5 DOMINGO DE CUARESMA – AÑO A

Juan 11,1-45

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Un buen domingo para todos.

¿Qué ocurre con los que encuentran a Cristo en sus vidas? Nos lo dijo en el Evangelio del domingo pasado: Abren los ojos, ven el mundo, la familia, el dinero, los amigos, de una manera diferente a como los veían antes. Tienen una luz; ven hacia donde van porque ahora tienen los ojos abiertos, pero queda una pregunta: ¿A dónde estoy yendo? Cristo me ha abierto los ojos y cuando sigo la luz del Evangelio, ciertamente me convierto en una bella persona que se asemeja a Cristo, pero sigue el interrogante: ¿Cuál es el destino final de mi vida?

Si queremos ser realmente personas tenemos que hacernos esta pregunta ¿qué es nuestra vida? ¿Es un corto viaje a la tumba? Si este fuera nuestro destino nos preguntaríamos si valdría la pena nacer. También ¿valdría la pena dar a luz niños y luego entregarlos al monstruo que es la muerte? Y si existe un Dios que nos hizo con este destino, nos estaría observando mientras caminamos hacia la tumba. Sería un Dios cruel.

Nuestra cultura nos lleva a eliminar el pensamiento de la muerte, e incluso los cristianos están marcados por esta cultura y no les gusta pensar en el destino final, también creen que es desagradable, de mal gusto. A menudo, de hecho, incluso los cristianos reducen la fe en Cristo a una lista de oraciones para que intervenga para salir adelante lo más posible con esta vida biológica; y cuando no concede las gracias o milagros que se piden se preguntan, ¿para qué sirve la fe, si luego Dios no me ayuda cuando estoy acorralado por este monstruo que es la muerte?

Tratamos siempre de posponer este momento. No pensamos en el significado último de nuestra vida. La pregunta es inevitable: ¿Me hundiré en un oscuro y silencioso abismo, el ‘sheol’, permaneceré allí y todo se disolverá en la nada de la que vengo? El mundo continuará después de mí tranquilamente. Es precisamente esta nada la que es difícil de aceptar porque sentimos que fuimos hechos para la vida, para el infinito. Dios nos hizo para la vida. ¿Qué respuesta da Jesús a esta pregunta?

Si Jesús no responde esta pregunta el resto del Evangelio es algo hermoso, que nos ayuda a vivir, pero falta la respuesta a la pregunta que más nos angustia, ¿dónde termino al final de mi vida? Hoy la liturgia nos ofrece el Evangelio de lo que impropiamente se llama la ‘Resurrección de Lázaro’. Debemos tener mucho cuidado porque el tema es delicado. El evangelista no quería escribir una crónica de un hecho, y quien lo interpretara así se encontrará enfrentándose con preguntas que no podría responder. Por ejemplo, después que Jesús haya realmente resucitado a Lázaro, como se describe en este episodio del Evangelio según Juan, es posible que no se le ocurriera a nadie decir a Jesús, ‘ya que has resucitado a Lázaro, mira hay un pariente mío que murió hace unos días, hazlo resucitar también a él’.

No quiero hacer bromas, pero es importante abordar este texto que no es crónica, sino que se trata de una página de teología que compuso el evangelista Juan, probablemente a partir de una curación significativa realizada por Jesús; pero el mensaje es dar la respuesta a la pregunta sobre la que nos hemos detenido hace un momento. Para entender esta página debemos hacer una distinción entre la ‘resurrección’ y la ‘reanimación’.

Decía que no es exacto llamar resurrección a la de Lázaro; es una resucitación y para entenderlo imaginemos tres mundos: el primer mundo es donde vivimos, crecemos, trabajamos, formamos una familia; es nuestro mundo. Sabemos que este no es nuestro destino final. Sabemos que en algún momento tenemos que entrar en un segundo mundo que los judíos llamaban el ‘Sheol’. Esa cueva que parecía una boca; viene del verbo ‘shaal’. Nos llama a todos a entrar en el segundo mundo. Si alguien puede sacarme de este segundo mundo y devolverme al primero, no es la resurrección sino la resucitación; me lleva de nuevo a esta realidad donde estoy acostumbrado a vivir, con el problema de que tengo que morir una segunda vez, tengo que volver a este segundo mundo, el del reino de los muertos, del Sheol.

