5 DOMINGO DE PASCUA – AÑO A

Juan 14,1-14

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Feliz Pascua a todos.

El evangelista Juan dedica 5 capítulos a la última cena. Es aquí donde encontramos el testamento que Jesús ha dejado. Son sus últimas palabras, las más sagradas. El texto de hoy es parte de este testamento.

Nos vamos a aproximar a este texto con cierta inquietud y trataremos de comprender el mensaje de cada palabra pronunciada por el Maestro. Estamos en el cenáculo y Judas acaba de partir. Aunque Jesús nunca había ocultado a sus discípulos cuál sería su destino, ahora lo dice claramente: “Los voy a dejar”. Ya han pasado tres años desde que los discípulos se han unido a Jesús a la orilla del Lago de Galilea.

Los discípulos se habían dejado involucrar en su mensaje a tal punto que habían dejado todo para unir sus vidas a la suya. Y, esa noche, en el cenáculo, se encontraron de frente a este anuncio dramático: Jesús los está por dejar. ¿Cómo reaccionan? Están afligidos, disgustados. Tienen miedo, están perdidos. Se dan cuenta que el sueño de gloria que habían cultivado durante tres años ahora se va desvaneciendo. La realidad es muy diferente de la que estaban esperando.

De frente tienen el fracaso, escuchemos lo que Jesús les dice:

No se inquieten. Crean en Dios y crean en mí. En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones; si no fuera así, se lo habría dicho, porque voy a prepararles un lugar. Cuando haya ido y les tenga preparado un lugar, volveré para llevarlos conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes. Ya conocen el camino para ir a donde yo voy.

A estos discípulos perdidos y desconcertados, Jesús les dice: “No se inquieten”. El verbo griego que se emplea es ‘ταρασσέσθω’ – ‘parasein’, un verbo muy fuerte; indica la agitación de las olas en un mar borrascoso. Así están los corazones de los discípulos. Jesús no se maravilla que los discípulos estén afligidos y disgustados y les habla para asegurarles,tranquilizarles. Hace lo que hizo Moisés antes de morir: había reunido al pueblo y les había dicho a los israelitas ‘no teman, no pierdan el ánimo. El Señor caminará delante de ustedes,continuará guiándolos; yo ya no estaré, pero Dios se servirá de algún otro para acompañarloshacia la tierra de la libertad.

No teman. No pierdan la esperanza. Palabras similares son las que Jesús emplea con sus discípulos. Estas palabras de Jesús no están solamente dirigidas a los Once, son también actuales para nosotros. También nosotros hoy estamos preocupados y con muchos temores y muchos miedos. Jesús no está presente visiblemente, como lo había estado con los Doce que lo habían acompañado durante tres años, pero Jesús está siempre presente – no visiblemente.

Y tenemos la impresión de estar solos para llevar adelante su proyecto de mundo nuevo. Como Iglesia experimentamos la hostilidad del mundo; parecería que es el mal el que triunfa. Y hasta existen algunos que dicen que la Iglesia está en declive y tiene que resignarse a desaparecer. Incluso algunos cristianos ponen en duda la verdad de las palabras de Jesús quien había asegurado que las puertas del infierno no podrán resistir a la fuerza del reino de Dios. Nosotros estamos preocupados no solamente por la hostilidad del mundo sino también a causa de nuestra fragilidad, de nuestras debilidades e infidelidades. En resumen, nos sentimos muy poco capaces para llevar adelante la misión que Jesús nos ha confiado.

Tenemos también nosotros la sensación de estar en medio de olas de un mar agitado. Jesús tiene en cuenta nuestros miedos. Incluso, un poco antes, había dicho a los discípulos que uno de ellos lo traicionaría, el evangelista nota que Jesús estaba turbado interiormente y aplica a Jesús el mismo verbo que aplica a la agitación de los discípulos. También Jesús estaba profundamente e interiormente turbado.

Es un consuelo saber cuán cerca está Jesús de nosotros, cómo nos comprende porque también él ha pasado por los mismo que nosotros. ¿Qué remedio ofrece para aplacar nuestras ansias, nuestros desconciertos? “Crean en Dios y crean en mí”. Continúen a creer en Dios y continúen creyendo en mí. Confiar en el evangelio durante un poco de tiempo es fácil, pero es difícil mantenerse firme, no vacilar incluso cuando la historia parece desmentir lo que el Maestro ha dicho. Jesús dice ‘deben calmar sus ansias, confíen en mi palabra’.

