MARÍA MADRE DE DIOS – PRIMERA LECTURA & EVANGELIO

¡FELIZ AÑO NUEVO!Núm 6,22-27

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Un Feliz Año Nuevo para todos, hermanas y hermanos.

Ya hemos intercambiado muchos saludos de “año nuevo” y qué podemos ahora esperar de la palabra de Dios para este nuevo año, sino que iniciase con una bendición: “El Señor te bendiga y te guarde”. Estas son las primeras palabras que escuchamos en este primer día del año y creo que no exista un saludo mejor. Me encantaría que mis hermanos de fe me lo devolvieran en este día: “Que el Señor te bendiga” – hermoso.

¿Qué significa “bendecir”, “bendición”, palabras que se mencionan frecuentemente en la Biblia? Se mencionan 617 veces en el Antiguo y Nuevo Testamento. En la Biblia, se bendice continuamente. ¿Qué quiere decir este verbo ‘bendecir’? Es suficiente abrir una biblia y ya desde el comienzo donde el Creador, después de haber creado los peces y las aves, dice el texto sagrado: “los bendice diciendo: sean fecundos y multiplíquense y llenen las aguas del mar y que los que vuelan llenen el cielo. Sean fecundos y multiplíquense”.

Esta es la bendición. Significa fecundidad, vida. Esto es lo que sucede a la persona que es bendecida para la plenitud de fecundidad y de vida. De la misma manera, la bendición es también para los humanos: ‘sean fecundos y multiplíquense y llenen la faz de la tierra y subyúguenla, con dominio sobre todas las creaturas’. También Noé es bendecido de la misma manera después del diluvio, él y sus hijos: ‘sean fecundos y multiplíquense’. Esto es lo que significa ‘bendecir’. Significa vida, significa querer la vida, amar la vida, augurar, desear que el otro goce de la plenitud de la gloria de la vida. Es un deseo hermoso: ‘Que el Señor te bendiga’, esto es, te llene de vida y de alegría.

Conocemos tres tipos de bendiciones: El primero es el más simple, el más inmediato. Es la bendición que nos deseamos recíprocamente. Todos estamos llamados a bendecir al hermano o hermana que está a nuestro lado; a desearle la felicidad y la vida. La bendición más deseada en Israel era la que el padre daba a los hijos antes de morir. Era el augurio de prosperidad, de fecundidad, de una familia unida, numerosa.

La Biblia recuerda varias de estas bendiciones: La de Isaac que bendice a Jacob. Luego bendice también a su hermano gemelo Esaú. Luego, Jacob, a su vez, bendice a sus hijos que deberían dar comienzo a las 12 tribus de Israel. Esta es la bendición de Jacob. ¿Qué sucede a la persona que bendice a su hermano que está al lado? Un hombre augura amor, augura todos los bienes a esa persona. Esto no se reduce a un augurio superficial, sino que debe llevar a alguna acción concreta.

De la misma manera que si nosotros encontramos a una persona en un día como hoy y le hemos dicho: ‘felicitaciones… Feliz Año Nuevo…’ y luego cada uno por su lado. NO. El que bendice en sentido bíblico, quiere la alegría y la vida de la otra persona y se declara disponible para que, dentro de sus posibilidades, para que este deseo de bendición se convierta en realidad.

Lo contrario es ‘maldecir’. En hebreo: ARUR. ¿Qué pasaba cuando uno era maldecido?Imagínense al pueblo de Israel en el desierto, y si alguien del pueblo ha cometido algún crimen, algún delito, era ‘maldecido’. Significaba que era expulsado del pueblo, alejado…‘vete tu solo al desierto; quedas excluido de nuestra comunidad’. Maldecirlo quiere decir privarlo de la vida, del encuentro donde se comparte amor. ‘Deber ir solo al desierto’, era prácticamente una condena a muerte, lejos de la comunidad. Si la bendición se podía formular así: ‘Quiero que vivas, me alegro que tu existas’, la fórmula de la maldición es: ‘no quiero que vivas, que existas’. En resumen, ‘al mundo le iría mucho mejor si tu no existieses’. Esta es la maldición… No que queramos matarlo, pero si le llega una enfermedad, no lo vamos a llorar.

Un cristiano solo puede bendecir, nunca para maldecir, nunca para excluir a alguien de nuestra responsabilidad para que esa persona sea feliz. El cristiano está siempre de parte de la vida y, por tanto, de la bendición, incluso para el enemigo. Recordemos las palabras de Jesús: “Bendigan a los que los maldicen”. En la carta a los romanos, capítulo 14, dice Pablo: “Bendigan a los que los persiguen”. Bendigan, no maldigan. Nunca un cristiano desea algo que lleve a la muerte para el hermano.

