2DO. DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – AÑO A
Juan 1,29-34
Un buen domingo para todos.
Los evangelios sinópticos: Mateo, Marcos y Lucas comienzan la narración de la vida pública de Jesús con el bautismo en el río Jordán. El evangelista Juan ignora este episodio, pero dedica amplio espacio a la figura del Bautista y lo presenta de manera original. Los sinópticos hablan del Bautista como el precursor, el que ha ido por delante a preparar el camino de la llegada del Mesías. Juan no lo presenta como precursor sino como testigo. Testigo como el que ha visto algo y puede compartir con los demás la experiencia que ha tenido.
El Bautista es presentado como el testigo de la luz. Es el primero que ha visto esta luz y la ha reconocido. El evangelio de Juan, en el Prólogo, comienza diciendo: “Apareció un hombre enviado por Dios, llamado Juan, que vino como testigo, para dar testimonio de la luz,de modo que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino un testigo de la luz. La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo” (Jn 1,6-9). Esta luz ha venido del cielo para disipar las tinieblas del mundo. Esta es la experiencia hecha por el Bautista.
Jesús se presentó en el Jordán como todos los otros judíos que acudían allí para ser bautizados. Solamente el Bautista ha visto en aquel joven galileo una luz que lo ha fascinado.E inmediatamente sintió la necesidad de indicarla y de dar testimonio a todos.
Escuchemos cómo el evangelista Juan narra el encuentro del Bautista con Jesús:
Al día siguiente Juan vio acercarse a Jesús y dijo: Ahí está el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. De él yo dije: Detrás de mí viene un hombre que es más importante que yo, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero vine a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel. Yo no lo conocía, pero vine a bautizar con agua para que él fuera manifestado a Israel.
“Al día siguiente” … viene espontáneamente el preguntarse qué es lo que ha pasado el día anterior. Había venido de Jerusalén una delegación de sacerdotes y levitas, enviada por la autoridad competente, para interrogar al Bautista. Querían saber detalles de su identidad y sobre lo que estaba haciendo.
El Bautista era un personaje que estaba llamando la atención de todo el pueblo. Con su predicación y con su vida suscitaba interrogantes, expectativas, esperanzas y muchos se preguntaban si él era el Mesías. El Bautista responde a estos delegados: “Yo no soy el Cristo. Yo bautizo con agua, pero en medio de ustedes está uno a quien ustedes no conocen, a quien yo no soy digno de desatar la correa de su calzado” (Mt 3,11).
Esta figura del Bautista es bella. Dice: ‘no deben fijarse en mí, sino a esa luz de la cual yo doy testimonio de haber visto’. Al día siguiente después del encuentro con esta comisión, el Bautista ve a Jesús que se le acerca. Jesús aparece de improviso en la escena. Es Dios que comienza a hacerse ver. Jesús recorrerá pueblos y ciudades, entrará las casas de la gente, con el claro objetivo de mostrar el rostro del Padre del cielo. Es Dios que se ha hecho uno de nosotros, precisamente para hacerse ver. Y también para mostrarnos al hombre verdadero, al hombre exitoso, al Hijo de Dios.
Y, viendo a Jesús que se le acerca, el bautista dice—es el Bautista el que habla en este texto, pero no se indica a quién está hablando pues no se menciona que haya alguien a su lado, por tanto, sus palabras se dirigen claramente para nosotros hoy—. ¿Qué dice el Bautista? Es uno que ha visto y, por tanto, da testimonio de lo que ha visto. Apunta el dedo y nos dice: “Ahí está el Cordero de Dios”.
Es hermosa la figura del Bautista. No quiere que se centren en él, sino que miren hacia esa luz sobre quien él está dando testimonio. Si quieren que sus vidas estén guiadas por una luz auténtica y que no desaparezca en las tinieblas y, por tanto, caigan en barrancos y se dañen tanto ustedes mismos como los demás, entonces sigan la luz que yo les indico, porque yo he visto esa luz. Y el Bautista da un nombre a esta luz: es el Cordero. Seguramente que dejó a todos desconcertados. Nadie esperaba que de un ‘cordero’ pudiera venir la luz.
En Israel esperaban a alguien mucho más importante. De acuerdo a la bendición pronunciada por el patriarca Jacob, esperaban ‘al león de la tribu de Judá’, esa fiera más fuerte que todas las demás y que habría triunfado sobre todos los enemigos y dado comienzo al reino de Israel. O, quizás, esperaban un rey, un pastor de su pueblo, un rey al que todos se le sometiesen y que le pagasen tributos.
