Sobre los profetas.

Según los testimonios que encontramos en la literatura profética, sabemos que en Israel siempre hubo una tensión entre los verdaderos y los falsos profetas. Cuando aquí se prohíbe consultar o escuchar a quienes se autodenominan profetas por dedicarse a la adivinación, la magia, la hechicería, etc., ello equivale a llamarlos falsos profetas. A ello se suma el criterio del versículo 20: «El que tenga la arrogancia de decir en mi Nombre lo que yo no le he mandado… ese profeta morirá»; si lo que dice no se cumple, sería signo de falsa profecía (22), lo mismo que si habla en nombre de dioses extranjeros (20b).
Los versículos 15-18 aluden a la promesa de un futuro profeta, algo así como un segundo Moisés, cuyos atributos y características se proyectaron, en ocasiones, sobre el futuro Me-sías. Como creyentes, debemos mantener muy abiertos nuestros ojos y nuestra conciencia para distinguir, desde la misma Palabra de Dios, a los verdaderos de los falsos profetas de nuestro tiempo; hay muchos que nos hablan en nombre del Señor, pero no todos nos comunican ni nos aclaran esa Palabra para ayudarnos a ser cada día más personas, más humanas, más hermanos (cfr. Jr 23,9-40).

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