Todos tenemos necesidad de sentirnos bendecidos por los hermanos. Todos seríamos más felices si supiésemos que el otro aprecia nuestra vida. Es hermoso sentir de un cristiano estas palabras de bendición, especialmente cuando le cuesta pronunciarlas pues debe dirigirlas a quien quizás se sienta propenso a maldecir.

La bendición es una terapia para nuestro rencor, para nuestras rabietas, para nuestra cerrazón al diálogo, la incomprensión, la no aceptación de la diversidad, de los límites y defectos del otro. Siempre todos deben ser bendecidos. Cuando nosotros bendecimos,tomamos siempre mayor conciencia de ser hijos del único Padre, el Dios de la vida. Esta es la primera fórmula de bendición: la que deseamos de persona a persona. El cristiano debe solamente bendecir. Ponerse en disposición de querer la vida del hermano.

En la Biblia encontramos otra fórmula de bendición: aquella en la que la persona bendice a Dios. Si antes bendecíamos a la persona que está a nuestro lado, ahora alzamos la mirada para bendecir a Dios. ¿Qué significa ‘bendecir a Dios’? Es cierto que no podemos desear ‘vida’ a Dios; bendecir a Dios significa reconocer que Él es el Señor de la vida. Significa tomar conciencia de que todo lo que es amor, lo que produce alegría, viene de Él. Toda creatura ha sido donada de Él, es un regalo para la vida, que debe ser siempre utilizada para la vida, nunca para la muerte.

Cuando bendecimos a Dios, tomamos conciencia de esta realidad: las creaturas son don de Dios y se deben emplear solamente para la vida. Cuando nosotros bendecimos a Dios, nos ponemos en la justa relación con lo creado. En Israel, antes de tomar cualquier alimento, era necesario—y lo es también hoy—pronunciar la bendición, o sea, reconocer que viene de Dios. ‘Bendito seas Tú, Señor, Dios del universo, que me diste por alimento esto’. Porque todo es donado por Dios para la vida.

En el tratado de las bendiciones del Talmud, el ‘Berakot’ se dice que quien goza de cualquier cosa de este mundo, sin pronunciar la bendición, comete el pecado de apropiación. Si no bendice a Dios quiere decir que considera como algo que le pertenece lo que en vez es de Dios. Todos los adjetivos posesivos son mentira. Todo es de Dios. Ha sido consignado a nosotros para que empleemos estas cosas creadas para la vida.

Se narra que un rabino ponía aparte sus ahorros porque todos los años quería comprartodos los frutos producidos, no por ser goloso, sino porque antes de gustar de estas frutasdebía pronunciar la bendición por el regalo de Dios. Y al fin del año era feliz porque había dado gracias a Dios por todos sus dones. Esta bendición quiere decir que quien la pronuncia no es el dueño. Todo es de Dios. Todo debe ser utilizado según su diseño. Los bienes son abundantes y son destinados para todos los hijos e hijas de Dios para que tengan vida. De ahí la importancia de pronunciar la bendición sobre toda creatura de la cual nos servimos.

Evitaremos manejar lo creado guiados de nuestro egoísmo, de la avaricia, del deseo de acumular. NO. Muy a menudo debemos pronunciar esta bendición para reclamar la verdad sobre lo creado. Existe una tercera forma de bendición. Ya vimos la que se dirige a los hermanos, luego, elevando la mirada, la bendición que dirigimos a Dios y lo que eso significa.

Ahora veremos una tercera fórmula de bendición: la que desciende de Dios. Es la de nuestro texto, escuchemos:

“El Señor habló a Moisés: Di a Aarón y a sus hijos: Así bendecirán a los israelitas: El Señor te bendiga y te guarde, el Señor te muestre su rostro radiante y tenga piedad de ti, el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz. Así invocarán mi Nombre sobre los israelitas, y yo los bendeciré”.

Ante nada, voy a hacer alguna observación sobre este texto para que nos demos cuenta de lo sagrado que es y que con cuánto respeto y devoción debe ser proclamado. Ante todo, es una fórmula de bendición que debe ser pronunciada solamente por los sacerdotes. Ellos son los únicos mediadores de estas palabras que descienden de Dios, que descienden del cielo.Por tanto, solamente el ‘cohen’, el sacerdote, que es descendiente de la familia sacerdotal,podía bendecir a los presentes al final del sacrificio en el templo. Lo ven al fondo cómo los sacerdotes, luego del sacrificio extienden las manos sobre el pueblo y pronuncian esta bendición del libro de los Números. Incluso ahora, son solamente los ‘cohanim’, los sacerdotes que invocan la bendición al final de la liturgia en la sinagoga, el día de sábado.