Muchas de nuestras ansiedades provienen del hecho que nosotros observamos la historia del mundo con nuestra mirada, no con la mirada de Dios. Nosotros nos concentramos en el momento presente y quisiéramos ver inmediatamente la realización plena del reino de Dios. Nunca llegaremos a ver el cumplimiento del reino de Dios, ni siquiera Jesús lo vio. Si tomamos conciencia de nuestra pequeñez, si hacemos la paz con nuestros límites, si dejamos esta preocupación al Señor, recuperaremos la serenidad. Nos confiamos en la Palabra que creemos –palabra que nos da la certeza que ninguna gota de amor se perderá–.

Jesús continúa: “En la casa de mi Padre hay muchas habitaciones… voy a prepararles un lugar”. ¿Qué significan estas palabras? Preguntémonos ¿cuál es la casa de su Padre? No pensemos en el paraíso… Jesús está hablando de otra cosa. Él ha llamado ‘casa de mi Padre’ al templo. Jesús había dicho que el templo sería destruido y Dios construirá otro templo, no hecho de piedras materiales. Jesús mismo es el templo del cual saldrían los sacrificiosagradables al Padre, las obras de amor, el don de sí por amor. Y este es el holocausto, el incienso agradable al Señor.

Jesús es el templo. Jesús es la casa de su Padre y nosotros estamos llamados a ser piedras vivas, unidos a él, piedra fundamental, piedra viva de este templo. En esta casa de su Padre, a la cual pertenecemos también nosotros, ‘hay muchas habitaciones’. Una para cada hermano y hermana. Nadie está excluido. Hay lugar para todos y hay una misión que cada uno tiene que realizar.

Cada uno de nosotros ha recibido dones de Dios, dones que deben ser utilizados para la vida de los hermanos y hermanas. Este es el lugar que cada uno tiene en este templo que es Cristo. “Cuando haya ido y les tenga preparado un lugar, volveré para llevarlos conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes”.

¿Qué es lo que quiere decir? ¿Qué puesto nos va a preparar? Nuevamente, dejemos de lado y no pensemos en una butaca numerada en el paraíso. NO. Jesús fue primero a preparar el puesto para todos nosotros. ¿Dónde fue? Fue a donar su vida. Este es el puesto, el lugar donde espera a todos los que se fían de él. Dice: ‘volveré’. Él va primero a donar su vida, luego regresa –no al fin del mundo– regresa hoy, a tomarnos también a nosotros para que podamos estar a su lado y como él y con él donar la vida por amor al hermano.

Y una nota especial: cuando nosotros nos dejamos involucrar en esta participación de amor con él, podremos celebrar una eucaristía auténtica. Porque esto es la eucaristía: decir SÍ a la propuesta esponsal de unión de vida que Jesús hace. Nosotros acogemos, con el gesto de comer ese pan, realizamos el gesto de asimilar a Jesús con toda su historia de amor y unimos nuestra vida a la suya. Y ahora Jesús introduce el tema del camino.

¿Cuál es el camino que conduce a donde él se encuentra, porque él nos quiere a su lado?Escuchemos la reacción de Tomás: Le dice Tomás: Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino? Le dice Jesús: Yo soy el camino, la verdad y la vida: nadie va al Padre si no es por mí. Si me conocieran a mí, conocerían también al Padre. En realidad, ya lo conocen y lo han visto.

Tomás aparece tres veces en el evangelio de Juan. Y nos cae simpático porque se nos asemeja, reacciona como nosotros. Siempre que es mencionado en el evangelio se añade casi siempre que es llamado ‘dídimo’- mellizo. Nuestro mellizo. Luego que Jesús haya dicho:“Ustedes conocen el camino”, Tomás reacciona inmediatamente y le dice “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino?”.

La respuesta de Jesús va dirigida a Tomás y a todos los ‘mellizos’ de Tomás. Es muy importante porque debemos fijar bien en nuestra mente cuál es el camino para llegar a la vida.“Le dice Jesús: Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Esta afirmación les debe haber sonado muy extraña porque ellos habían aprendido en la catequesis que el camino para llegar a la vida era la observancia de las diez palabras, de los Diez Mandamientos. Desde ahora ya no más.

Los mandamientos están bien, pero si se quiere llegar a la plenitud de vida, el camino es otro. Es la misma persona de Jesús. Si se persigue otro camino, aunque te lleven a éxitos aparentes, incluso a conquistar al mundo entero, son caminos de muerte. En Antioquía, antes de que los cristianos se llamasen por este nombre, se los conocía como ‘los del camino’porque seguían ‘el camino’ que es Jesús.

