traducía como: “Bienaventurados los pacíficos”, es decir, aquellos que siempre intentan llevarse bien con todo el mundo y que también intentan hacer las paces entre las personas. En tiempos de Jesús, los rabinos decían: מלאכה שָׁלוֹם(laahashote shalom, esto es: “constructor de paz”). Construir la paz entre familias y personas era una obra muy meritoria ante Dios. Pero esta interpretación, aunque es buena, es reductora. La bienaventuranza de Jesús tiene un significado mucho más amplio. En primer lugar, el término utilizado para proclamar bienaventuradas a estas personas, es εἰρηνοποιοί(eirenopoioi), que se compone de dos palabras griegas: eirene, que significa “paz”, y poieinque significa “hacer”. Bienaventurados son los que trabajan para construir la paz. El vocablogriego eirenopoioi, sólo aparece aquí, pero era habitual en el griego clásico. Los emperadores se jactaban especialmente con este mismo título; se llamaban a sí mismos εἰρηνοποιοί(eirenopoioi) es decir, “pacificadores”, “constructores de paz”. César y Cómodo se presentaron como pacificadores del mundo, y muy especialmente Augusto, que, con sus legiones y sus muchos crímenes, había impuesto su paz en todo el imperio, se presentaba como “el pacificador”. De hecho, Virgilio, en la Eneida, dirigiéndose a él, pronuncia esa famosa frase: “Recuerda, oh Romano que, para gobernar el mundo con tu dominio, tu tarea es imponer la paz”.
¿Son éstos los pacificadores que Jesús proclama bienaventurados? La respuesta es No.
¿Qué quiere decir Jesús con εἰρηνοποιοί (eirenopoioi), “constructores de paz”)? El término hebreo que conocemos bien es shalom, que presupone que no haya desacuerdos ni guerras, pero la paz de la que habla Jesús es mucho más amplia, indica la plenitud de vida, indica la presencia de todos aquellos bienes que permiten a los hombres ser felices. Éste es el orden del mundo querido por Dios, esta es la paz de la que habla Jesús. Quien crea las condiciones económicas, sociales, culturales y políticas que fomentan esta paz es el bienaventurado del que habla Jesús.
La promesa es: “Dios les llama sus hijos”. “Serán llamados hijos de Dios” significa que,dirigiéndose a ellos, Dios dice: “Tú eres verdaderamente hijo mío”. Lo que Dios quiere es esta paz, es decir, el bienestar, la alegría, la felicidad y la vida para todos sus hijos e hijas. Cuando se construyen estas condiciones que permitan a todos ser felices, Dios se dirige a estos constructores y les dice: “Son verdaderamente mis hijos e hijas”.
Escuchemos ahora la última bienaventuranza:
“Felices los perseguidos por causa del bien, porque el reino de los cielos les pertenece. Felices ustedes cuando los injurien, los persigan y los calumnien por mi causa. Alégrense y estén contentos pues la paga que les espera en el cielo es abundante”.
Hemos subido a la montaña para escuchar la propuesta de una vida feliz y dichosa hecha por Jesús. Nos alegramos de haberla escuchado y también por haber comprendido supropuesta. Pero no podemos permanecer siempre en la montaña; debemos bajar a la llanura, debemos volver entre los hombres, entre personas que razonan de forma diferente, siguen otros criterios, otros valores, eligen otras bienaventuranzas.
Entonces, queremos preguntar a Jesús: ¿Cómo seremos recibidos allí en la llanura? ¿Cómo podemos encontrarnos entre esa gente si somos realmente coherentes con lo que nos has enseñado? Y Jesús nos responde con una octava bienaventuranza: “Felices los perseguidos por causa del bien (por la justicia)”, es decir, perseguidos porque quieren que la nueva justicia del reino de Dios se establezca en el mundo. Nos dice claramente: “No tendrás una vida fácil”. Tengamos esto en cuenta: “Los insultarán, los perseguirán, dirán toda clase de males contra ustedes por mi causa”.
Por tanto, hay un precio que pagar. Elegir las Bienaventuranzas de Jesús es como si nos dijera: “Ten en cuenta que, cuando vean tu vida tan diferente de las suyas, cuando te escuchen hablar de gratuidad, de intercambio de bienes, del cuidado de los más pequeños, de los pobres, de una relación de amor fiel, de fidelidad incondicional, se te opondrán, o al menos se burlarán de ti, pero te aseguro que serás dichoso”.
Y da dos razones de esta bienaventuranza. La primera: “Porque de los perseguidos por la justicia es el reino de los cielos”. Y luego: “porque grande es tu recompensa en el cielo”. Cuando oímos hablar del cielo, nuestros pensamientos se dirigen espontáneamente a la recompensa que los siervos fieles recibirán en el paraíso, en el más allá.
Notemos que ambas promesas hechas por Jesús están en el presente: de los perseguidos es el reino de los cielos, a ellos les pertenece ahora. Y, luego, grande es su recompensa en el cielo. El cielo no es el paraíso, es el reino de Dios, el nuevo mundo que ya ha comenzado en el más acá y está presente en todos los que viven las Bienaventuranzas de Jesús.
El perseguido no es feliz a pesar de las persecuciones, sino a causa de las persecuciones que sufre y es invitado a alegrarse no porque un día terminarán las persecuciones y los sufrimientos, sino porque hoy, siendo perseguido, tiene la prueba de que vive de forma diferente a los demás; no según los criterios del viejo mundo, sino según la nueva justicia. Y es a partir de esta convicción profunda e íntima que en el creyente florece la alegría y la paz prometidas por Jesús.
Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana.
