5 DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – AÑO A
Mateo 5,13-16
Un buen domingo para todos.
Jesús ha hecho su propuesta de hombre nuevo arriba de una montaña. La presentó con ocho bienaventuranzas. Es como si hubiera dicho: Si te haces pobre no te quedarás con nada. Todos lo que tienes debes ponerlo al servicio de los hermanos. No acumulas cosas para ti, sino que las distribuyes porque quieres que todos sean felices.
Al final, cuando Dios evalúe to vida, te extenderá la mano y te dirá: ‘felicitaciones, eres una persona exitosa; viviste bien tu vida’. Y Jesús no se ha limitado a presentar con solo palabras esta imagen de hombre, sino que la ha encarnado en su persona. Jesús es pobre. No posee nada, ni siquiera un momento de su vida. Él es apacible, constructor de paz.
Practicar estas bienaventuranzas, encarnar esta imagen de persona es muy difícil pues es lo opuesto a lo que la gente admira en ese mundo. La gente aprecia al que es rico, poderoso,al que tiene de todo en la vida, el que puede permitirse todos los placeres. Esta es la persona admirada y la clase de gente que todos quisieran ser.
La persona que encarna el ideal que Jesús presenta, al final de la vida podrá decir ‘la he invertido bien’. Pero ¿es suficiente que el discípulo practique estas bienaventuranzas o el Maestro pide además otras cosas? La tentación puede ser la de buscar la realización personal y limitarse a esto.
Antiguamente se enseñaba en la catequesis que es necesario pensar en la propia alma, en la salvación del alma. Un poco como los budistas que buscan individualmente la liberación del dolor a través de la iluminación personal.
El que ha escuchado las bienaventuranzas de Jesús ¿debe permanecer siempre en la montaña para evitar ser contaminado de la mundanidad, del modo de pensar y actuar de todos? Las bienaventuranzas tal como Jesús las presenta no son un modelo de vida para una persona solitaria que desea seguir una meta moral, la perfección personal.
Son la propuesta de una sociedad alternativa, de un mundo nuevo, que el discípulo está llamado a construir y se empeña para realizar este diseño que Dios tiene sobre la humanidad. Y hoy Jesús presenta a sus discípulos una gran misión: llevar sus bienaventuranzas al mundo, con la palabra y con la vida.
Y encarga este trabajo a sus discípulos sirviéndose de dos comparaciones. Escuchemos la primera: En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Ustedes son la sal de la tierra: si la sal se vuelve sosa, ¿con qué se le devolverá su sabor? Sólo sirve para tirarla y que la pise la gente.
“Ustedes son la sal de la tierra”. Ustedes… ¿quiénes? ¿A quién encarga Jesús esta misión? A un grupo de discípulos que están dando los primeros pasos para seguir al Maestro.Por ejemplo, Pedro. No ha dado un corte neto al modo de pensar de la gente de este mundo.Todavía sigue los criterios y los valores que siguen todos. Quiere ser una persona importante, rico, poderoso.
Es exactamente lo opuesto a la propuesta de hombre nuevo que Jesús ha hecho con sus bienaventuranzas. Es a esta persona, junto con los demás discípulos, a quienes Jesús confía la misión de llevar esta ‘sal’ del evangelio al mundo. Hemos escuchado las bienaventuranzas del Maestro, hemos creído en estas bienaventuranzas… aunque después nos cueste ponerlas en práctica; surgen en nosotros las dificultades para llevar a cabo lo que el Maestro nos pide.Esto es: bajar de la montaña e ir al mundo para llevar este nuevo sabor de la vida.
Y nos preguntamos: ¿cómo es que nosotros podamos ser ‘sal de la tierra’ cuando aún somos insípidos, tenemos un sabor precario del evangelio? Jesús nos lo ha encomendado a nosotros. Ya hemos visto al primer grupo, Pedro, que no era ciertamente la encarnación perfecta de las bienaventuranzas.