La resurrección no significa volver de aquí porque entonces la muerte vuelve a tomar la presa. Esta no es una victoria sobre la muerte. Cuando Jesús realiza estos signos debemos entender qué mensaje quiere darnos, qué victoria es capaz de lograr contra la muerte. La victoria sobre la muerte es introducir a los que han entrado en el segundo mundo al tercer mundo, el mundo de Dios, es decir, todos debemos pasar de este reino de los muertos porque esta es la condición del hombre. En la Pascua Jesús nos lo dijo, no lo sabíamos, los más sabios lo intuían, pero no teníamos la certeza. En la Pascua Jesús derribó la puerta del Sheol y llevó a todos al tercer mundo, que es el mundo de Dios.

Cuando uno resucita significa que ha entrado en el tercer mundo; y del tercer mundo, el mundo de Dios donde uno se reviste del nuevo cuerpo, el cuerpo espiritual, incorruptible, como lo llama Pablo, uno ya es despojado de este cuerpo, no se puede volver a este mundo. Entendemos entonces que Lázaro no fue al tercer mundo y, por lo tanto, no ha resucitado, porque si hubiera resucitado no habría vuelto atrás. Fue reanimado; no sabemos en qué situación se encontraba, pero la realidad es que fue devuelto a este mundo. Si Lázaro hubiera realmente resucitado, es decir, hubiera entrado en el mundo de Dios, no le habría hecho un gran favor al traerlo aquí para que después tenga que desandar el mismo camino para morir por segunda vez, y entonces realmente resucitar para siempre. ¿Dónde está ambientado este episodio?

Escucharemos que Jesús está en Betabara, lo ven al fondo, y también ven el Mar Muerto; es una toma aérea muy hermosa. Jesús está allí, donde fue bautizado, y está junto con sus discípulos y desde allí oiremos dentro de poco que recibe la noticia de que Lázaro está enfermo. Observen que también se indica dónde se encuentra Betania. Betania está a tres kilómetros de Jerusalén y lo pueden ver; antes de llegar al Monte de los Olivos, donde comienza al bajar el desierto de Judá. Y también se muestra el templo de Jerusalén, así pueden localizar dónde tuvo lugar este episodio tan importante que se cuenta en el Evangelio según Juan. Aquí tienen también una foto del pueblo de Betania tal y como era a finales del siglo XIX. El pueblo de la época de Jesús no era muy diferente de lo que se ve. Era la aldea que Jesús visitaba a menudo porque allí había una familia que él apreciaba mucho, compuesta por dos hermanas y un hermano, como dentro de poco oiremos.

Escuchemos ahora el comienzo del pasaje del Evangelio:

“Había un enfermo llamado Lázaro, de Betania, el pueblo de María y su hermana Marta. María era la que había ungido al Señor con perfumes y le había secado los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro estaba enfermo. Las hermanas le enviaron un mensaje: Señor, tu amigo está enfermo. Al oírlo, Jesús comentó: Esta enfermedad no ha de terminar en la muerte; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella. Jesús era amigo de Marta, de su hermana y de Lázaro”. 

La narración comienza presentando a una familia un tanto peculiar; no hay marido, esposa, padres, hijos; solo hermano y hermanas. Una de las hermanas, María, es recordada por haber rociado con el perfume de nardo al Señor. El nardo en la Biblia indica el amor. Esta hermana dona todo lo que tiene, sin condiciones, sin reserva, para el Señor. Es exactamente lo que Jesús pide a cada uno de sus discípulos: el amor incondicional por los hermanos y hermanas. Lázaro, que debería ser el protagonista, tiene un papel secundario, muy marginal, y sólo se le recuerda como hermano de María y de Marta.

Y hay otra característica de esta familia que se compone sólo de hermano y hermanas:sus miembros están unidos por una estrecha relación de amor con Jesús. Cuando las hermanas mandan a decir a Jesús que Lázaro está enfermo, no dicen que Lázaro está enfermo, sino ‘el que amas está enfermo’. Y luego se dirá que Jesús amaba a Marta, María y Lázaro. Cuando los judíos, frente al tumba de Lázaro, ven a Jesús que rompe a llorar, dicen, ‘mira cómo lo amaba’.

