NAVIDAD – MISA DEL DÍA

Juan 1:1-18

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Feliz Navidad a todos.

En la celebración eucarística del Día de Navidad, cuando vemos al celebrante acercarse al púlpito para proclamar el pasaje del Evangelio, interiormente estamos dispuestos a escuchar la historia del nacimiento de Jesús en Belén, la aparición del Ángel a los pastores para anunciar la paz en la tierra a los que Dios ama. Pero este pasaje del Evangelio lo escuchan los que asisten a la misa de medianoche. En el día de Navidad, el pasaje que nos propone la liturgia no es no es el relato del nacimiento de Jesús, sino el comienzo del Evangelio según Juan, el famoso prólogo. Una página no simple pero tan sublime que le dio a Juan el título de Águila entre los Evangelistas.

Nosotros trataremos de disfrutar de esta página porque nos anuncia el mensaje extraordinario, inaudito, que el hijo de María trajo al mundo. ¿Qué mensaje? ¿Que si nos portamos bien Dios nos ama? Este no es un mensaje nuevo. Todas las religiones siempre lo han enseñado. Si el hijo de María vino a decirnos esto, no nos habría dicho nada nuevo. Vino a decirnos que estábamos incluidos en una relación de amor indisoluble e incondicional con el Dios inmortal. Indisoluble e incondicional porque ninguna infidelidad nuestra, ningún pecado, por grande que sea, puede romper este amor. Esto ninguna religión lo ha enseñado jamás.

Esta es la gran noticia de la Navidad y en el prólogo de su Evangelio Juan nos cuenta la historia de este increíble entrelazamiento de amor entre Dios y la humanidad. Escuchemos cómo empieza:

“Al principio existía la Palabra (el Verbo) y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios. Ella existía al principio junto a Dios. Todo existió por medio de ella, y sin ella nada existió de cuanto existe. En ella estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres; la luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron”.

El prólogo comienza con un extraño título atribuido a Jesús; lo llama ‘Verbo’. Nosotros estamos acostumbrados a llamarlo: Jesucristo, Rey, Señor, Hijo de Dios, Salvador. Aquí, en cambio, se le llama ‘Verbo’. Sólo el evangelista Juan lo llama así. Encontramos este título en su Evangelio y luego lo retoma en su primera carta y también se repite una vez en el Apocalipsis. ¿Por qué Juan lo llama así? ‘Verbo’ es una palabra que viene del latín: ‘verbum’, que significa ‘palabra’, y es la traducción de la palabra griega ‘logos’ empleado por el evangelista.

¿Por qué Jesús es llamado Palabra? Sabemos qué es y para qué sirve la palabra. Es el medio por el que nos comunicamos con los demás. Cuando dirigimos la palabra a alguien significa que queremos comunicarnos con él, que tenemos algo que decirle. Cuando una persona que amamos nos llama nos emocionamos e inmediatamente nos preguntamos qué querrá decirme. Nos dice el evangelista Juan que, en Navidad, el que nos dirige la palabra no es un amigo cualquiera, sino Dios mismo, el Eterno, el Inmortal que tiene algo muy importante y muy hermoso que decirnos. Este es el motivo de nuestra gran alegría el día de Navidad.

Dios siempre ha hablado a la humanidad, ante todo con la creación. El Salmo 19 comienza diciendo: “Los cielos proclaman la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos”. Pero esta palabra de la creación no la reciben todos; algunos se limitan a emplear la creación, pero no escuchan lo que lo que les dice el Creador. El contemplativo capta este mensaje, sabe escuchar la palabra de la creación; queda encantado por la armonía del firmamento, por esos espacios misteriosos e infinitos que van más allá de lo que ven los ojos; y sabe escuchar el mensaje de amor que Dios le envía a través de la creación. La ve como algo maravilloso y la capta como un regalo que nos habla de la grandeza, de la belleza de Dios.