Pero es a esta comunidad de discípulos que Jesús encomienda esta misión. Sentimos dificultad en anunciar las bienaventuranzas cuando nosotros mismos nos damos cuenta de que no hemos encarnado en nosotros esta imagen de hombre nuevo. Aunque estemos convencidos de la propuesta de hombre nuevo que Jesús ha hecho, y tratamos de encarnarla, nos da miedo bajar de la montaña y enfrentarnos con la mentalidad del mundo.
Por ‘mundo’ se entiende la lógica común, la manera de pensar ‘correcta’ que todos tienen. Tenemos miedo del enfrentamiento, no porque no estemos convencidos de la verdad del evangelio, sino porque la propuesta de la montaña es totalmente opuesta al pensar del común de la gente y tenemos miedo de quedar en ridículo. Es lo que le pasó a Pablo, en Atenas, cuando anunció la resurrección. Muchos se rieron de él.
Aunque estemos convencidos, tenemos miedo de provocar esta reacción porque la manera de pensar de todos va en sentido contrario a la propuesta del evangelio. Por tanto, preferimos hacernos a un lado, nos encerramos… un poco como los Once en el cenáculo, después del día de Pascua. Se encontraban dentro del cenáculo, habían trancado las puertas porque tenían miedo a los judíos.
Es una imagen del miedo que también nosotros tenemos de entrar en el mundo, de comunicarnos con la gente. Jesús dice: ‘deben ir en medio de la gente’. La sal no existe para sí misma; está hecha para salar. Si permanece en el salero, no sirve para nada. Es como si no existiese. Si el cristiano se encierra, si no va al mundo, si no se mete en medio de la gente, no sirve. Por tanto, el primer mensaje de esta comparación es un NO a la fuga del mundo, a la separación.
Los cristianos no deben huir del mundo. Uno no se puede encerrar en uno mismo, en una especie de auto-complacencia…’qué bien que estamos… que nos dejen en paz’. NO. Las palabras de Jesús son un NO al aislamiento. En todos los contextos de la vida social, el cristiano está presente con una vida diferente del que está guiado por la mundanidad.
La carta a Diogneto, del siglo segundo, es hermosa. Presenta la vida de nuestros hermanos de fe de las primeras generaciones.
Estaban inmersos en la sociedad en que vivían. Quiero citar un pequeño texto de este maravilloso texto a Diogneto. Viven en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte, siguen las costumbres de los habitantes del país, tanto en el vestir como en todo su estilo de vida y, sin embargo, dan muestras de un tenor de vida admirable y, a juicio de todos, increíble. Habitan en su propia patria, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña. Igual que todos, se casan y engendran hijos,pero no se deshacen de los hijos que conciben. Tienen la mesa en común, pero no el lecho.Viven en la carne, pero no según la carne. Viven en la tierra, pero su ciudadanía está en el Cielo. Obedecen las leyes establecidas, y con su modo de vivir superan estas leyes. (Capítulo 5).
Tengamos presente que existe un peligro por parte del cristiano cuando se ve todo y solamente lo negativo. NO. Veamos ahora cuáles son los significados de la sal que Jesús emplea. Las funciones de la sal son múltiples y probablemente Jesús se refería a todas estas utilizaciones de la sal, empleadas como metáfora de lo que debe hacer el cristiano que encarna el Evangelio en la sociedad en que vive. El primer y más inmediato significado de la sal es el de dar sabor a los alimentos. Desde muy antiguo, la sal pasó a significar el símbolo de la sabiduría (‘sápere’, saber, sabor).
Hoy se dice que una persona ‘es salada’… es una persona sabia. También decimos que ‘una conversación es insípida, insulsa’ cuando es aburrida, sin contenido. Cuando una persona sabia está en medio, la conversación alcanza otro nivel, es más interesante, agradable. En la carta a los colosenses Pablo emplea la comparación de la sal: “Que sus conversaciones –las conversaciones entre cristianos– sean siempre agradables y con sal”(ἅλατι ἠρτυμένος = jalati ertímenos = con sal, bien sasonadas)” (Col 4,6).