Entonces queda claro que el significado que el evangelista Juan pretende dar a esta familia no es nada más que la imagen de la comunidad cristiana en la que no hay superiores,inferiores, padres, maestros… son todos hermanos y hermanas. Y son inmensamente amados por el Señor. Digámoslo enseguida para orientarnos mejor. Nos encontramos ante la comunidad cristiana en la que muere un hermano; y esta comunidad cristiana se pregunta si Jesús puede hacer algo cuando un hermano muere. Nos gustaría tenerlo siempre con nosotros, y por eso le pedimos a Jesús que intervenga para vencer a la muerte y mantenerlo siempre con ellos. Esto no es posible, pero cuando un hermano muere, ¿puede Jesús hacer algo? Esta es la pregunta.

Cuando Jesús recibió la noticia de que el que ama está enfermo dice: “Esta enfermedad no ha de terminar en la muerte; es para gloria de Dios”. Con estas primeras palabras está preparando el mensaje que luego captaremos a lo largo del relato. La enfermedad que lleva a la muerte biológica no es para Jesús una enfermedad de muerte. Para Jesús, la muerte biológica no toca la vida de la persona, no es para la muerte sino para que se manifieste la gloria de Dios. La gloria de Dios es la manifestación de cuánto ama a la humanidad.

Cuando miramos la creación nos damos cuenta de que Dios ha amado al hombre, ha preparado un hermoso hogar; captamos el amor, pero ¿qué guarda para nosotros? Si queremos captar todo el amor que Dios tiene por el hombre, en algún momento punto queremos saber lo que aún nos espera más allá de esta vida biológica. Aquí está lo que dice Jesús: ‘Esta enfermedad que lleva a la muerte biológica, no es para la muerte, sino para que el hombre que pasa por la muerte pueda descubrir la maravillosa sorpresa que Dios le tiene reservada’.

Es precisamente al pasar por la muerte que se revelará cuánto ama Dios al hombre. Y digamos también que no es posible imaginar que haya algo mejor que lo que Dios ha preparado para nosotros. Escuchemos lo que hace Jesús después de haberse enterado de la enfermedad de este hermano de la comunidad que ama:

“Sin embargo cuando oyó que estaba enfermo, prolongó su estadía dos días en el lugar. Después dice a los discípulos: Vamos a volver a Judea. Le dicen los discípulos: Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y quieres volver allá? Jesús les contestó: ¿No tiene el día doce horas? Quien camina de día no tropieza porque ve la luz de este mundo; quien camina de noche tropieza porque no tiene luz. Dicho esto, añadió: Nuestro amigo Lázaro está dormido; voy a despertarlo. Contestaron los discípulos: Señor, si está dormido, sanará. Pero Jesús se refería a su muerte, mientras que ellos creyeron que se refería al sueño. Entonces Jesús les dijo abiertamente: Lázaro ha muerto. Y me alegro por ustedes de no haber estado allí, para que crean. Vayamos a verlo. Tomás –que significa mellizo– dijo a los demás discípulos: Vamos también nosotros a morir con él”.

Habríamos esperado que, al oír la noticia de la enfermedad de Lázaro, Jesús partiera inmediatamente hacia Betania; en cambio, se queda otros dos días donde estaba. Este comportamiento enfadará a las dos hermanas que lo reprenderán: “Si hubieras estado aquí nuestro hermano no habría muerto”. ¿Por qué se comportó así Jesús? Es un mensaje importante para nuestras comunidades cristianas; al dejar morir a Lázaro, Jesús nos dice que no ha venido a impedir la muerte biológica, no le corresponde interrumpir el curso natural de la vida humana.

A menudo recurrimos a Dios por este motivo; cuando nos encontramos en dificultades, le invocamos para que nos mantenga en esta vida. No es su tarea prolongar quizás una interminable vejez, No. La inmortalidad biológica no es posible; para el ser humano, por su naturaleza, su destino, es ser mortal. Dios no interviene para cambiar la naturaleza humana, no puede hacerlo. Luego, Jesús dice a los discípulos, ‘vayamos a Judea’ y añade ‘nuestro amigo Lázaro está dormido, pero voy a despertarlo’.

