La elección no era motivo de privilegio, sino más bien de responsabilidad. Israel tenía que haber cuidado su relación con Dios, pero no lo hizo. El castigo que le sobreviene es fruto de su propia irresponsabilidad. Se prevé la destrucción total, tras la cual prácticamente no quedará nada (3,12-15). El profeta presenta también un oráculo dirigido exclusivamente a las mujeres de Samaría (4,1-5), amigas del lujo y del buen vivir. La imagen usada por Amós no puede ser más descriptiva: esas mujeres engalanadas y dedicadas al consumismo son para el profeta como las vacas de Basán, territorio especialmente rico en ganado vacuno, cuyos ejemplares eran famosos por su robustez (cfr. Dt 32,14; Sal 22,13; Ez 39,18). Estas mujeres también recibirán su propio castigo: serán desterradas de su tierra.