Noten cómo deben abrirse los dedos de las manos de los sacerdotes. Ahí lo pueden ver.No voy a entrar en el detalle del significado simbólico pero mi limito a decir que la posición de los dedos hace referencia a un significado que tiene una palabra hebrea: KOAJ que significa ‘fuerza’ pues esas manos deben comunicar esta fuerza de vida contenida en las palabras pronunciadas del ‘cohen’.

Segunda observación: esta bendición es introducida por una disposición dada por Moisés a los sacerdotes: “Ustedes bendigan así a los hijos de Israel, les dirán” … y luego viene la bendición. Este ‘así’ ha sido interpretado por los rabinos de esta manera: ‘esta bendición no puede ser pronunciada en otra lengua, debe ser pronunciada ‘así’, para que sea válida y eficaz. Así, en hebreo, solamente esta lengua sagrada puede conservar el significado contenido en esta bendición.

Recordemos que en tiempo de Jesús se hablaba arameo, pero esta bendición se pronunciaba en hebreo. Noten en el fondo esta bendición en hebreo. Como ven, hay una triple fórmula de bendición que se expresa en aumento.

Incluso el que no conoce el hebreo puede ver que la primera fórmula de bendición está compuesta de tres palabras, la segunda fórmula de 5 palabras y la tercera fórmula—en aumento—de 7 palabras. Se trata de tres números muy importantes y sagrados en Israel. El número 3 es símbolo de una perfección. El número 5 símbolo del pueblo de Israel y luego el número 7 que es propiamente allí donde se anuncia el ‘shalom’ que es la plenitud de alegría y de vida no puede ser otro número que el 7. Luego, la suma de todas estas palabras: 3+5+7=15. El número 15 es el valor numérico del Nombre del Señor: “YA”.

Los hebreos compusieron esta bendición con estas medidas para valorar lo solemne que es este texto y cuán sagrado es. Lo vamos a examinar pues hoy viene anunciada esta bendición al comienzo del año pues nos deberá acompañar durante todo el año y es anunciada por todos los sacerdotes, aunque no extiendan las manos por que no son ‘cohanim’ y por respeto a los sacerdotes de Israel, pero, sin embargo, se leerá esta bendición.

El Señor te bendiga y te guarde. בָרֶכְךָ יְהוָה, וְיִשְׁמְרֶךָ.

Estas tres primeras palabras de la bendición tienen un nombre en el centro, el nombre de Dios, inefable que yo he sustituido, según la costumbre hebrea, con “Adonai”. Este nombre sagrado se repetirá por tres veces, este nombre de Dios, en estas tres bendiciones. Y en la primera se pide que “El Señor te bendiga y te guarde”. Ya dijimos lo que significa ‘bendecir’:que te colme de vida, que te libre, te guarde d toda forma de muerte. Se refiera también a la vida biológica que es muy importante y, por tanto, al deseo que el Señor te conceda también la buena salud, que estés bien, que no te falta nada de lo que te es necesario. Pero si es solamente la vida biológica, no es vida plena, no es vida humana auténtica. No es suficiente sobrevivir.

Más que la vida biológica, esta bendición pide al Señor una vida que tenga sentido. O sea, que el Señor te guíe, con su luz, para que tu vivir no sea solamente un sobrevivir; que este año puedas dar lo mejor de ti mismo en la construcción del diseño de Dios sobre el mundo. De hecho, fuera de este diseño del Creador, tu vida no tendrá sentido; será efímera – una vida biológica de la cual no quedará huella. Entonces, que el Señor te de una buena salud, pero, especialmente, una vida llena de sentido, una vida que deje huellas de tu paso por este mundo. Que no sea un año desperdiciado.

Y te guarde”. La palabra hebrea “וְיִשְׁמְרֶךָ” – ‘verish mereja’, del verbo ‘vishmor’ no significa te tenga bajo su mirada, en el sentido de aquel sentido en que Dios miraba todos nuestros errores y luego pedía a los ángeles de tomar nota pues después habría que dar cuenta de ello. Este no es el significado del Señor que te tiene que tener bajo su mirada. Es la misión del pastor: el pastor que vigila su grey para que no corra peligro de muerte. Esto es lo que se pide en esta primera bendición. Que el Señor te proteja y te guarde, como hace el pastor. Que no te dejes seducir por otros pastores, que pueden ser tus instintos o la gente que te quiere llevar fuera de camino, que te pueden llevar a hacer cosas malvadas y así no serás feliz. Que este año el Señor te proteja y te guarde, te tenga siempre bajo su mirada.