Es una imagen que más tarde se hará común entre los cristianos, la muerte como sueño para un despertar. Pablo, por ejemplo, escribiendo a los tesalonicenses, dice: ‘No queremos dejarlos en la ignorancia respecto a los que duermen”. Es el mismo término, ‘cementerio’, que empleamos; proviene de un término griego ‘koimeterion’ – ‘kiometerion’ que deriva del verbo ‘κοιμούμαι’ – ‘koimaomai’ que significa adormentarse. Es una imagen muy inadecuada, pero que se emplea para decir que la muerte biológica no es una muerte, es para un despertar. Al principio, los primeros cristianos eran enterrados junto con los paganos, pero luego sintieron la necesidad de estar juntos; ya que estaban juntos en este mundo también querían estar juntos en la muerte y llamaron al lugar de la sepultura donde estaban juntos, ‘οἰκητήριον’ – ‘oiketerium’, el ‘dormitorio’ en la expectativa de un despertar de este paso de la vida a la vida.

Luego Jesús dice, ‘nuestro amigo Lázaro murió’. Ese sueño es la muerte; y Jesús se pone en camino hacia Betania. Pero observaremos un hecho extraño: Jesús no entra en el pueblo, se detiene primero y espera allí a que todos salgan y vayan hacia él. Escuchemos:

“Cuando Jesús llegó, encontró que llevaba cuatro días en el sepulcro. Betania queda cerca de Jerusalén, a unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a visitar a Marta y María para darles el pésame por la muerte de su hermano. Cuando Marta oyó que Jesús llegaba, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Marta dijo a Jesús: Si hubieras estado aquí, Señor, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que lo que pidas, Dios te lo concederá. Le dice Jesús: Tu hermano resucitará. Le dice Marta: Sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le contestó: Yo soy la resurrección y la vida. Quien cree en mí, aunque muera, vivirá; y quien vive y cree en mí no morirá para siempre. ¿Lo crees? Le contestó: Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que había de venir al mundo”.

Nota el evangelista que cuando Jesús llega cerca de Betania Lázaro llevaba cuatro días muerto. Ese número 4 indica una muerte definitiva; iban a visitar la tumba durante tres días para ver si todavía había alguna señal de vida, pero al cuarto día se resignaban; estaba muerto. ¿Qué pasa en Betania frente a esta muerte? Dice el evangelista que los judíos fueron a María y Marta para consolarlas por la muerte de su hermano; iban a darles el pésame, como hacemos nosotros, repitiendo esas frases que al final no consuelan a nadie: ‘Ánimo; la vida sigue’, ‘son siempre los mejores los que se van’, ‘estará siempre en nuestra memoria’, ‘nadie muere mientras alguien lo guarde en su corazón’.

Yo diría que en estas situaciones quizás más que palabras es mejor el silencio; esta participación en el intenso dolor íntimo, intenso, que se manifiesta en el llanto. Luego, por supuesto, están los ritos de despedida que también vemos entre los no creyentes; y luego quizás lecturas de algún poema o canción que le gustaba a la persona que nos ha dejado. Es una forma de decir que la muerte ha querido alejarlo de nosotros, pero de alguna manera lo mantenemos aquí. Es una manera de superar este trauma de la pérdida de un ser querido.

¿Qué pasa ahora? Jesús no entra en el pueblo. Cuando Marta se entera que viene Jesús, va a su encuentro, mientras María se queda sentada en casa. Y cuando se encuentra con el Maestro, lo reprende; y no se arroja a sus pies como hará luego María. Se enfada con Jesús, ‘deberías haber estado aquí’ para hacer lo posible en esta única vida en la que creemos. Si Dios existe, ¿por qué no interviene cuando estamos necesitados?

Este sería el Dios que quisiéramos. Jesús no intervino y Marta le dice a Jesús, ‘pero yo sé que si le pides a Dios algo te lo concederá’. Lo que Marta tiene en mente es ciertamente el recuerdo de los grandes profetas, Elías y Eliseo que habían reanimado a los niños, el hijo de la mujer de Sarepta y el hijo de la familia de Sunem. Allí se trataba de una reanimación de niños que acababan de expirar. Lázaro, en cambio, llevaba cuatro días muerto, y ¿qué puede hacer Jesús?

Marta se dirige a él porque piensa sólo y todavía que la vida sea esta y sólo esta. Jesús le responde, ‘tu hermano resucitará’. La concepción farisaica, que claramente Marta comparte, era la creencia de que cuando llegara el reino de Dios, los justos serían resucitados, es decir, volverían a esta vida para disfrutar este nuevo mundo. Y Marta le dice a Jesús, ‘mi hermano, siendo uno de los justos, ciertamente resucitará en ese momento’. Pero esta resurrección no consuela a nadie.

