Quinto día dentro de la octava de Navidad

UNA LUZ PARA TODAS LAS NACIONES

Ciclo Litúrgico: A,B,C

Introducción

Oración Colecta
Oh Dios, Padre de la luz:
El anciano Simeón reconoció a tu Hijo
como la luz que debería iluminar a todos.
Danos a nosotros también la gracia
de saber reconocer a Jesús
cuando venga a nosotros en forma humilde,
en la persona de un niño,
un anciano, un excluido o un pobre.
Que sepamos recibirlo también
como luz en nuestras vidas personales,
y como aurora luminosa
para todas las naciones,
pues tú eres el Padre de todos
y Jesús nos pertenece a todos
como nuestro Señor y Salvador,
por los siglos de los siglos.

Salmo Responsorial

Sal 96:  Cantemos la grandeza del Señor

R.(11a) Cantemos la grandeza del Señor.
Cantemos al Señor un nuevo canto,
que le cante al Señor toda la tierra;
cantemos al Señor y bendigámoslo.
R. Cantemos la grandeza del Señor.
Proclamemos su amor día tras día,
su grandeza anunciemos a los pueblos;
de nación en nación, sus maravillas.
R. Cantemos la grandeza del Señor.
Ha sido el Señor quien hizo el cielo;
hay gran esplendo en su presencia
y lleno de poder está su templo.
R. Cantemos la grandeza del Señor.

Aclamación antes del Evangelio

Aleluya, aleluya.

Tú eres, Señor, la luz que alumbra a las naciones
y la gloria de tu pueblo, Israel.
R.Aleluya.

Evangelio

Lc 2,22-35

«Mis ojos han visto tu salvación»

Dios viene a su pueblo de incógnito, como un niño llevado en los brazos de su madre. Simeón, el anciano en el templo, tomó a Jesús en sus brazos y reconoció a este niño como al Salvador esperado por los judíos en el Antiguo Testamento, pero también como la Salvación para todos los pueblos y todos los hombres. Él no nos pertenece en exclusiva: es de y para todos los hombres sin excepción.

Transcurrido el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, ella y José llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, de acuerdo con lo escrito en la ley: Todo primogénito varón será consagrado al Señor, y también para ofrecer, como dice la ley, un par de tórtolas o dos pichones.

Vivía en Jerusalén un hombre llamado Simeón, varón justo y temeroso de Dios, que aguardaba el consuelo de Israel; en él moraba el Espíritu Santo, el cual le había revelado que no moriría sin haber visto antes al Mesías del Señor. Movido por el Espíritu, fue al templo, y cuando José y María entraban con el niño Jesús para cumplir con lo prescrito por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios, diciendo:

"Señor, ya puedes dejar morir en paz a tu siervo,
según lo que me habías prometido,
porque mis ojos han visto a tu Salvador,
al que has preparado para bien de todos los pueblos;
luz que alumbra a las naciones
y gloria de tu pueblo, Israel".

El padre y la madre del niño estaban admirados de semejantes palabras. Simeón los bendijo, y a María, la madre de Jesús, le anunció: "Este niño ha sido puesto para ruina y resurgimiento de muchos en Israel, como signo que provocará contradicción, para que queden al descubierto los pensamientos de todos los corazones. Y a ti, una espada te atravesará el alma".

Oración de los Fieles

Te damos gracias, Señor Dios, luz del mundo, por iluminar el camino que nos lleva a ti. Y te pedimos: R/Que tu luz remueva nuestra ceguera espiritual.

  • Por todas las veces que nos creemos buenos, justos hijos de Dios por cumplir los ritos y las apariencias pero nuestro corazón está lejos de nuestros hermanos, te pedimos.
  • Por todas las veces que nos sentimos superiores propietarios de la verdad y despreciamos a los que buscan a Dios por otros caminos con sincero corazón, te pedimos.
  • Por todas las veces que hacemos “caridad” para sentirnos más buenos pero rechazamos cualquier gesto solidario que nos suponga incomodidad, te pedimos.

Oración sobre las Ofrendas
Oh Dios, Padre amoroso:
Un humilde pedazo de pan y un poco de vino
son suficientes
para hacer que Jesús venga a nosotros.
Aviva estos sencillos dones con tu Espíritu,
para que podamos acoger entre nosotros
a Jesús, que ilumina todas las naciones
con su alegría y con el luminoso amanecer
de la verdadera justicia y del profundo compromiso
de cariñoso servicio, y también con sentido de compasión
y generosidad sin límites.
Todo esto te lo pedimos
por el mismo Jesucristo
Salvador de todos, nuestro Señor.

Oración después de la Comunión
Oh Dios, Señor de luz:
Nos hemos sentado a la mesa festiva
de quien vino a unir todos los hombres
y a todos los pueblos,
cercanos y lejanos,
como hermanos
que pueden amarse y aceptarse los unos a los otros,
a pesar de todas sus diferencias
de raza y cultura, de nivel social y personalidad.
Haznos creer que esto es posible
solamente por medio de quien se hizo uno de nosotros
y entregó su vida por todos,
Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición
Hermanos: Que el Espíritu Santo permanezca en nosotros para que sepamos reconocer y aceptar a Jesús como nuestro Señor y como Salvador de todos, al modo en que lo reconoció el anciano Simeón. Y que la bendición de Dios todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes y permanezca para siempre.

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