Sacrificio de Isaac.

Los versículos 1-18 nos narran el momento en que Abrahán recibe la orden divina de sacrificar a su único hijo para ofrecerlo a su Dios. El centro del relato no es este mandato, ni la actitud obediente de Abrahán; el punto culminante está en la orden divina de no tocar al niño (12). Abrahán toma conciencia de que está ante un Dios de vida, que no quiere ni exige sacrificios humanos.
La interpretación literal de este pasaje ha llevado a conclusiones teológicas reñidas con la auténtica imagen del Dios bíblico, cuya preocupación fundamental es la vida y exige a sus seguidores que la respeten. En el fondo, no hay tentación por parte de Dios. En cambio, sí hay tentación hacia Dios por parte del ser humano. Ese es el caso de Abraham y, con mucha frecuencia, el nuestro. Como quedó dicho, Abraham vive en un contexto religioso en el que, al ofrecer a su hijo a Dios, también recibe una descendencia numerosa y un territorio. Sin embargo, Dios se le aparece como alguien a quien no le importan los sacrificios, sino la vida y el compromiso con ella.
Podemos decir que Dios exige a Abrahán rebelarse contra todo aquello que amenaza la vida y asumir un compromiso mucho más radical en favor de ella. Ese es el verdadero Dios bíblico, el que ha creado la vida, está comprometido con ella y se opone a todo aquello que la amenaza.

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