Segunda fórmula de la bendición: el Señor te muestre su rostro radiante y tenga piedad de ti, יָאֵר יְהוָה פָּנָיו אֵלֶיךָ, וִיחֻנֶּךָּ.

Nosotros reconocemos a las personas por su rostro. Y por el rostro sabemos si una persona es amiga o enemiga. Si es uno que nos quiere hacer el bien o si nos quiere hacer alguna maldad. Si está alegre o triste. Si está sereno o lleno de problemas. Si está angustiado y quizás necesite una palabra de consuelo y de esperanza. O, quizás, necesite una corrección.Entonces, reconocemos a las personas por sus rostros.

Hoy no vemos más el rostro de la gente. Si vamos en bus, ya no vemos más los rostros; todos están abstraídos con su teléfono celular y yo no puedo comunicarme con una persona que no conozco, que no veo. ¿Cómo se hace para relacionarse con una persona a la cual no veo el rostro? ¿Qué es lo que se pide en esta segunda bendición? “El Señor te muestre su rostro radiante”. Esto quiere decir: que te haga ver su rostro, y que sea un rostro radiante, sonriente. Es hermoso… ¡Queremos ver a Dios sonriendo! ¿Qué estamos diciendo cuando pedimos esto? Estamos diciendo que cuando Él contemple nuestra vida pueda ser motivo de alegría para Él; que pueda sonreír, complacerse de nosotros sus hijos e hijas, porque estamos bien, porque nos asemejamos a Él, porque quien nos encuentra, hable de nosotros de cosas que hagan sonreír al Padre del cielo. Jesús ha hecho siempre sonreír al Padre.

Recordemos las palabras del Padre durante el bautismo en el Jordán: “Este es mi Hijo en quien tengo puestas mis complacencias”. Dios sonríe cuando nos asemejamos a Él. “Y tenga piedad de ti” – ‘vijumeja’ – ‘jen’ en hebreo signifiva benevolencia gratuita. Significa que te vuelva agradable, simpático, atrayente pues eres el colmo de la belleza de Dios, por tanto, digno de atención, de afecto por parte de todos. Y el que hace sonreír el rostro del Señor es una persona bella a los ojos de la gente, porque es una persona que ama.

La tercera fórmula de bendición: יִשָּׂא יְהוָה פָּנָיו אֵלֶיךָ, וְיָשֵׂם לְךָ שָׁלוֹם.

El Señor te muestre su rostro y te conceda la paz”. Nuevamente el tema de la sonrisa que es la premisa para que llegue la paz. Donde no hay sonrisa no hay paz. Es la pregunta que de eras queremos hacer al Señor: ‘muéstranos tu rostro’ – lo queremos ver. Es precisamente en este tiempo de navidad cuando el Señor nos ha mostrado su rostro y hemos tenido ocasión de contemplarlo.

¿Cómo nos hemos imaginado el rostro de Dios? Como ha sido enseñado en una cierta catequesis: un rostro con ceño fruncido, severo, exigente, terrible para quien transgredía sus órdenes y sus mandamientos. En Navidad ha levantado su rostro para que lo veamos: ese no es el rostro de Dios. Es un rostro que es amor y ternura, solo amor. Lo hemos contemplado y era diferente de lo que nos habían dicho. Y ha venido al mundo para mostrarnos su rostro sonriente. El rostro de un niño que nos habla solamente de ternura, de amor y también de debilidad. Un niño que llora si no es acariciado. Ese es nuestro Dios. Ese es el rostro de nuestro Dios. Cancelemos todos los otros rostros porque son blasfemos.

La última petición: “y te conceda la paz”. Este ‘shalom’ es una palabra que todos conocemos muy bien. “Que te conceda la paz”, que ponga sobre ti la paz. La ‘paz’ no es solamente ausencia de tensión, de guerra. El Shalom hebreo es la plenitud de todos los bienes. Si Dios no sonríe sobre nuestra vida, si nuestra vida no forma parte de su diseño de amor, entonces estaremos seducidos por nuestras pasiones, por nuestro egoísmo, y no tendremos el ‘shalom’. Solamente si hacemos sonreír a Dios con nuestra vida, viviremos en un mundo de paz. Al finalizar esta reflexión sobre esta famosa, muy famosa, bendición del libro de los Números quiero repetir en hebreo, sobre todos ustedes (no voy a extender las manos, como hacen los ‘cohanim’, por respeto), pero esta bendición es para todos:

בָרֶכְךָ יְהוָה, וְיִשְׁמְרֶךָ.

