UNDÉCIMO DOMINGO EN TIEMPO ORDINARIO – AÑO A
Mateo 9,36–10,8
Un buen domingo para todos.
Existe un deseo generalizado que es sentido por todos y es la expectativa de que en nuestro mundo surja algo realmente nuevo. Acabar con las guerras que nos desangran. Desterrar la injusticia y la violencia y hacer desaparecer los insultos, las amenazas y las represalias que predominan en el lenguaje que nos rodea. Esperamos que todo lo que es caótico dé paso a un mundo ordenado donde reinen la paz, la justicia y el respeto por la dignidad de cada persona.
Sin embargo, es curioso que este cambio que todos anhelamos lo busquemos en la política, la economía, la ciencia o la tecnología. ¡E incluso en las mismas armas! Como si, desde allí, pudiera construirse esta nueva realidad que todos esperamos… ¿Cuántos cristianos creen realmente que la única fuerza que puede hacer surgir esta nueva realidad es la proclamación del Evangelio? Mientras que el mundo no acepte la lógica del Evangelio, todos los intentos de construir una nueva realidad fracasarán.
El evangelista Mateo sitúa al comienzo de su evangelio el Sermón de la Montaña. Le dedica tres capítulos y luego dos a narrar el estado en que se encuentra ‘la humanidad’ cuando baja de la montaña: es una humanidad enferma. Está enferma desde el punto de vista físico –porque se encuentra con leprosos, paralíticos, ciegos– y enferma desde el punto de vista espiritual –porque es pecadora; está poseída por muchos demonios. Es nuestra misma humanidad la que Jesús encuentra al bajar de la montaña. Y en estos dos capítulos Mateo narra lo que le ocurre a esta humanidad cuando Jesús llega, cuando llega su Palabra, su Evangelio. Suceden curaciones y prodigios… Y narra diez de ellos, uno tras otro.
¿Qué nos quiere decir este evangelista? Quiere decirnos que, allí donde Jesús viene con su Palabra sanadora, todo cambia. Su Palabra hace desaparecer del mundo todo lo que es inhumano. La primera persona que encuentra es un leproso –y sabemos que los leprosos eran considerados la encarnación misma del pecado porque el pecado distorsiona, lastima, el rostro de los hijos de Dios. Los violentos, los deshonestos, los disolutos, los corruptos son personas que nos resultan desagradables (como sucedía con los leprosos de la época de Jesús), personas de las que todos intentamos alejarnos… El pecado nos asemeja a los leprosos: nos desfigura rostro, hace irreconocible nuestro rostro humano. ¿Qué hace el Evangelio cuando entra en nuestras vidas? Nos cura de esta condición, nos da un nuevo rostro, hermoso como el Jesús.
Luego, bajando de la montaña, Jesús se encuentra con un paralítico. Es la imagen de alguien que no puede caminar en la vida; que está atascado, que debe ser acompañado, que debe ir a dónde le lleven. Jesús pone en pie a quien está paralizado en su propia vida, a los que no construyen una vida digna de ser vivida. Es el Evangelio el que cura.
Enseguida se encuentra con un ciego que representa al que no sabe qué caminos elegir en la vida y por eso se mueve muchas veces en direcciones equivocadas porque no los ve. La palabra de Jesús, su Evangelio, abre los ojos del ciego, le muestra las elecciones correctas que hay que hacer.
Esta humanidad, representada por todas estas enfermedades, es la que Jesús encuentra. Es nuestra humanidad.
Más adelante, el evangelista Mateo coloca entre estos prodigios otra curación –la más difícil de curar–: el apego al dinero. Es un milagro como el de hacer pasar un camello por el ojo de una aguja. Y es precisamente el caso de nuestro evangelista Mateo. El que era recaudador de impuestos en Cafarnaún es quien, 50 años después de la llamada que recibió de Jesús, escribe este relato del prodigio que la palabra de Jesús obró en su vida.
Observen que en el evangelio de Marcos a Mateo se lo llama ‘Leví’ (Mc 2,14) pero, en su evangelio, él se llama a sí mismo Mateo, que en hebreo significa “don de Dios”, para aludir con su nuevo nombre a su nueva vida: la que comienza a vivir a partir del encuentro con Jesús, cuando es sanado por él, cuando es salvado y se dispone a seguirlo.
Y en este punto Jesús dice a los discípulos que no puede cambiar el mundo él solo; necesita colaboradores. Escuchemos cuál es el contexto en el que estos colaboradores están llamados a llevar a cabo su misión:
“Viendo a la multitud, se conmovió por ellos, porque estaban maltratados y abatidos, como ovejas sin pastor.”