Tengamos cuidado de no proyectar en el futuro la resurrección de la que Jesús habla. Cuando se entra, como he dicho antes, en el segundo mundo, el mundo del reino de los muertos, no se queda allí, se entra inmediatamente al tercer mundo porque Jesús ha abierto de par en par la puerta de esta tumba, no para volver aquí, sino para entrar en el mundo de Dios.Esto es lo que Jesús le dice a Marta: “Yo soy la Resurrección y la vida, quien cree en mí, aunque muera, vive”.

Marta cree en el Dios que resucita a los muertos. En vez, Jesús habla del Dios que da una vida que no muere y que va más allá de la muerte biológica. ‘El que crea en mí ya tiene la vida eterna’ ha dicho Jesús; y ‘el que coma mi carne y bebe mi sangre, tiene la vida del Eterno, que no es tocada por la vida biológica’. El que muere, en realidad no muere, sino que entra con su vida divina, que le fue dada en el mundo, entra en la casa del Padre. Continúa Jesús, ‘quien vive y cree en mí, no morirá eternamente’.

Jesús lleva la Resurrección al presente; pero la resurrección, no la resucitación, sino una entrada inmediata en el mundo de Dios. Jesús no vino a resucitar cadáveres sino a donar a los vivientes una vida que no muere. ¿Qué significa? Aquí tenemos que recurrir a algunas imágenes y creo que la más bonita es que de pensar en gemelos en el vientre de su madre. No tienen ni idea de la vida que les espera; están contentos de tener su cordón umbilical y para ellos dejar esa vida es una muerte. Imaginemos que uno de los gemelos nace; ¿qué piensa el gemelo que queda en el vientre materno? Que su hermano está muerto. En realidad, no murió, entró en una vida completamente diferente, pero salió de ese pequeño mundo en el que en un momento dado estaba demasiado apretado.

Exactamente lo que nos sucede después de una larga vejez; quizás anhelamos otra vida, otro mundo; lo que dice Pablo en la carta a Timoteo: ‘Ha llegado el momento de arriar las velas, es decir, de dejar este mundo e ir a otras orillas’. La fe nos permite ver la muerte y el paso de este mundo a un mundo definitivo, como un momento dramático, doloroso, pero un momento bendito porque te permite luego contemplar cara a cara a ese Dios que es Padre y Madre. El niño no puede contemplar el rostro de su madre en el vientre materno; sólo cuando sale de esta forma de vida se encuentra cara a cara con el rostro de la madre. Sólo así podemos contemplar el rostro de Dios, cuando pasemos de la vida a la vida.

Hay un hermoso dicho de Laozi que dice: ‘Lo que para la oruga es el fin del mundo, para el resto del mundo es una mariposa’. La oruga no muere, desaparece como oruga, pero sigue viviendo como mariposa. Marta responde a Jesús diciendo, ‘Creo que eres el Cristo, el hijo de Dios que viene al mundo’. Jesús hizo comprender a Marta qué significado tiene la muerte de un hermano. Marta acogió la luz que la palabra de Jesús dio a este acontecimiento doloroso que está experimentando y dio su adhesión a esta luz. Como consecuencia veremos que mientras todos los judíos y María lloran, Marta no llorará.

La hermana, María, sigue en el pueblo y ahora Marta va a invitarla a que haga su propia experiencia; a salir del pueblo donde todo el mundo está llorando y donde sólo hay palabras que intentan consolar, pero no dan el verdadero consuelo, el sentido al acontecimiento doloroso que están viviendo. La invita a salir de la aldea e ir al encuentro de Jesús. Escuchemos:

“Dicho esto, Marta se fue, llamó en privado a su hermana María y le dijo: El Maestro está aquí y te llama. Al oírlo, se levantó rápidamente y se dirigió hacia él. Jesús no había llegado aún al pueblo, sino que estaba en el lugar donde lo encontró Marta. Los judíos que estaban con ella en la casa consolándola, al ver que María se levantaba de repente y salía, fueron detrás de ella, pensando que iba al sepulcro a llorar allí. Cuando María llegó a donde estaba Jesús, al verlo, cayó a sus pies y le dijo: Si hubieras estado aquí, Señor, mi hermano no habría muerto. Jesús al ver llorar a María y también a los judíos que la acompañaban, se estremeció por dentro y dijo muy conmovido: ¿Dónde lo han puesto? Le dicen: Ven, Señor, y lo verás. Jesús lloró. Los judíos comentaban: ¡Cómo lo quería! Pero algunos decían: El que abrió los ojos al ciego, ¿no pudo impedir que éste muriera?”