Tomás sabe a dónde se dirige Jesús, se dirige a la muerte. Y ve el don de la vida como el final de todo, como la derrota definitiva. Y Jesús les dice a los discípulos que tienen miedo de ir a Judea: “Vayamos a Betania donde está Lázaro que se ha dormido”. Los discípulos le dicen: “no vayas porque te quieren matar”. Y Tomás dice: “Vayamos también nosotros a morir con él”. Para Tomás, que todavía no ha visto la Pascua, ve este ‘camino’ que es Jesús, que va a la muerte. Piensa que este es el destino definitivo. No ha comprendido que el camino para llegar a la vida pasa a través de este don de la vida por amor. Vemos nuestra incredulidad reflejada en Tomás.

Igual que él, también nosotros a menudo vemos la muerte como el último horizonte y es por esto que tenemos miedo a donar la vida. Tenemos el instinto que nos dice: ‘goza de la vida porque después de acaba’. Es lo que decían los antiguos cuando sugerían el ‘carpe diem’. O lo que estaba en el piso de los palacios paganos: ‘memento mori’ = recuerda que vas a morir. Por tanto, goza del momento presente. La tentación de seguir este camino siempre existe en nosotros.

Así, cuando se ve que el destino último es la muerte, tenemos miedo de seguir el camino que nos propone Jesús: donar la vida para llegar a la plenitud de vida. “Yo soy la verdad”. La verdad no es un concepto, es su persona. Es él el que encarna al verdadero Dios y al verdadero hombre. El Dios que no se parece a Jesús, así el Dios severo, susceptible, justiciero que muchos aún tienen en mente y lo adoran porque les va bien… piensa como ellos… Este Dios no es ‘verdad’, es mentira. Hay que borrarlo.

Y la persona que no se asemeja a Jesús, no es persona verdadera, inacabado porque un hombre perfectamente verdadero es él: el que ama sin ahorrar nada, dona todo por la vida el hermano. Este es el hombre exitoso, verdadero. “Yo soy la vida”. La vida es el amor. Es esa compulsión que viene del Espíritu, de la vida divina que te lleva a no ahorrar nada cuando puedas llevar felicidad a alguien, incluso a tu enemigo. Esta solemne afirmación de Jesús suena extraña en nuestra sociedad pluralista de hoy que no comprende esta auto-presentaciónde Jesús como único camino para la salvación. No se desprecia ninguna otra propuesta de vida, no quita que haya cosas hermosas en otras religiones, gestos de amor extraordinarios de aquellos que pertenecen al budismo, al islam… nadie niega esto. Pero si buscamos la plenitud de la luz en Dios y en la gente, esta luz la encontramos solamente en Jesús de Nazaret.

Y ahora dice Jesús: “Si me conocieran a mí, conocerían también al Padre. En realidad, ya lo conocen y lo han visto”. Esta afirmación enigmática de Jesús provoca la pregunta de Felipe. Escuchémosla: Le dice Felipe: Señor, enséñanos al Padre y nos basta. Le responde Jesús: Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes ¿y todavía no me conocen? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre: ¿cómo pides que te enseñe al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Las palabras que yo les digo no las digo por mi cuenta; el Padre que está en mí es el que hace las obras. Créanme que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí; si no, créanlo por las mismas obras. Les aseguro: quien cree en mí hará las obras que yo hago, e incluso otras mayores, porque yo voy al Padre”.

Felipe le pide a Jesús de poder ver al Padre. Es el anhelo profundo del corazón humano: ver a Dios. Los salmos nos hablan de esta necesidad de ver al Señor: “Busquen mi rostro. Mi corazón dice: Tu rostro buscaré, Señor (Sal 27,8). O el salmo 42: “Come anhela la cierva corrientes de agua, así, mi alma te anhela a ti, oh Dios. ¿Cuándo veré el rostro del Dios?” (Sal 42,2). Y este deseo que se encuentra en lo profundo del corazón humano provoca el pedido de Felipe: ‘muéstranos al Padre’. Su deseo corresponde al de Moisés que le había pedido a Dios: “Muéstrame tu gloria” (Éx 33,18).

Estamos bien hechos… estamos hechos para el infinito. El Qohelet, en el capítulo tercero, dice este hombre sabio: “Dios ha puesto el infinito en el corazón del hombre”. Si no tomamos conciencia de esto, de la necesidad de Dios, responderemos a esta necesidad llenándonos de placeres, de éxitos, de bienes, de satisfacciones que nunca serán suficientes. Y, probablemente, culparemos a algo que nos falta, o a alguien sobre nuestra insatisfacción. NO. Es una ilusión de la cual debemos liberarnos.