Hemos oído cómo el evangelista describe la humanidad que Jesús tiene ante sí. Son gente agotada y en desbandada, como un rebaño sin pastor; una humanidad de la que nadie se ocupa: ni los dirigentes políticos ni la autoridad religiosa, porque todos ellos están motivados por la búsqueda de su propio interés; sólo piensan en mejorar su propia vida y descuidan a las personas hambrientas, enfermas, oprimidas y maltratadas y víctimas de abusos.
La imagen que emplea el evangelista está tomada del Antiguo Testamento. En el capítulo 27 del libro de los Números, se dice que Moisés un día se dirigió a Dios y le pidió: “No permitas que este pueblo tuyo esté un día desorganizado como un rebaño sin pastor”. Por desgracia, la historia de los reyes de Israel nos dice que todos ellos resultaron no ser pastores sino líderes indignos que llevaron al pueblo a la ruina.
El profeta Ezequiel, en el capítulo 34 de su libro, hace una dura denuncia de esta situación intolerable y concluye que no hay esperanza de que algo cambie con este pueblo corrupto, capaz solo de explotar a las ovejas y aterrorizar a un país arruinado. Y al final hace una promesa: “Un día el Señor se ocupará personalmente de su pueblo, se convertirá en el pastor que guíe a Israel”.
En Jesús, Dios cumple esta promesa. Jesús ha venido personalmente a cuidar de una humanidad enferma. Y ¿qué emoción siente? Nosotros quizás imaginamos a un Dios lejano, que ama a la humanidad pero, tanto si la humanidad está bien como si está mal, él es perfectamente feliz igual.
En Jesús, Dios se reveló como alguien que está emocionalmente implicado, que se conmueve, que puede sentir compasión ante el dolor de la humanidad. Compasión precisamente en el sentido de compadecerse, de “sufrir con”, de sentir como propio el dolor de las personas que sufren. Este es nuestro Dios. El verbo que se emplea es σπλαγχνίζομαι (splagchnizomai) que se repite doce veces en los Evangelios y siempre se aplica solo a Dios y a Jesús, como si solo él fuera capaz de sentir esta emoción tan fuerte. σπλαγχνίζομαι (splagchnizomai) viene de σπλάγχνα (splanchna) que son “las vísceras”: la suya es lo que nosotros llamamos “una pasión visceral”. La misma imagen es empleada en el Antiguo Testamento. Cuando Dios se auto-presenta, dice: Amit Rahum. Rahum viene de rehem, que es “el útero”, es decir, el amor uterino, la pasión más fuerte que una persona puede sentir: La pasión de la madre por el hijo en su seno. Esta es la imagen que Dios utiliza para expresar su implicación en las necesidades humanas.
Intentemos preguntarnos si experimentamos este sentimiento ante las necesidades de la humanidad. Si no lo sientes, olvídate de convertirte en discípulo de Jesús porque no te dejarás implicar en su obra de salvar a la humanidad. Intentemos preguntarnos entonces: ¿Qué siento hoy ante las necesidades de la humanidad? ¿No veo también tanta gente agotada y cansada de correr tras vanidades solo para experimentar siempre amargas decepciones? ¿No veo a gente cansada de cultivar esperanzas efímeras que luego se encuentra ante una vida sin sentido? ¿Qué siento ante esta humanidad? ¿Me interesa? ¿O me basta pensar en mi pequeño mundo, en mi pequeño jardín? ¿Me importa que tantos jóvenes hoy no sepan por qué valores jugarse la vida? ¿Me importa una juventud que está en desbandada, inmersa en una inmensa tristeza que luego intenta cubrir con falsa alegría; una juventud que confunde la alegría con el placer, la fiesta con la borrachera?
Quizás estoy cargando las tintas… Pero ¿no vemos acaso cómo los jóvenes son capturados por las redes de influencers y por los pregoneros de fórmulas de autosatisfacción y bienestar, incluso agresivas y siempre banales, que les construyen una nueva visión del mundo y de la vida? ¿Qué sentimos ante esta realidad del mundo? ¿Sentimos la pasión que se revela en Jesús?
Pensemos también en la realidad eclesial de hoy… ¿Sentimos pasión por las enfermedades que la aquejan? ¿Qué sentimos frente a tantos abandonos, frente al crecimiento del secularismo? ¿Qué sentimos ante los escándalos que se producen en el seno de nuestra misma Iglesia? ¿Y al ver cómo se derrumba en Occidente la práctica de la fe cristiana? ¿Sentimos los problemas eclesiales como propios o pensamos que sólo conciernen a la jerarquía? ¿Nos duelen acaso con el mismo amor con que Jesús se conduele por la humanidad?