יָאֵר יְהוָה פָּנָיו אֵלֶיךָ, וִיחֻנֶּךָּ.

יִשָּׂא יְהוָה פָּנָיו אֵלֶיךָ, וְיָשֵׂם לְךָ שָׁלוֹם.

 

Les deseo a todos un buen año.

MARÍA MADRE DE DIOS 

Lucas 2,16-21

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Feliz Año Nuevo a todos.

Los hombres siempre han buscado una respuesta a sus preguntas sobre los misterios del universo y han intentado dar una identidad, un rostro, al único ser que puede dar sentido a todo lo que existe. Observando la creación, han descubierto algo del misterio de Dios, porque la creación habla de él; sólo hay que saber escuchar. Como toda obra de arte nos dice algo sobre su autor, así, asombrados por la extraordinaria grandeza y belleza del universo, los hombres han captado algún rasgo de la belleza del poder del Creador. La creación sólo puede decirnos esto de Dios; no puede hablarnos de su corazón, de su libertad o de la inmensidad de su amor, porque la naturaleza no tiene corazón; es más, hace el mal, no por maldad, sino porque sigue sus leyes.

Hay, sin embargo, una criatura que puede revelar algo del corazón de Dios; es el hombre, el único entre los seres que conocemos que cultiva también pensamientos y sentimientos de amor. Sin embargo, el hombre no sólo está hecho de amor, sino también de odio; está hecho de bondad, miseria y violencia; sólo cuando ama revela algo de Dios, que es amor, sólo amor infinito. El amor es el oro del que está hecho Dios; oro puro, no hay más rastro que el amor en Dios.

Hay otro paso que la humanidad ha dado en esta búsqueda de Dios. En Israel, Dios se reveló también a través de los profetas. Así, progresivamente, fue surgiendo una imagen más transparente y precisa del rostro del único Dios verdadero. Israel llegó a descubrir su amor y lo presentó a la humanidad con imágenes de Dios que ama como esposo, padre y madre. Pero también Israel, recordémoslo, salió lentamente de las tinieblas del paganismo politeísta. No es de extrañar, pues, que durante mucho tiempo siguiera creyendo, como todos los demás pueblos, que Dios también ordenaba guerras para vengarse de los enemigos, ordenaba matar.

Así, la creación nos dice algo sobre Dios; la bondad del hombre puede decirnos algo sobre la bondad de Dios. Algo más hemos llegado a saber de Él a través de los profetas, pero todo esto no nos basta. Los hombres siempre han anhelado ver el rostro de Dios. El descubrimiento del nombre y del rostro son indispensables para establecer una relación de amor entre dos personas. Mientras uno no vea al otro cara a cara, el amor no puede florecer.

Los profetas elevan a Dios una súplica sincera y la encontramos en los Salmos. Salmo 27: “Busco tu rostro, Señor; no escondas tu rostro”. Salmo 42: “Cuándo veré el rostro de Dios”. Salmo 31: “Haz resplandecer tu rostro sobre tu siervo, Señor”. En el Salmo 24, Israel se presenta como “la generación que busca tu rostro, oh Dios”.

Este es el motivo de nuestra alegría en Navidad. En Jesús de Nazaret, Dios vino a mostrarnos lo hermoso que es su rostro. No creemos en otro Dios que el Dios que vemos brillar de amor en Jesús de Nazaret. Y este Dios comenzó a revelarse en un niño; no se presentó como un adulto; quiso que lo contempláramos como un niño porque ciertos rasgos de la identidad de Dios sólo pueden captarse considerando a un niño. Un niño necesita afecto; llora si no se le acaricia y se le besa. Este es nuestro Dios: Tómalo o déjalo. Si prefieres al Dios fuerte que vence a los enemigos, ése es otro Dios, no el que contemplamos en Belén. Un niño es sólo ternura y amor; no hay amenaza de violencia en el rostro de un niño. Ese es nuestro Dios. Nuestro Dios comienza a revelarse así, en un niño.

Naturalmente, no nos lo cuenta todo de niño, pero cuando crezca, nunca negará lo que reveló de niño. Escuchemos ahora quienes contemplaron por primera vez ese rostro y cómo experimentaron una inmensa alegría:

“En cuanto los ángeles se alejaron de ellos hacia el cielo, los pastores se dijeron unos a otros: Vayamos, pues, hasta Belén; veamos este acontecimiento que el Señor nos ha dado a conocer. Fueron sin demora y encontraron a María y José y al niño acostado en el pesebre”.