Tenemos aquí una primera aplicación para nuestra vida. Cristianos que viven en medio de la sociedad, que viven en contacto con quienes han hecho otra elección de humanismo. La manera de hablar de un cristiano es diferente del que sigue otros criterios. Por tanto, el cristiano no puede ser vulgar, trivial; el lenguaje obsceno y grosero no corresponde a la manera de hablar de un discípulo que quiere ser sal en la sociedad, no debe caer en la vulgaridad. Entonces, la sal da sabor.
El evangelio da sabor a la vida. Por tanto, no es cuestión de una manera de hablar más o menos fina y educada, sino de algo mucho más importante y decisivo: el evangelio, encarnado en un cristiano, lleva al mundo el verdadero sentido de la vida. Conocemos vidas llenas de presunción, engreimiento, de frivolidad, de sandeces con lo cual se intenta cubrir el vacío del sentido de la vida.
Por eso la necesidad que el cristiano entre en esta sociedad y sea testigo de los valores por los cuales vale la pena vivir; los valores que dan sabor y sentido a la vida. Pensemos, por ejemplo, que, sin la sabiduría del evangelio, qué sentido tienen las alegrías… que luego acaban. Los dolores, las sonrisas, las lágrimas, las fiestas, las pérdidas… incluso los hijos, los sobrinos, los nietos….
Si nuestra vida no tiene sentido ¿por qué los traemos al mundo? ¿Qué esperanzas puede alimentar la persona en este mundo sino solamente la alegría pasajera? Son las que están sugeridas por el Qohelet: comer, beber, gozar de los bienes en los pocos días de vida que el Señor nos da. La vida puede ser: sabrosa o insulsa. La ‘sal’ de la esperanza; la ‘sal’ de las motivaciones de vivir.
Debe ser el evangelio anunciado por el cristiano en la sociedad en que vive. Hay que dar sentido a esta vida. Estamos de pasada en este mundo y tenemos un destino. Si no existe esta perspectiva de un destino último, entonces hay que contentarse con las alegrías a corto plazo.El segundo empleo de la sal: conservar los alimentos.
En aquel tiempo no existían los frigoríficos y para impedir que se estropearan los alimentos y conservarlos lo más posible se empleaba la sal… pensemos en el queso, la carne, el pescado. Se cree que los egipcios fueron los primeros en conservar la carne, los pescados con sal, ya 2000 años antes de Cristo. Estrabón ya recordaba en su geografía una ciudad sobre un lago: Mágdala, La llamaban Tarichaea, literalmente el lugar donde se procesa el pescado. Allí se salaba el pescado que luego era distribuido en todos los mercados de Galilea.Mucha sal se llevaba desde el Mar Muerto a Egipto.
En tiempos de Jesús la sal era vendida en bloque en los mercados. Era algo muy valioso.En Séforis, por ejemplo, se vendía esta sal. Y, por el hecho que la sal impide la corrupción de los alimentos ha sido relacionada espontáneamente a la corrupción moral y también como protección contra las fueras negativas, contra los espíritus malignos. En la preparación del agua bendita se utilizaba poner un poco de sal como protección contra todas las fuerzas malignas. Lo empleamos también hoy en este sentido cuando se pone sal para inmunizar de la mala suerte y de los maleficios.
El cristiano es sal de la tierra también en este sentido. Está llamado a impedir la corrupción con su presencia; a no permitir que la sociedad guiada por malos principios se descomponga en decadencia. No es difícil constatar, por ejemplo, que cuando en una sociedad no se apela a estos valores evangélicos, se difunden fácilmente concepciones de vida que son dictadas por la sabiduría del mundo, que es estupidez y lleva a comportamientos que son deshumanizantes.