Escuchemos ahora cómo nos llama Jesús a implicarnos en su obra de Salvación:
“La cosecha es abundante, pero los trabajadores son pocos. Rueguen al dueño de los campos que envíe trabajadores para su cosecha”.
Aclaremos quiénes son los colaboradores que Jesús quiere implicar porque hay toda una tradición que nos lleva a identificarlos con los sacerdotes, los religiosos y las religiosas. La Iglesia necesita ciertamente de estas personas que consagran toda su vida al servicio del Evangelio y de los hermanos y hermanas e incluso renuncian a tener su propia familia precisamente para estar disponibles para todos. Pero restringir la tarea de cosechar a esta categoría de cristianos es incorrecto. De hecho, esto llevaría a considerar al pueblo de Dios como un rebaño de ovejas descarriadas o una mies que se está perdiendo por la falta de trabajadores, es decir, los sacerdotes. No es así.
Jesús se dirige a cada discípulo. A cada uno lo invita a contemplar la cosecha a recoger. A experimentar su propia pasión de amor por la humanidad. Notemos que se trata de cosechar. ¿Qué nos quiere decir Jesús con esta imagen? Que la mies está madura, es decir, la humanidad está lista para aceptar el Evangelio. Nosotros pensamos que las cosas no son así y nos desanimamos y repetimos: “No merece la pena proclamar el Evangelio porque a la gente no le interesa Dios; sólo piensan en el dinero, en pasarlo bien, en divertirse”. Tal vez sea verdad, pero es a esta humanidad, con todas sus contradicciones y sus miserias, a la que debemos dirigirnos porque Jesús nos dice que está preparada y madura para el Evangelio. A esta humanidad tal como es.
El problema es que faltan obreros y Jesús tiene razón. De hecho, intentemos preguntarnos cuántos hay que sientan su misma pasión de amor por la humanidad. Son pocos. Entonces ¿qué hay que hacer? Jesús lo sugiere: “Rueguen al dueño de los campos que envíe trabajadores para su cosecha”. Esta oración nos plantea dificultades porque nos preguntamos: ¿Por qué debemos pedir al dueño que envíe obreros? Debería ser él el primero en interesarse en el problema. ¿Por qué lo debemos pedir nosotros? Esta pregunta la hacen los que no han comprendido lo que significa orar. No significa repetir fórmulas; no significa intentar convencer a Dios de que haga su parte. Dios ya hace su parte, ya la hace muy bien. La oración no es intentar convencer a Dios para que haga lo que le pedimos. La oración nos pone en sintonía con sus pensamientos. La verdadera oración nos hace interiorizar su pasión de amor por la humanidad. Es en la escucha de su Palabra y en el diálogo con él que llegamos a comprender cuán justo y bello es su plan de amor. Y el Espíritu nos da la fuerza para realizar la obra que Jesús quiere que realicemos.
Los obreros son muy pocos, lo sabemos, porque rezamos poco; no se ora; no es que no se repitan fórmulas –lo hacemos; incluso demasiado– sino porque no nos dejamos sumergir en el pensamiento y el amor de Cristo.
Escuchemos ahora qué tarea confió Jesús a los suyos:
“Y llamando a sus doce discípulos, les dio poder sobre los espíritus inmundos, para expulsarlos y para sanar toda clase de enfermedades y dolencias”.
Hay dos tareas que Jesús nos pide llevar a cabo: Expulsar a los espíritus inmundos ycurar toda clase de enfermedades y dolencias. Observemos que es exactamente lo que él hizo a lo largo de su vida: expulsó a los demonios y curó a los enfermos. Esto significa que estamos llamados a dar continuidad a su obra de Salvación y, para llevar a cabo esta misión, nos da el poder de realizar maravillas. De expulsar a los espíritus inmundos. Inmundo, en la Biblia, significa “todo lo que es contrario a la vida”.
Expulsar a los espíritus inmundos. ¿Qué es lo que nos impide vivir felices como hermanos en este mundo? Son los demonios; identifiquémoslos, llamémoslos por su nombre: se llaman envidias, celos, odios, rencores, deseos de poseer siempre más bienes, de dominar, de esclavizar a los demás. Estos son los demonios que crean el mundo despiadado donde el otro es visto como un rival, un enemigo, no como un hermano al que amar. Estos demonios deben ser expulsados. Y ¿dónde se encuentran? En el corazón de cada persona; todos estamos poseídos.