El contemplativo contempla las estrellas, pero no sólo como cuerpos celestes regidos por una estupenda armonía, los percibe como el signo del cuidado infinito de Dios por la humanidad. Los antiguos eran quizás más humanos que nosotros cuando sabían escuchar el canto de las estrellas, el diálogo de los astros, sus danzas, para alabar y agradecer a su Creador.

Luego, Dios habló a los hombres a través de los profetas, aquellas personas sensibles,capaces de sintonizar con los pensamientos de Dios que luego comunicaban a sus hermanos y hermanas. Ahora, en el hijo de María, esta revelación de Dios llega en plenitud porque ese niño, hijo de María –se nos dirá en breve en el prólogo–, es nuestro Dios que vino a hacerse uno de nosotros. Ese niño que aún no puede decir una palabra, en su fragilidad, nos habla de Dios; en su rostro brilla la belleza de Dios.

No es difícil creer en Dios; es muy razonable pensar que hay un Creador del universo porque el mundo no tiene en sí mismo la razón de su existencia. Dice muy sabiamente Parménides, el presocrático, que ‘del no ser no puede venir el ser’. Y esta creación no tiene en sí misma la razón de su existencia, debe existir un Ser que lo haya querido. Pero creer que Dios se hizo uno de nosotros, para encontrarse con nosotros, para ser tocado, besado, acariciado por nosotros, para mostrarnos su rostro, para decirnos lo mucho que nos ama, para revelarnos nuestro destino… Creer en esta verdad, en este el amor infinito, es realmente difícil y sólo los cristianos creen en un Dios que nos ha amado tanto.

También, si pensamos que Dios es amor, que quiere mostrarnos lo mucho que nos ama, es razonable creer que puede ir hasta el punto de hacerse uno de nosotros; por eso no creemos en otro Dios sino en el Dios que vemos brillar en ese niño. Es por eso por lo que se le llama ‘Verbo’ – ‘Palabra’ porque toda su persona nos habla, nos muestra la belleza de Dios.Nosotros no solo comunicamos a través de palabras, es toda nuestra persona que habla: nuestro comportamiento, nuestro aspecto, la forma de vestir, también hablamos con tatuajes, con piercings, con los que queremos llamar la atención sobre nosotros mismos. También comunicamos con el silencio; si sin rencor no saludo a una persona, mi silencio dice mucho más que las palabras.

Todo en ese niño ya empieza a hablarnos; y no nos dice todo en el momento de su nacimiento, crecerá y nos revelará no sólo con palabras sino con toda su persona quién es Dios, ese Dios al que llamará ‘Padre’. Luego Juan sigue diciendo: “En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres; la luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no lo comprendieron”. No pudieron sofocar esta luz. Ese niño vino a disolver las tinieblas de la humanidad, y estas tinieblas no se resignaron a disolverse pacíficamente, lucharon contra esta luz que había venido del cielo. No consiguieron asfixiarla. Juan recuerda claramente lo que pasó con esta luz porque la encontró, la vio, y recuerda que intentaron extinguirla sin conseguirlo.

En la historia de la comunidad de discípulos esta lucha continuó, pero la luz que llegó del cielo en el Hijo de María, nadie podrá extinguirla. ¿Qué clase de tinieblas ha disuelto esta luz? En primer lugar, las tinieblas que nublaban el rostro de Dios. ¿Cómo se lo imaginaban a Dios? Todas las religiones predicaban que era un Señor que daba órdenes, exigía ser obedecido y servido y otorgaba sus bendiciones y favores a los que le ofrecían sacrificios, holocaustos, incienso, y mandaba enfermedades y desgracias a los que no se le sometían y osaban transgredir sus mandatos. Todos los pueblos se sentían elegidos por su dios, que incluso los incitaban a hacer guerras a otros pueblos. Todo esto era oscuridad sobre Dios. Un dios así sólo infunde miedo, no amor; era un ídolo inventado por los hombres. Recordemos cómo los propios israelitas, en el Sinaí, al ver el rayo, la montaña temblando por el terremoto,oyendo el trueno dijeron a Moisés: ‘Habla tú con nosotros, no Dios porque tenemos miedo, podríamos morir’.