En el encuentro con Jesús, Marta recibió una nueva luz; ahora ya no ve la muerte de su hermano como la vio antes, y quiere que su hermana tenga la misma experiencia. Por eso va a Betania y le dice a María: ‘El Maestro está aquí y te llama’. Jesús se había quedado allí donde Marta lo había encontrado. Esto es muy extraño como crónica. ¿Por qué Jesús no va a Betania para encontrarse con María en su casa, o no va a la tumba de Lázaro? Desde un punto de vista teológico el significado es claro; Jesús quiere que todos salgan de ese pueblo, que dejen la concepción de la muerte como el fin de todo que sólo hace llorar.

Observemos el detalle: Marta quiere que también María tenga su experiencia y habla en secreto; ‘λάθρᾳ’ – ‘lazra’ en griego significa en un susurro. Ciertas experiencias espirituales no pueden ser gritadas, deben ser comunicadas en voz baja, en un diálogo personal, en un contexto adecuado. No puede ser en un debate televisivo. Observamos también que en el encuentro con esta luz de Cristo no llega a todos al mismo tiempo; algún hermano o algunas hermanas llegan primero y luego comunican su experiencia a otros hermanos para que ellos también pueden tener la misma luz.

María sale del pueblo y con ella todos los judíos salen también; es hermoso que ahora todos salgan de Betania y vayan al encuentro de Jesús. María se arroja a los pies de Jesús y, como su hermana, le reprende porque sigue teniendo esa concepción de la muerte como el fin de todo y quien no trata de impedir esta muerte, debe ser reprendido si es que puede hacer algo. Jesús cuando ve a María llorando se estremece en su espíritu.

¿Qué significa esto? Jesús se estremece porque esta concepción de la muerte, que solo hace llorar, es muy peligrosa porque si se piensa que la muerte es el fin de todo, no se puede vivir como un hombre; vivir como humano significa dar la vida por amor; y quien piense que la muerte es el fin de todo, trata de aferrarse a la vida, no la da. Por eso Jesús se estremece ante esta concepción de los judíos y de nuevo pregunta a María: ¿Dónde lo han puesto?

Es la pregunta que también se nos hace ante un hermano que ha fallecido ¿Dónde lo colocan? ¿Lo ponen en el cementerio, como si fuera su último destino? La respuesta que le dan a Jesús: ‘Ven y verás dónde lo hemos puesto’. Los hombres colocan al muerto en una tumba.

Jesús derramó lágrimas; no se dice que se echó a llorar, no. En griego, ‘se hechó a llorar’ se dice: ‘klaiein’; aquí se usa un verbo maravilloso: ‘Ἐδάκρυσεν’ – ‘edakrisen’ que significaque las lágrimas fluyen y no se pueden controlar. Es el dolor de Jesús ante la muerte de un amigo. Es exactamente la experiencia que toda persona tiene. Existe una forma diferente de llorar ante la muerte; la del desesperado ‘klaiein’, se tira de los pelos porque es el final de todo; ‘edakrisen’ es diferente. No se puede evitar derramar lágrimas cuando se pierde a un ser querido, pero no es un llanto como los que no tienen esperanza.

La muerte es siempre un acontecimiento trágico y dramático y debe ser vivido con respeto, con el dolor solidario que se expresa en lágrimas, pero los que han encontrado a Cristo lloran de una manera diferente. La observación que hacen los judíos es ‘vean cuánto lo amaba’. Es el amor que, frente a la pérdida de un amigo, provoca lágrimas. Los judíos observan: “El que abrió los ojos al ciego, ¿no pudo impedir que éste muriera?” Siguen pensando que el amor se manifiesta solamente en perpetuar la vida biológica. No, Jesús no vino a prolongar la vejez, vino a decirnos que Dios nos ha dado una vida que no es tocada por la muerte biológica.