Algunos ejemplos: En una sociedad donde la persona vale por lo que produce, donde lo que cuenta es el dinero, los bienes acumulados… entonces, ¿cuánto vale la persona? Como decíamos, vale lo que un par de sandalias o, como dice Jesús, la persona vale menos que un cordero porque es el dinero, la producción lo que cuenta. En esta sociedad, el cristiano impide la corrupción. Recuerda que la plenitud de vida de la persona, su alegría debe ser el punto de referencia de toda opción.
Otro ejemplo. En un mundo donde se pone en duda la inviolabilidad de la vida humana,desde su comienzo hasta su terminación natural, el cristiano recuerda la sacralidad de la vida.Aún más, donde la paternidad y la maternidad se presentan como un derecho que puede ser logrado de cualquier manera, en esta sociedad el cristiano reclama la aceptación incondicional a la vida, que es un don que Dios hace al mundo.
También, donde se banaliza, se comercializa la sexualidad, donde se reduce a la genitalidad que se puede utilizar cómo y cuándo, en cualquier lugar, como a uno le guste… porque los tiempos han cambiado, ya no estamos en la Edad Media, donde la convivencia, el adulterio ya no se los llama con sus nombres, sino que pasan por compensación afectiva. El cristiano impide la corrupción de una sociedad que pone en crisis a la familia. Llama a la sacralidad de la relación hombre-mujer; el proyecto de Dios sobre el amor esponsal. Diálogo, encuentro, planificación, intercambio de amor como don para enriquecer y hacer feliz al otro.
Esta es la propuesta de realización de la sexualidad humana y el cristiano debe encarnar estos valores con la vida y también con las palabras. En una sociedad donde se busca la propia satisfacción, el cristiano debe dar testimonio que la vida tiene sentido cuando uno se interesa por el otro. Por tanto, educa a sus hijos en estos valores; los educa a la renuncia; a no buscar el interés propio. Naturalmente que el cristiano no impone estos valores y no agrede a quien no los comparte. Los practica con alegría porque está convencido que esta es la vida verdadera.
El tercer empleo de la sal. Comer sal con alguien significaba compartir la mesa, por tanto, entablar amistad con quienes se comparte. Hay una expresión hebrea: ‘berejta menaj’ = que significa ‘alianza de sal’. Era la imagen de una alianza que no se rompía. El cristiano es sal en el mundo también en ese sentido; recuerda el amor incondicional de Dios, la alianza que Él ha hecho con el hombre y que no depende de nuestra respuesta. Su amor es incondicional. ‘Hizo una alianza de sal con la humanidad’.
Pienso en los esposos cristianos que están llamados a dar precisamente este testimonio de amor incondicional, indefectible. Jesús continúa diciendo que la sal ‘puede perder su sabor’.Pero los químicos nos dicen que esto es imposible. La sal no pierde el sabor. Pero aquí se emplea el verbo griego ‘moraino’: μωρανθῇ – moranthé, que significa ‘alucinar’, ‘enloquecer’. ‘Si la sal enloquece’.
El cristiano puede alucinar, esto es, puede perder completamente el sabor de quien ha hecho una opción de vida evangélica. No se presenta más como un verdadero discípulo, sino que piensa como todos los demás, por tanto, piensa, actúa, habla como lo hacen todos. Está ‘alucinando’. Esto es, está volviendo a la sabiduría de este mundo que para Dios es locura. La única manera de hacer perder el sabor a la sal es mezclarla con cualquier otro alimento. Le hace perder la pureza, lo propio.
El evangelio tiene su propio gusto. Y hay que conservar este gusto. No va alterado, de otra manera ya no es evangelio. Por tanto, no se puede añadir nada, no se puede modificar, no se puede adaptar. No se puede decir: “sí… pero”. No se lo puede suavizar, ablandar, hacer menos exigente y más practicable las exigencias del evangelio. Si uno se comporta así, ya no sirve para nada. Ya no es sal si perdió el sabor evangélico. Y, por eso, debemos prestar mucha atención pues la sociedad de hoy nos empuja a adaptar el evangelio a lo que todos piensan. NO.