Dios ha querido disolver esta oscuridad; quería decirnos que Él no es así, y decidió venir a hacerse ver. Y esto no podía hacerlo sino haciéndose uno de nosotros. Existía también otra oscuridad que tuvo que disolver esta luz; la que impedía reconocer el verdadero rostro del hombre, de captar su dignidad como hijo e hija de Dios. Cuando hay oscuridad en la mente, la oscuridad del egoísmo, del deseo de dominar, se puede confundir a una persona con las cosas, incluso con las bestias. La persona puede ser valorada como un par de sandalias, como dice el profeta Amós, o menos que una oveja, como dijo Jesús. Ese niño es la Palabra que con su luz disuelve incluso esta oscuridad, y nos dice cuánto vale un hombre para Dios.

Y, ahora el evangelista se interrumpe y presenta en el Prólogo a un personaje: el Bautista; escuchemos cómo lo presenta:

“Apareció un hombre enviado por Dios, llamado Juan, que vino como testigo, para dar testimonio de la luz, de modo que todos creyeran por medio de él. Él no era la luz, sino un testigo de la luz”.

Un día Jesús dirá a sus discípulos: “Ustedes son la luz del mundo”. ‘Lo serán no brillando con su luz, sino convirtiéndose en transparencia de mi luz; no tendrán que luchar contra las tinieblas, bastará que estén envueltos en mi luz como en un espléndido manto. Y entonces en ustedes todos podrán verme, podrán ver la luz del Hijo de Dios que ha venido en este mundo’.

El Bautista se encontró con esta luz y se dejó envolver por esta luz, iluminado hasta tal punto que su rostro se convirtió en tan brillante que algunos llegaron a pensar que fuera él la luz. Esta es la razón por la que el evangelista Juan se empeña en señalar que él no era la luz. Y también el propio Bautista había aclarado inmediatamente el malentendido, diciendo: ‘Yo no soy el Mesías’. El Bautista se presentó siempre como testigo de la luz.

Sólo hay una forma de ser testigo convincente; se puede tratar de demostrar que la luz de Dios ha entrado en nuestro mundo hablando de Jesús que es la luz, pero las palabras no son suficientes para convencer de que la luz del cielo ha llegado a nuestro mundo. Es necesario dar testimonio haciendo resplandecer esta luz en la propia persona a través de la propia vida.

Después de esta inserción sobre el Bautista, el prólogo continúa hablando de la luz verdadera. Y cuando esto sucede, nadie puede negar que la luz de Dios ha llegado a nosotros.Después de esta inserción sobre el Bautista, el prólogo continúa hablando de la luz verdadera. Escuchemos:

“La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo. En el mundo estaba, el mundo existió por ella, y el mundo no la reconoció. Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a los que la recibieron, a los que creen en ella, los hizo capaces de ser hijos de Dios: ellos no han nacido de la sangre ni del deseo de la carne, ni del deseo del hombre, sino que fueron engendrados por Dios”.

Las palabras de los hombres pueden ser luz, pero también oscuridad, verdad o falsedad, y pueden construir amor o generar odio, ser fuente de vida o causa de muerte. Ese niño, Jesús de Nazaret, es una Palabra que sólo dice la verdad; nos dice la verdad sobre Dios porque es Dios mismo quien se hizo visible en él y, por lo tanto, todas las demás palabras que no corresponden al Dios que vemos en Jesús de Nazaret, son mentiras y deben ser borradas.

También nos dice la verdad sobre el hombre. ¿Quién es el verdadero hombre? Para ser verdaderos hombres ¿basta con ser razonables, autoconscientes? No. Si construimos bombas, si odiamos, no somos hombres de verdad, seguimos siendo fieras. Jesús de Nazaret nos dice toda la verdad sobre el hombre; un verdadero hombre es el que ama y llega a amar incluso a los que le hacen daño, incluso al enemigo que le quita su vida. Ningún hombre ha sido tan verdadero como Jesús de Nazaret, porque nadie ha sido capaz de amar tanto como él. Uno se convierte en un verdadero hombre sólo si se asemeja a él.