En vez el Bautista da testimonio de haber visto al ‘cordero’. ¿A qué ‘cordero’ se estaba refiriendo? La referencia es, claramente, a dos textos bíblicos que conocemos bien. El primero y el más conocido es la referencia al Cordero Pascual, cuya sangre puesta sobre las puertas de las casas habría salvado en Egipto a los israelitas del paso del ángel exterminador.Lo recordamos: “El Señor va a pasar hiriendo a Egipto, y cuando vea la sangre en el marco de la puerta, el Señor pasará de largo y no permitirá al exterminador (‘amasjrit’ en hebreo)entrar en sus casas para herir” (Ex 12,23).
Este texto se refería a un rito arcaico de los pastores, quienes cumplían este rito en primavera para proteger a su grey del ataque de cualquier espíritu maligno. Y por eso hacían este rito cruento: mataban a un cordero y luego ponían su sangre sobre el marco de la puesta y cuando llegaba el exterminador se sentiría bloqueado por esta sangre.
El Bautista hace una clara referencia a este cordero que dona su propia sangre para impedir que el exterminador cause el mal a la gente. ¿Por qué la sangre de este cordero puede librar al mundo de este mal espíritu? ¿Por qué debe morir el cordero que es el animal más manso y tierno que conocemos, que no hace mal a nadie? Para quitar a las fieras la capacidad de hacer daño, es necesario el sacrificio de un cordero.
Solamente de frente a un cordero las fieras se pueden dar cuenta que son fieras. Si todos son fieras, es normal comportarse como fiera. Si todos son ladrones, deshonestos, violentos,mafiosos, está claro que el más robusto, el más apreciado es el que mejor puede hacer de mafioso, violento. Para cambiar a esta gente, es necesario que llegue uno que sea completamente diverso. Uno que sea leal, honesto; y cuando llega esta persona, aquellos que son malos y deshonestos se dan cuenta de su conducta.
El Bautista dice que con la llegada de este cordero ha llegado un reino completamente diverso de los precedentes. Ya no es más el reino de aquellos que quitan la vida a los demás, sino el reino del que dona la vida a los demás. La segunda referencia es al libro de Isaías donde se habla de un misterioso siervo del Señor del cual se dice que era como “un cordero llevado al matadero, como oveja muda ante el esquilador, no abría la boca. Sin arresto, sin proceso, lo quitaron de en medio… lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron” (Is 53,7-8).
También aquí tenemos la comparación de uno que se comporta como el cordero y de esta manera quita el pecado del mundo. ¿Cómo hace este cordero para quitar el pecado del mundo? Ante todo, este verbo ‘quitar’ no traduce bien la idea. El verbo griego es ‘αἴρων” – airein que quiere decir ‘hacer desaparecer’ el pecado del mundo. Pecado no es la transgresión de uno por lo cual debe ser castigado porque se ha desobedecido a una orden. NO.
Pecado es la pérdida de lo humano. Cuando uno no se comporta como ‘hombre’ y, por tanto, afecta a la identidad humana: si la persona es un violento, un corrupto, un disoluto está atacando su propia identidad. Esto es el pecado. ¿Qué es lo que este Cordero ha venido a hacer? A hacer desaparecer, a eliminar el pecado. A extirpar el pecado.
Notémoslo bien, no a ‘expiar’ el pecado, como si este cordero debiese pagar por todos los pecados que se hayan cometido. Esto es un absurdo que no hay que repetir. No es que el Padre del cielo tenía necesidad de ver a alguien sufrir para perdonar el pecado. Ha enviado a este Cordero para ‘hacer desaparecer’ el pecado del mundo. Viene a poner fin a esa mentalidad malvada, a esa fuerza diabólica, que nos induce a comportarnos no como hijos e hijas de Dios, sino que es ese impulso que nos lleva a comportarnos como fieras cuando nos relacionamos con nuestros semejantes, exactamente como lo hacían nuestros antepasados pre-humanos. No viene para cancelar una transgresión; viene para remover las tinieblas que envolvían al mundo e impedía ver el verdadero rostro de Dios, impedía ver al hombre auténtico.
El Bautista intentaba decir que Jesús no eliminaría el mal concediendo una especie de amnistía, de perdón, una sanación. Vence el mal introduciendo en el mundo un nuevo dinamismo, una fuerza irresistible, su Espíritu, la nueva vida que desde dentro lleva a la humanidad a comportarse de manera humana. Dice el Bautista: “Detrás de mí viene un hombre que es más importante que yo, porque existía antes que yo”. El Bautista se aparta. No es a él al que deben mirar. Él no es el salvador.