Es hermoso que los pastores, consultándose entre sí, se dijeran lo que habían oído del ángel, el anuncio más inesperado: ‘Para ustedes, que son los parias de la institución religiosa, que los mantiene impuros, pecadores, inmundos, que les dicen que si entran en el templo, lo profanan’ y que, por tanto, esperaban ser incinerados por el encuentro con el Señor. En cambio, escuchan del ángel que el Salvador ha nacido precisamente para ellos. Los pastores parecen incrédulos; se preguntan: ‘¿Pero cómo puede Dios amarnos? Siempre nos han dicho que nos rechaza y que no quiere saber nada de nosotros. ¿Hemos entendido bien? Esto es demasiado bueno para ser verdad’.

Aún hoy, algunos experimentan esta emoción que experimentaron los pastores al sorprenderse por el descubrimiento del verdadero Dios. Sucede, por ejemplo, cuando en la homilía se oye hablar del amor incondicional de Dios por los pecadores; se oye decir que Dios nunca castigará a sus hijos, ni siquiera a los que han hecho todo mal en la vida. Quien oye estas cosas se pregunta: ¿he entendido bien? ¿No es herético el sacerdote que habla así de Dios? Incluso a los pastores les debió parecer imposible que Dios se hubiera enamorado de ellos. Este es nuestro Dios. Por eso los pastores se animaron unos a otros y decidieron ponerse en camino hacia Belén para verificarlo, para comprender mejor esta sorprendente novedad del Dios de amor que les había sido anunciada; se pusieron en camino de prisa.

Notemos que su viaje no se reduce a un desplazamiento material de un lugar a otro; no, este viaje es la imagen de su viaje espiritual. Se alejan de la imagen de Dios que les había inculcado la catequesis de los fariseos, que les había enseñado que Dios es legislador y juez estricto y que es amigo de los buenos y verdugo de los malos. Ahora, caminan hacia el verdadero Dios que contemplarán al llegar a Belén.

También nosotros estamos llamados a hacer un viaje espiritual, especialmente los cristianos de hoy, que seguimos anclados en imágenes arcaicas de Dios, inventadas por personas que han proyectado en él sus miserias y deseos de venganza y lo han convertido en un verdugo. Éste no es el Dios de Belén. Cuando los pastores llegan a la cueva, se dan cuenta de que lo que les habían dicho es cierto. Encuentran a María, al niño y a José, de quien el ángel no había hablado en su anuncio.

José, como siempre, permanece en silencio. José en los Evangelios nunca dice una palabra; es el guardián del niño que vino al mundo para revelar la belleza de Dios. ¿Qué nos enseña el silencio de José? José, ante los pastores, se enfrenta a esta nueva revelación de Dios; es diferente de lo que había aprendido en la catequesis. Por eso guarda silencio; está en contemplación. El silencio, la reflexión y la sinceridad de corazón son necesarios para interiorizar la manifestación del verdadero rostro de Dios.

Y ven al niño en el pesebre; no ven nada extraordinario. Habríamos esperado algo más, cantos celestiales y vuelos de ángeles, pero nada maravilloso sucede. Todo es sencillo y muy ordinario. Si hubiera ocurrido algún prodigio ante aquel pesebre, mal habríamos empezado porque Jesús, el Hijo de Dios, vino a mostrarnos que es uno de nosotros. Es nuestro Dios. No es el Dios omnipotente que podríamos haber imaginado sino que lo necesita todo. Si te gusta el Dios que siempre está dispuesto a demostrar su poder haciendo milagros, debes buscar a este dios entre los ídolos paganos; éste no es el Dios que se revela en Jesús de Nazaret. En Belén, no ves al Dios rico, poderoso y fuerte; ves al Dios pobre y débil; no infunde miedo, ni amenaza a nadie, ni se venga de sus enemigos. Si buscas al dios susceptible que se enfada con los que se atreven a transgredir sus mandatos, estás buscando un ídolo; es el dios pagano el que hace estas cosas, no el Dios que empieza a revelarse en el niño de Belén.

Escuchemos ahora lo que hacen los pastores cuando llegan a la cueva:

“Al verlo, les contaron lo que les habían dicho del niño. Y todos los que lo oyeron se asombraban de lo que contaban los pastores”.

Los cuadros de arte suelen representar a los pastores arrodillados ante el pesebre, pero el Evangelio no dice que se postraran en adoración, como hicieron los Magos. En cambio, observaban absortos, contemplando la palabra de amor revelada en aquel niño.