A continuación, el prólogo dice que el mundo fue hecho sabiamente, fue hecho bien para aceptar esta luz sobre Dios y sobre el hombre. Y esta Sabiduría con la que se hizo la creación, nosotros podemos captarla con sólo escuchar la verdad que todas las criaturas nos dicen; todas las criaturas han sido hechas con sabiduría. Existe un diseño de Dios sobre estas criaturas y este plan de Dios debe ser respetado, no desfigurado. Las criaturas deben ser utilizadas según el plan del Creador que podemos comprender.

Y el mundo –continúa diciendo el prólogo–, sin embargo, no ha recibido esta luz. ¿Qué es este mundo? En el Evangelio según Juan el término ‘mundo’ tiene tres significados; puede significar el mundo, la creación, lo creado, como nosotros lo entendemos; o puede significar toda la humanidad: el Hijo de Dios vino a salvar al mundo, salvar a toda la humanidad. En nuestro caso, ‘mundo’ significa esa parte de la humanidad que prefirió la oscuridad a la luz, la mentira a la verdad.

Y esto no es una declaración polémica contra los que no aceptan a Cristo, es una advertencia para todos, incluso para los cristianos a tener cuidado de no dejarse seducir por las luces engañosas, de estrellas que sólo son destellos efímeros que crean ilusión, pero luego son estrellas fugaces. Y a este peligro sucumben incluso los que se han hecho cristianos.Ahora viene el versículo más importante de este pasaje; de hecho, justo en medio del prólogo: A los que han recibido esta luz, esta Palabra, se les ha dado el poder de convertirse en hijos de Dios. Aceptar esta palabra no significa adherirse a una doctrina, sino acoger lo que nos dice ese hombre, que es Jesús de Nazaret. Significa acoger su propuesta de Dios y su propuesta de hombre.

Quien acepta esta palabra recibe, como regalo de Dios, su propia vida, que no viene de la tierra como la biológica; no viene, como dice el prólogo, de la sangre, de la voluntad de la carne, de la voluntad del hombre, sino que viene de Dios. Esta es la gran noticia de la Navidad: en nuestro mundo ha entrado la semilla de la vida divina que se da a toda persona.Sin este don estaríamos destinados a la muerte, como todas las criaturas animadas que conocemos, como los animales, los árboles; todas estas criaturas están destinadas a morir; e, incluso, en nuestra vida biológica tenemos este destino. Somos parte de esta vida que viene de la tierra. Si la vida del Eterno no hubiese arribado, esto sería nuestro destino.

Como decía el Qohelet, en el capítulo tres, que iba a tientas todavía en la oscuridadporque no había contemplado la luz de la Navidad, que llegó a esta conclusión: ‘el destino de los hombres y el de las bestias es el mismo; como unos mueren, también los otros mueren; existe un solo aliento vital para todos. El hombre no tiene ninguna ventaja sobre las bestias porque todo es vanidad; todo se dirige hacia el mismo lugar; todo ha venido del polvo y todo vuelve al polvo’.

El hijo de María vino a decirnos que el Padre celestial nos ha dado su propia vida, la vida del Inmortal, que no está tocada por la muerte biológica. Y ahora, el prólogo nos cuenta cómo nos llegó esta Palabra. Escuchemos:

“La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y verdad”.

Hemos oído el relato del acontecimiento central de toda la historia de la humanidad: ‘El Verbo, la Palabra, el Hijo de Dios, se hizo carne y vino a poner su tienda junto a nosotros’. Prestemos atención: cuando en la Biblia se dice ‘carne’, no quiere decir músculos sino toda la persona. Se dice que ‘el hombre es carne’ cuando se quiere enfatizar que es una criatura débil, frágil y, sobre todo, mortal. No es inmortal como Dios; es débil, frágil. El Salmo 78, que narra todas las infidelidades del pueblo de Israel, luego concluye diciendo que ‘Dios tuvo compasión de este pueblo porque son de carne, son frágiles’.