Luego el Bautista menciona el camino que ha hecho espiritualmente para llegar a ver esta luz, la luz del mundo, que indica cómo comportarse como persona. Y dos veces dice: “Yo no lo conocía”. Completa ignorancia sobre la identidad de este Cordero. El que quiere llegar a conocer la verdadera identidad de Jesús, ante todo debe tomar conciencia de la propia ignorancia y así ser invitado a abrir los ojos, a buscar con sinceridad esta luz. Debe dejar aparte sus propias ideas preconcebidas sobre Dios y sobre el hombre verdadero.
¿Cómo llegó el Bautista a recibir esta identidad? Nos lo dice: ha escuchado la revelación del Espíritu: Juan dio este testimonio: Contemplé al Espíritu, que bajaba del cielo como una paloma y se posaba sobre él. Yo no lo conocía; pero el que me envió a bautizar me había dicho: Aquél sobre el que veas bajar y posarse el Espíritu es el que ha de bautizar con Espíritu Santo. Yo lo he visto y atestiguo que él es el Hijo de Dios. Yo lo he visto y atestiguo que él es el Hijo de Dios.
El Bautista dio testimonio diciendo: “Contemplé al Espíritu, que bajaba del cielo como una paloma y se posaba sobre él”. Este es el testimonio de lo que el Bautista ha visto y que él quiere que también nosotros veamos. Ha visto que el Espíritu se posa sobre Jesús, como paloma, y permanece en él.
La referencia es claramente al bautismo, que Juan no narra. El Espíritu se ha posado sobre Jesús, no provisoriamente, como acontecía con los personajes del Antiguo Testamento, quienes eran llamados para alguna misión especial y, terminada la misión, ya no estaban colmados del espíritu que se les había sido dado para un cierto servicio y luego regresaban a su condición anterior. Pero, en vez, el Espíritu mora en Jesús. Y la imagen de la paloma es muy importante, tanto antes como hoy.
La paloma era el símbolo del apego al propio nido. La paloma regresa siempre al propio nido. Sabemos que cuando las palomas mensajeras son dejadas en libertad, dan un poco de vueltas para tomar la dirección y orientarse, y luego regresan al propio nido. El Bautista dice: “Contemplé al Espíritu, que bajaba del cielo como una paloma y se posaba sobre él”. Igual que la paloma busca su propio nido, el Espíritu en plenitud encuentra su morada en Jesús.
Y él bautiza en el Espíritu. Bautizar significa sumergir, sumergirse en el Espíritu. El bautismo de Jesús no es una inmersión en un líquido externo a la persona. Bautismo en el Espíritu significa dejarse impregnar, empapar, de la nueva sabiduría, la que viene del cielo,dejarse impregnar de esa fuerza divina que lleva a amar.
El Espíritu no es un agua que lava exteriormente, sino una savia, como la de la vid, que luego lleva a dar fruto. Esta savia, que es el Espíritu divino, que es la vida divina, que ha sido donada por Cristo. El bautismo del Bautista era exterior; el bautismo de Jesús en el Espíritu es el don de esta vida nueva. Y este es el Espíritu que vence, que destruye el pecado; destruye lo que es deshumano que está presente en nosotros por el hecho de ser humano… lo que antes se llamaba ‘el pecado original’.
El Espíritu libera de todas estas fuerzas que deshumanizan. Y el Bautista continúa: “Yo lo he visto y atestiguo que él es el Hijo de Dios”. Si durante este año acogemos este testimonio del bautista tendremos los ojos siempre fijos en Jesús, pues mirándolo a él veremos el rostro de Dios. Es el que siempre es guiado por la vida divina, por el Espíritu.
Quiero hacer un último comentario sobre la imagen que es empleada por el Bautista:“Este es el Cordero de Dios”. Es una expresión que escuchamos siempre en la celebración eucarística, cuando el celebrante invita a las bodas del Cordero. Sabemos lo que significa las bodas; significa unir la propia vida con la otra persona.
Estamos invitados al banquete eucarístico a unir nuestra vida al Cordero. Debemos hacer una opción; decidir a qué reino queremos pertenecer: al reino del pre-humano o al reino de la persona exitosa, la persona que está guiada por el Espíritu. Entonces, cuando nos acerquemos a comer ese pan, que es Cristo debemos recordar que Cristo ha identificado toda su historia en hacerse pan, esto es, en donarse completamente para la vida de los demás.
Esta es la propuesta que nos hace por medio del sacerdote que dice: “He aquí al Cordero…”. Nos invita a asimilar su historia. Cuando se come el pan, se asimila el pan, se transforma en parte de nosotros mismos. La opción que se nos propone es la de asimilar la vida del Cordero, que es una vida donada por amor.
Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana.