Sanar toda clase de enfermedades y dolencias. No consiste en el poder de realizar milagros tal como imaginamos. No. Las enfermedades deben ser vencidas, y por eso el verdadero discípulo pone todas sus habilidades para que la gente esté físicamente sana, no sufra. El dolor debe ser vencido pero no son sólo las enfermedades físicas las que afligen a la humanidad. La sociedad está enferma y necesita curarse allí donde carece de libertad, donde no hay justicia, donde no se respeta la dignidad de la mujer… Está enferma la sociedad donde se comete violencia, donde hay corrupción moral; es sobre estos males que Jesús nos da el poder y la autoridad para vencerlos.
Preguntémonos si somos conscientes del poder que Jesús nos ha dejado. ¿Cuál es este poder? Es el poder de la Palabra, del Evangelio, que tiene en sí la fuerza divina del Espíritu, y el mal no puede resistir contra este poder.
Y ahora se nos presenta la lista de los primeros trabajadores que dieron su adhesión al Maestro. Escuchemos sus nombres:
“Éstos son los nombres de los doce apóstoles: primero Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano; Santiago de Zebedeo y su hermano Juan; Felipe y Bartolomé; Tomás y Mateo, el recaudador de impuestos; Santiago de Alfeo y Tadeo; Simón el cananeo y Judas Iscariote, el que incluso le traicionó.”
¿Qué podemos observar en esta lista de nombres que quizás leamos rápidamente, sin darles demasiada importancia? Observamos, en primer lugar, que son doce; esto es una clara referencia a las doce tribus de Israel y significa que la comunidad cristiana no está llamada a sustituir a Israel sino que es hija de Israel: es el fruto maduro de este árbol que Dios vino a cultivar a lo largo de los siglos.
Observemos también que los nombres se enumeran de dos en dos: Pedro y Andrés, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé. Significa que la misión no es obra de individuos sino de una comunidad y, para ser una comunidad, hay que ser al menos dos personas; incluso el individuo proclama el Evangelio personalmente, pero siempre debe sentirse parte de una comunidad, enviado por una comunidad. Observamos también que el grupo está compuesto por personas comunes y corrientes; no hay personas destacadas desde un punto de vista cultural; no hay escribas ni rabinos. E incluso desde el punto de vista moral tienen sus defectos y sus limitaciones. Uno es un publicano; otro no se dejará convertir y al final entregará al Maestro. En resumen, ellos también son pecadores. El mismo Pedro un día lo reconocerá y dirá: “Jesús, apártate de mí porque soy un pecador”. O sea, no son diferentes a nosotros; son personas normales, muy normales, como nosotros.
Escuchemos ahora cuál es el ámbito en el que tendrán que realizar su misión y cómo tendrán que llevarla a cabo:
“A estos doce los envió Jesús con las siguientes instrucciones: «No se dirijan a países de paganos, no entren en ciudades de samaritanos; vayan más bien a las ovejas descarriadas de la Casa de Israel. Y de camino proclamen que el reino de los cielos está cerca. Sanen a los enfermos, resuciten a los muertos, limpien a los leprosos, expulsen a los demonios. Gratuitamente han recibido, gratuitamente deben dar»”.
Hemos escuchado a Jesús definir el ámbito en el que este primer grupo de sus colaboradores, los doce, son llamados a llevar a cabo su misión; son enviados a las ovejas perdidas de la Casa de Israel. Y esto quizá nos sorprenda porque esperaríamos que los enviara a todos los pueblos. No, esto sucederá después de la Pascua, cuando el Resucitado, en la montaña, dirá a sus Apóstoles: “Vayan y hagan discípulos entre todos los pueblos. Yo estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo”. Por tanto, no se trata de la exclusión de los paganos sino de la pedagogía de Dios, que quería que las bendiciones prometidas a Abrahán, la Salvación, llegara a todo el mundo, a todos los pueblos, a través de Israel. E Israel, por tanto, es el primero que debe acoger el Evangelio.
Luego Jesús, después de haber vuelto a recordar a sus discípulos las tareas que debían hacer –curar a los enfermos, limpiar a los leprosos, expulsar a los demonios– hace una recomendación muy importante: “Lleven a cabo su misión en completo desprendimiento de intereses y ventajas personales porque, de lo contrario, su mensaje perdería inmediatamente credibilidad”. Esto es lo que quiere decirnos también cuando dice: “Gratuitamente han recibido, gratuitamente deben dar”.
Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana.