La Palabra, el Verbo, asumió esta nuestra condición humana; se hizo carne. No es que tomara la apariencia de hombre como si se hubiera revestido de un hábito, no; se hizo hombre en todo como nosotros, incluyendo la mortalidad. Si no hubiera muerto en la cruz, Jesús habría murió de viejo, con todos los achaques que acompañan a este momento de la vida. El amor de Dios ha llegado hasta allí, a convertirse en mortal. Esta es la verdad más difícil de aceptar: El Eterno que se hace mortal; el Invisible se hace visible, el Omnipotente se hace frágil y necesita las caricias de una madre de catorce años.

Es difícil creer en un Dios que se hace niño y viene a montar su tienda junto a nosotros. Pero si es amor infinito, puede llegar hasta allí. Los otros dioses, los que nosotros hemos inventado, no pueden llegar tan lejos porque sólo se parecen a nuestra medida en el amor; sólo el amor infinito de Dios puede salvar esta distancia. No sólo se ha hecho uno de nosotros, sino que descendió a lo que los hombres consideran el escalón más bajo, que es el de el que sirve, el escalón del esclavo; hasta allí ha llegado nuestro Dios. Ha mostrado la identidad de Dios como siervo que desciende a lavar los pies del hombre. Este es nuestro Dios. Puedes aceptarlo o dejarlo. Y descendió aún más bajo: murió en la cruz, la muerte reservada a los criminales, a la escoria de la sociedad; más abajo no podía ir, pero el amor infinito puede ir allí.

En este niño hemos contemplado –dice el prólogo– la gloria del Hijo Unigénito que viene del Padre, lleno de gracia y verdad. Quiere decir que en él podemos contemplar la verdadera identidad de Dios; todas las demás palabras sobre Dios son mentiras. En él contemplamos la gloria, o sea, la belleza de Dios que es amor y sólo amor. Y, en este punto, vuelve el prólogo a hablarnos del Bautista. Escuchemos:

“Juan grita dando testimonio de él: Éste es aquél del que yo decía: El que viene detrás de mí, es más importante que yo, porque existía antes que yo. De su plenitud hemos recibido todos: gracia tras gracia. Porque la ley se promulgó por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad se realizaron por Jesús el Mesías. Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, Dios, que estaba al lado del Padre, Él nos lo dio a conocer”.

A Dios nadie lo ha visto. No lo vio Abrahán, no lo ha visto Moisés, no lo vieron los profetas, porque nuestros ojos materiales no pueden ver lo invisible. Pero los que han tenido la suerte y la alegría de conocer a Jesús de Nazaret, de caminar junto a él por los caminos de Palestina, sí han visto en él el rostro de Dios. Juan, hijo de Zebedeo, uno de los Doce que pasó tres años con Jesús, experimentó esta inolvidable alegría y al final del primer siglo, en su primera carta, inmediatamente al principio recuerda con emoción la maravillosa experiencia que tuvo y la cuenta porque quiere hacer partícipes a los miembros de todas sus comunidades que atraviesan una época difícil, una época de persecución; son los cristianos de la tercera generación que no han tenido esta suerte de encontrar, de ver, de tocar a Jesús de Nazaret.

Vamos a gustar juntos lo que Juan de Zebedeo nos cuenta su experiencia, porque la cuenta no sólo para los cristianos de sus comunidades sino para nosotros hoy. Escuchamos lo que nos dice:

“Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y han palpado nuestras manos, es lo que les anunciamos: la palabra de vida. La vida se manifestó: la vimos, damos testimonio y les anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó. Lo que vimos y oímos se lo anunciamos también a ustedes para que la alegría de ustedes sea completa”.

Les deseo a todos una Feliz Navidad.

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