Política agraria de José.

En realidad, esta sección no forma parte del argumento de la novela sobre la vida de José, pero es, con todo, el pasaje que recoge en forma asombrosamente sintética las relaciones del imperio egipcio con los demás pueblos de la región y que ciertamente superan el nivel literario para revelarnos la realidad histórica sobre la cual se construyó el imperio egipcio y el resto de imperios que surgieron en el Cercano Oriente, y en definitiva, el modo en que hoy surgen los países poderosos que absorben la vida de los más pequeños y débiles.
No por aparecer esta «política» agraria en la Biblia, ni por estar dirigida por José—cuya imagen y figura como «ministro», especialmente asistido por Dios, han quedado en nuestra con-ciencia y en nuestra mente–. Una lectura desde la óptica de los poderosos y opresores de este mundo encuentra ciertamente el argumento teológico y bíblico más válido para justificar el saqueo y la explotación de los bienes tangibles e intangibles de otros pueblos; sin embargo, una lectura desde los oprimidos, explotados y marginados de este mundo, esto es, una lectura en clave liberadora, inmediatamente descubre la posición crítica que establece la Biblia respecto a las relaciones económicas y comerciales de los grandes con los pequeños.
Si notamos bien, el empobrecimiento al que son sometidos los pueblos con el argumento del hambre es paulatino, lento, pero eficaz y contundente.
La sutil denuncia y condena de la Biblia a este proceso de empobrecimiento, que inmediatamente se revela como contrario al plan divino, la encontramos en el versículo 25, si lo leemos, claro está, en clave de justicia. Con base en los criterios de justicia que en Gn 1–11 se proponen, podemos establecer que aquí hay una abierta denuncia contra el sistema empobrecedor que los grandes utilizan contra los pequeños, pues llegan hasta pervertir el concepto de justicia, haciendo ver como justo lo que es injusto, llamando «salvación» a lo que es, a todas luces, perjudicial y esclavizante para el ser humano y para la misma tierra. ¿No es esa la misma suerte de miles y miles de personas que están obligadas a «agradecer» la explotación de la que son víctimas? ¿No nos muestra este pasaje la antítesis más clara del plan del Creador al inicio del libro? ¿No es esta la puerta de ingreso de todos los males del mundo que los relatos de Gn 3–11 nos describen?

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