Esta es la necesidad de Dios, que tenemos en lo profundo del corazón: ver el rostro de Dios. Esta es la pregunta de Felipe: “Señor, enséñanos al Padre y nos basta”. Tomás no conocía el camino y lo tenía delante suyo. Felipe no ve al Padre y lo tiene a su lado. El rostro del Padre se ha manifestado en Jesús de Nazaret. De hecho, “le responde Jesús: Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes ¿y todavía no me conocen? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Jesús, el Hijo de Dios, se ha hecho hombre. Ha llegado a nuestro mundo, ha caminado por nuestras calles, ha pasado por nuestras ciudades, precisamente para mostrarnosel rostro de Dios. Ese rostro que había sido desfigurado.

La gente había puesto sobre ese rostro infinidad de máscaras que deben ser quitadas. “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”. Y estas palabras son el compendio de la revelación cristiana. Y Jesús continúa: “Las palabras que yo les digo no las digo por mi cuenta; el Padre que está en mí es el que hace las obras”. Sigan creyendo y si no me creen, crean al menos en mis obras.

¿A qué obras se refiere Jesús? Creo que nosotros pensaremos instintivamente a los milagros que él hace y que prueban la verdad de sus afirmaciones. NO. No son éstas las obrasa las que se refiere Jesús. Es como si Jesús dijese a sus discípulos: ‘Ustedes tienen las Escrituras disponibles que revelan, progresivamente, este rostro de Dios que ustedes tienen en plenitud delante de sus ojos. Piensen en este rostro de Dios que comienza a manifestarse en la Escritura y se darán cuenta que ahora ha llegado la luz plena, en continuidad con esta luz que ya comenzaba a resplandecer en el Antiguo Testamento. Dios es el Padre de la vida.Las obras del Padre han sido siempre el amor y el don de la vida. ¿No es acaso el Padre de los pobres, el defensor de los huérfanos, de las viudas, el protector del extranjero indefenso?¿No es acaso el Dios que rechaza el culto hipócrita del templo y, en vez, quiere la justicia, el compartir el pan con el hambriento, el vestido con quien está desnudo? Es el Dios que no echa en cara a la gente sus errores, sino que los libra de sus pecados. Dios no ve el pecado dl hombre; ve lo bueno que existe en sus hijos e hijas; y cuando hay algo que daña a sus hijos e hijas Él lo purifica.

El libro de la Sabiduría, en el capítulo 11 –es muy hermoso– dice: “Dios cierra los ojos a los pecados de los hombres” (Sab 11,23) y busca que encuentren el camino adecuado; no se enoja contra ellos, sino que los quiere liberar y ‘cierra los ojos’. Muy hermosa esta imagen. También el libro de Ben Sirá que dice que Dios ‘disuelve nuestros pecados como el sol derrite la escarcha con su calor’. También el hermoso salmo 103 cuando dice: “Como dista la aurora del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos” (Sal 103,12). También Miqueas: Dios que arroja al mar nuestros pecados. Nosotros, que nos preocupamos tanto por nuestras debilidades que nos aspavientan, nos humillan… NO. Dios ve lo bello que está dentro de nosotros. Y esto ya en el Antiguo Testamento. Y esta luz sobre el rostro de Dios, hermoso, bueno que solamente ama, que es bueno y solamente bueno, brilla en plenitud sobre el rostro de Jesús. También Jeremías en el capítulo 31, cuando dice que ‘Dios no recordará más el pecado’… Dios que enloquece… recuerda todo excepto nuestros pecados. ¿No es acaso esta la luz del Antiguo Testamento que luego prepara la luz espléndida de las obras realizadas por Jesús, que están en plena sintonía con las obras del Padre?

Y por eso Jesús dice: crean al menos por las obras que yo hago y que ustedes ven y que son las obras del Padre del cielo. “Les aseguro: quien cree en mí hará las obras que yo hago, e incluso otras mayores, porque yo voy al Padre”. Estas obras del Padre, manifestadas en Jesús no se acaban con él. Dice Jesús: “quien cree en mí hará las obras que yo hago, e incluso otras mayores”.

Jesús vivió en un tiempo concreto, muy limitado, en un lugar muy pequeño; Palestina tiene apenas 20.000 kilómetros cuadrados. La manifestación de las obras del Padre en Jesústerminó con la vida de Jesús. Este es el gran mensaje. Ahora el Padre continúa manifestando sus obras… ‘como lo ha manifestado en mí –dice Jesús– ahora continúa manifestándolo a través de ustedes. No son milagros las obras que ustedes encuentran y que el Padre ha hecho siempre; son aquellas que yo mismo he hecho durante toda la vida’. Cuando abrimos el testamento buscamos inmediatamente qué es lo que nos ha dejado en herencia. ¿Qué nos ha dejado en herencia? Su mismo Espíritu. Ese Espíritu que nos lleva a comportarnos como el Padre y, por tanto, a manifestar sus mismas obras. No podemos desear una herencia mayor.

Les deseo a todos una buena Pascua y una buena semana.

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