La gloria se marcha.

El profeta, que había recibido su vocación en una visión de la gloria de Dios en el exilio, a orillas del río Quebar (1,3), ahora, en una visión semejante a aquella, contempla cómo la gloria de Dios se prepara para abandonar el templo que había sido contaminado con los cadáveres de los habitantes de Jerusalén (Ez 9,7). La ciudad es destruida con el mismo fuego sagrado del templo, con las brasas que estaban debajo del trono de Dios y que el hombre vestido de sacerdote arroja sobre ella.

Scroll to Top