Su primera preocupación no fue: ‘¿Y ahora qué hacemos?’ Eran muy conscientes de que habían llevado una vida poco ejemplar, eran ladrones y notoriamente violentos, y sin embargo no pensaron inmediatamente en hacer penitencia por sus pecados. Se quedaron contemplando la sorpresa del amor incondicional y gratuito de Dios por personas como ellos. Más tarde, pensarán en cómo cambiar sus vidas. Ahora, se detienen para alegrarse de lo que han oído y visto del Dios verdadero. Sólo después de sentirse amados podrán escuchar la propuesta de vida nueva que el Dios verdadero les hace.

Alégrate tú también, aunque te hayas equivocado en la vida. Detente y alégrate si un ángel te ha anunciado este amor incondicional de Dios. Si tu corazón es puro, puede que oigas una voz en tu interior que te diga: ‘Es verdad; Dios es así; no puede ser de otra manera’. Esa voz es la voz del Espíritu.

Entonces, los pastores cuentan su revelación, y el Evangelio dice que todos los presentes quedaron atónitos y perplejos ante este mensaje de los pastores. Todos, incluidos María y José, quedaron estupefactos. Esto nos deja un poco perplejos. Sin embargo, es así porque María y José eran una pareja observante de las prácticas religiosas de su pueblo. Habían asimilado desde niños la catequesis tradicional que se ofrecía a todos. María y José eran personas puras, no como los pastores. Todos los años iban a Jerusalén para la Pascua. No podían dejar de asombrarse de lo que les contaban los pastores; se asombraban porque si es verdad lo que les decían los pastores, a saber, que Dios no exige nada a los impuros, sino que los ama, se derrumba toda la catequesis que María y José escuchaban también de los guías espirituales de su pueblo.

María y José también se asombrarán cuando Simeón, tomando al niño en brazos, proclame que él es la luz que iluminará a todos los pueblos, la gloria de Israel. El padre y la madre de Jesús se asombraron de las cosas que se decían de él y, más tarde, Jesús permaneció en el templo sin que ellos lo supieran al verlo. Se sorprenderán, y Jesús les dijo: “¿No sabían que debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?”. Y de nuevo señala el evangelista: “No entendían sus palabras”.

María y José emprendieron un viaje espiritual al que todos estamos llamados. Partían de una determinada imagen de Dios que les había sido inculcada. Cuando escucharon la nueva revelación del rostro de Dios, estuvieron dispuestos a contemplarla y acogerla porque eran personas de corazón puro. Si nosotros tampoco nos asombramos, es que no hemos comprendido esta palabra del amor de Dios. Sólo el Evangelio presenta a un Dios así, un Dios que sorprende a todos.

Estamos bien hechos; estamos hechos para aceptar esta verdad. La humanidad siempre ha anhelado escuchar este mensaje de amor gratuito. El niño de Belén es la respuesta a nuestro anhelo más profundo de encontrarnos con un Dios que nos ama así. Escuchemos ahora la reacción de María:

“María conservaba y meditaba todo en su corazón. Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto; tal como se lo habían anunciado”.

Todos quedaron asombrados, incluida María, pero ella no se cerró a la revelación del nuevo rostro de Dios; trató de comprenderlo; tenía un corazón puro, abierto a la novedad que el Señor le revelaba. ¿Qué hizo? Lucas nos lo cuenta con una expresión griega llena de significado. Intento parafrasearla: María guardaba en su corazón todos los hechos que la envolvían y todas las palabras que oía y las ponía juntas, en orden, en su corazón: “συμβάλλουσα ἐν τῇ καρδίᾳ αὐτῆς – dumbalousa en te kardía autés”. Es como si estuviera componiendo en su corazón un cuadro o juntando las teselas para componer un mosaico; estaba juntándolo todo, tratando de captar el hilo conductor del proyecto de Dios que se estaba realizando.

También nos ocurre vernos envueltos en acontecimientos, en circunstancias de las que no comprendemos inmediatamente el sentido que pueden tener, y entonces podemos vivir distraídos, interesados en otra cosa, o en cada acontecimiento podemos intentar captar cuál puede ser el plan en el que el Señor quiere que participemos. María observaba cada acontecimiento, lo meditaba, reflexionaba sobre él, y no se dejaba influir por sus convicciones o tradiciones. Su corazón estaba abierto a la luz de Dios.

En su reflexión, que yo llamaría oración, siempre se mostró disponible para aceptar la voluntad del Señor. Lucas la presenta correctamente como la primera creyente. De hecho, la primera bienaventuranza que se encuentra en los Evangelios es para ella: “Dichosa tú que has creído”, le dice Isabel. María es nuestra hermana que, como nosotros, ha realizado un camino de fe no distinto del nuestro. Por eso la sentimos cerca de nosotros.