El auténtico cristiano mantiene el propio sabor. Escuchemos ahora la segunda comparación empleada por Jesús. “Ustedes son la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad construida sobre un monte. No se enciende una lámpara para meterla en un cajón, sino que se pone en el candelero para que alumbre a todos en la casa. Brille igualmente la luz de ustedes ante los hombres, de modo que cuando ellos vean sus buenas obras, glorifiquen al Padre de ustedes que está en el cielo”.
“Ustedes son la luz del mundo”. Para un israelita piadoso esta es una afirmación inaudita.En la biblia, la luz es siempre una imagen positiva. Las tinieblas, la oscuridad son siempre negativas. Dios es luz. Dice el salmo 104: “Dios está envuelto de luz como de un manto”. Y en el Nuevo Testamento, la primera carta de Juan, al comienzo, dice: “Dios es luz y en Él no hay tinieblas”. Y esta luz divina bajó al mundo para iluminar nuestras tinieblas. Es la luz que brilla sobre el rostro de Jesús de Nazaret que muestra que Dios es amor e ilumina nuestras tinieblas, que son el odio, la violencia, la mentira, la injusticia. Esta tiniebla ha sido iluminada por esta luz de Cristo.
En el prólogo de su evangelio, Juan dice: “La luz verdadera que ilumina a todo hombre estaba viniendo al mundo. La luz brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron” (Jn 1,5). Al final esta luz terminará por vencer, por disolver las tinieblas que gravitan sobre el mundo. Y, de hecho, Jesús, en su vida pública, se presenta como luz: “Yo soy la luz del mundo, quien me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12).
El hecho de que Jesús se presente como luz puede ser escandaloso frente a su pueblo,pero lo que es chocante para nosotros es que dice: “Ustedes son la luz del mundo”. ¿Nosotros? ¿Quiénes? ¿Cómo es que Jesús tuvo el coraje de llamar a sus discípulos y a nosotros con ellos, ‘luz del mundo’?
Intentemos repasar la personalidad de los 12 y vemos que Jesús los llama ‘gente de poca fe’. Este es solo un pequeño ejemplo de la adhesión a la propuesta de Jesús. Recordemos lo que pasó en Cafarnaún; cuando llegaron a casa Jesús les preguntó: ‘¿De qué hablaban en el camino?’. Y ellos no responden. Se quedan en silencio porque están avergonzados. Habían discutido sobre quién es grande. No habían comprendido la imagen de hombre nuevopresentada por Jesús en las bienaventuranzas. Tienen problema en aceptar el rostro de hombre nuevo presentado por Jesús.
Y, aún más, durante la Última Cena están todavía discutiendo quién es el grande y el primero entre ellos. Incluso después de la resurrección todavía están llenos de dudas. Y cuando surjan las primeras comunidades cristianas veremos que todavía hay disputas, discusiones, incomprensión entre ellos.
Son estas personas las que deben ser ‘luz’, esto es, portadoras de la luz que es Cristo.Jesús se está dirigiendo a nosotros. Somos personas conscientes y debemos serlo: conscientes de nuestras fragilidades, debilidad, mezquindad. Pero esto no nos debe llevar al descorazonamiento pues Jesús se fía en nosotros. A nosotros ha confiado su luz. Quizás una pequeña centella, pero es siempre la luz de Cristo. Y si uno se esfuerza en encarnar el evangelio en la propia vida, en esa persona brilla el rostro de Cristo. Como dice Pablo en la carta a los gálatas: “No soy yo que vivo, es Cristo que vive en mí” (Gál 2,19-20).
La comparación de la luz completa la imagen de la sal. La sal se mezcla con los alimentos, pero la luz no se mezcla con la oscuridad y con las tinieblas. La luz muestra lo que es bueno y lo que es peligroso; lo que es comestible y lo que es veneno; lo que hace bien y lo que hace mal. Muestra cuál es el camino seguro y cuál el camino peligroso, con riesgo pues se puede caer en un barranco.