Escuchemos ahora lo que hace Jesús ante la tumba de Lázaro:

“Jesús, estremeciéndose de nuevo, se dirigió al sepulcro. Era una caverna con una piedra adelante. Jesús dice: Retiren la piedra. Le dice Marta, la hermana del difunto: Señor, huele mal, ya lleva cuatro días muerto. Le contesta Jesús: ¿No te dije que si crees, verás la gloria de Dios? Retiraron la piedra. Jesús alzó la vista al cielo y dijo: Te doy gracias, Padre, porque me has escuchado. Yo sé que siempre me escuchas, pero lo he dicho por la gente que me rodea, para que crean que tú me enviaste. Dicho esto, gritó con fuerte voz: Lázaro, sal afuera. Salió el muerto con los pies y las manos sujetos con vendas y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: Desátenlo para que pueda caminar”.

Frente al sepulcro de Lázaro Jesús dio la orden de quitar esa piedra; es la piedra que separa el mundo de los vivos del mundo de los muertos; ya no debe existir porque todos están vivos. Marta reacciona diciendo, ‘mi hermano está muerto; no es posible quitar esta piedra porque hay una separación entre el mundo de los vivos y el mundo de los muertos’. Jesús dice: ‘No; quiten esa piedra’. Marta cree, pero se queda con la duda, un poco como nosotros;y Jesús le dice: ‘¿No te dije que si crees con la mirada de la fe puedes ver cuál es el destino del hombre?’ “Verás la gloria de Dios”, o sea, lo que ha preparado para nosotros.

Es realmente difícil quitar es piedra, pero si no la rodamos seguiremos yendo al cementerio a llorar, pensando que todavía existe esa piedra que separa el mundo de los vivos del mundo de los muertos. No; todos están vivos. Quitan la piedra y Jesús grita: “’Lázaro, sal fuera’. Y el muerto salió”. Notemos que no se dice Lázaro sino el muerto salió. Jesús sacó al muerto de la tumba en la que estaba atado de pies y manos con vendas y su cara envuelta en un sudario. Por tanto, todas las señales de la muerte.

Si fuese crónica, Lázaro, que estaba atado, debería haber volado. No es crónica; es lo que Jesús logró hacer; ha gritado el grito de victoria de la vida que trajo al mundo por encima de la muerte. Y de la orden: “Desátenlo para que pueda caminar”. Dejarlo ir ¿a dónde? Si fuese crónica habríamos esperado que en este punto se mencionaran los sentimientos de alegría de Lázaro, su gratitud, el abrazo dado a Jesús, a todos los presentes; y luego la fiesta. No; Jesús dice: “Desaten al muerto”; esta orden está dirigida a nosotros. ‘Desaten al muerto y déjenlo andar’.

Nosotros estamos siempre tentados de mantener la persona con nosotros porque la queremos; no, llega el momento en que debemos ‘desatar’ y dejar andar a esta persona hacia su destino que es la casa del Padre. Me gustaría concluir esta reflexión sobre la resucitación de Lázaro, que es la verdadera resurrección de Lázaro, la de la entrada definitiva en el mundo de Dios.

Me gustaría concluir presentando una pequeña losa de mármol encontrada en los museos del Vaticano. Observemos que hay una inscripción funeraria en esta losa colocada sobre la tumba de un niño. La inscripción en latín dice: “Aquí descansa un niño inocente llamado Sidi, de cuatro meses y 24 días, llamado por Dios al mundo de la Paz”. Observemos lo que hay en esta losa: una corona de laurel, que es el signo de la victoria sobre la muerte, y en el centro de esta corona está la cruz monograma de Cristo, que es el vencedor de la muerte. Y hay dos palomas con una rama de olivo en el pico, signo del mundo donde reina la paz para siempre.

Luego, lo que es más importante, en los dos extremos del brazo transversal de la cruz aparecen las dos letras del alfabeto griego: la Omega y el Alfa. Es extraña la posición de estas dos letras que indican el principio y el final del alfabeto; habríamos esperado el Alfa y la Omega. El Alfa el principio de la vida y la Omega a la conclusión. No; quien colocó esta inscripción, tal vez los dos padres de Sidi, dijeron que el Omega de la vida de Sidi era el Alfa, el comienzo de una vida plena con Dios.

Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana.

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