Y los pastores volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían visto y oído. Los pastores vuelven a donde estaban antes, pero no son los mismos; han cambiado. En primer lugar, se consideran los marginados, rechazados y ahora se sienten amados y acogidos por Dios tal como son, y su alegría se manifiesta en el canto. Hemos oído que, cuando los ángeles partieron hacia el cielo, cantaron “Gloria al Señor”, Ahora los pastores se van cantando el mismo himno de acción de gracias a Dios. Es un canto de amor, porque los pastores han comprendido que el Dios que han encontrado es amoroso. Escuchemos ahora el relato del rito por el que Jesús es presentado a su pueblo:

“Al octavo día, al tiempo de circuncidarlo, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de que fuera concebido”.

Si vamos por la calle y necesitamos información, acudimos a la primera persona que encontramos. Aun así, no nos presentamos por su nombre ni le preguntamos cómo se llama, porque el nuestro es un encuentro fugaz, momentáneo, superficial. Sin embargo, cuando queremos establecer una relación de amor, cuando nos interesa una persona, lo primero que queremos saber es su nombre: ‘¿Cómo te llamas? ¿Cuándo podemos volver a vernos?’ La última parte del pasaje evangélico de hoy nos habla de la circuncisión de Jesús, pero la atención no se centra en el rito de la circuncisión, sino precisamente en el nombre que se dio al niño en aquella ocasión.

Para los pueblos del Antiguo Oriente Próximo, el nombre no era sólo un medio para indicar a las personas, distinguir las distintas especies animales e identificar los objetos. El nombre era mucho más; expresaba la naturaleza misma de las cosas y formaba una unidad con la persona que lo llevaba. Por tanto, conocer el nombre era conocer su propia identidad. Teniendo en cuenta este contexto cultural, podemos comprender la importancia que Lucas da al nombre dado a aquel niño. Nombre que no fue elegido por José, sino que fue indicado por el ángel; ese nombre viene del cielo; es el nombre con el que Dios demuestra la identidad de ese niño al hijo de María.

Se llamará Jesús, Yeshua en hebreo (ישע). Significa el que salva. Esa es la identidad de Dios, el que libra del pecado, como explica Mateo. Yeshua viene de la raíz hebrea ‘Yasha’, que aparece 354 veces en el Antiguo Testamento, y el sujeto es prácticamente siempre Dios o su mediador de salvación. Se hace referencia a Jesús como el que vino a salvarnos, no a llevarnos al cielo; eso lo hace sin duda, pero quiere salvarnos aquí y ahora de lo que nos deshumaniza. Eso es el pecado; nos salva del apego al dinero, de la voluntad de imponernos, de dominar a los demás, de la corrupción moral, de la violencia que nos lleva a las guerras y de la mentira; quiere salvarnos de todos estos comportamientos que nos deshumanizan, que nos hacen irreconocibles como personas.

Es interesante fijarse quiénes son en los Evangelios los que llaman a Jesús por su nombre. En el Evangelio de Lucas no son los santos, los justos, los perfectos, sino los que han experimentado lo que los deshumaniza y piden a Jesús que sea su Salvador; son los que están a merced de las fuerzas del mal, los poseídos… “¿Qué tienes que ver son nosotros, Jesús Nazareno? Has venido a arruinarnos”. En efecto. Los demonios no son los diablillos con cuernos; son esos impulsos que proceden de nuestra naturaleza biológica, el mundo y la carne, como la llama Pablo. Si los seguimos, nos deshumanizan. Son los que nos impulsan a la violencia, a la dominación, a la acumulación de bienes.

Estos son los demonios de los que nos salva la palabra de Jesús. Jesús nos salva con su Evangelio. Los leprosos también se dirigen a Jesús: “Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros”. Los leprosos están vivos pero irreconocibles como personas; han perdido su semblanza humana. Esta es la imagen de lo que hace el pecado: te deshumaniza y te hace irreconocible como persona. El ciego de Jericó se dirige a Jesús: “Jesús, hijo de David”. Es alguien que no puede ver, por eso, no sabe cómo moverse por la vida; busca la salvación. Por eso le llama por su nombre, Jesús. Luego, el último que le llama por su nombre es el criminal que muere junto a él en la cruz: “Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu reino”.

Los Evangelios repiten este nombre al menos 566 veces para recordarnos que deben ser borradas las imágenes de Dios incompatibles con este nombre –que significa salvación y sólo salvación–.

Les deseo a todos un Feliz Año Nuevo en la alegría del Señor.

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