Por tanto, en discernir lo que es bueno y lo que es malo. El discípulo está llamado a ser luz con su palabra y con su persona, con su vida. Hagamos una reflexión. Reflexionemos sobre la luz de este hombre verdadero que es Cristo. Un cristiano no puede reflejar en su vida la luz que viene de los programas baratos de la televisión, de los escenarios donde se exhiben las ‘estrellas’ de este mundo.
El cristiano no luce desde la vacuidad de vidas que muchos admiran. NO. El cristiano no brilla con esta luz. El cristiano es reflejo de otra luz. Jesús introduce ahora otra imagen bíblica: “No puede ocultarse una ciudad construida sobre un monte”. Por tanto, esta luz debe ser bien visible. La comparación que Jesús utiliza de la ciudad que está sobre el monte no es para invitar a los discípulos a que se hagan ver, como tantas veces se ha hecho. “No practiquen sus obras para ser admirados por la gente… que no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha… haz el bien y basta”.
El pedido de Jesús hace referencia a un texto bien conocido del profeta Isaías que presenta la ciudad de Jerusalén, sobre el monte. Por tanto, bien visible a todos; y todos los pueblos se encaminarán hacia Jerusalén para escuchar la palabra del Señor. Jesús viene a decir: no será Jerusalén la ciudad a donde acudirán todos los pueblos sino hacia la comunidad de mis discípulos donde todos los pueblos caminarán para recibir la luz que guía el camino de sus vidas.
Y otra imagen: “No se enciende una lámpara para meterla en un cajón, sino que se pone en el candelero para que alumbre a todos en la casa”. El ‘cajón’ era la medida del grano. No utilizaban los kilos sino los litros. ¿Qué quiere decir esta comparación?
Es importante estar atentos a no medir el evangelio con nuestros criterios humanos, con nuestras medidas. Jesús nos dice que los cristianos debemos estar atentos a no oscurecer la luz del evangelio. Esto es, deben buscar de no esconder esos textos que son molestos porque son difíciles de practicar: el compartir los bienes, el perdón incondicional, el amor desinteresado aún con el que nos hace el mal y nos persigue. Uno trata de esconderlos porque chocan con los criterios de nuestra justicia. La luz del evangelio no va encubierta.
El evangelio es la luz, primeramente, para los que están en la casa, esto es, antes de brillar delante de los demás, debemos haber recibido nosotros esta luz. “Brille igualmente la luz de ustedes ante los hombres, de modo que cuando ellos vean sus buenas obras”. Pero el texto original no dice ‘buenas obras’ sino ‘obras hermosas’.
El cristiano debe ser una persona ‘bella’. Bien sabemos que la belleza es irresistible.Cuando uno ve una persona ‘bella’, inmediatamente se pregunta ‘¿qué puedo hacer para ser ‘bello’ como esa persona?’. Jesús quiere que sus discípulos sean personas ‘bellas’, que atraigan por su belleza.
El cristiano es uno que disturba, pero no es invasivo. No falta al respeto a la libertad del otro, no quiere adoctrinar, sino que quiere fascinar con la belleza de quien ha recibido esta luzque hace personas luminosas, espléndidas. Si se alza el tono de la voz ya no fascina.
Debemos estar preparados para hablar con más humildad, sin exhibicionismos, teniendo siempre presente esta belleza que debe brillar en nuestro rostro. Es la recomendación de Pedro en su carta cuando dice a los cristianos que somos extranjeros y peregrinos en este mundo y hay gente que nos desprecia. Nosotros debemos responder, en medio a los paganos, con una vida bella “porque mientras nos calumnian como malhechores, al presentar las buenas obras de ustedes, glorificarán a Dios el día de su visita (1 Pe 2,11-12).
Los cristianos deben hacer una ruptura con la mundanidad y vivir de manera ‘bella’.Deben mostrar a los paganos que la adhesión al evangelio nos convierte en personas bellas,apreciadas, aun para aquellos que no siguen el evangelio.
Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana.
