3 DOMINGO DE PASCUA – AÑO A
Lucas 24,13-35
Feliz Pascua.
Para poder comprender el mensaje del evangelio de hoy, uno de los más hermosos del Nuevo Testamento, creo que será útil colocarlo en el tiempo y en el lugar donde, con toda probabilidad, fue compuesto. El autor es Lucas, un médico de Antioquia, que se había convertido a Cristo unos diez años después de la Pascua. Luego se fue a vivir a Filipos, una ciudad muy rica de Macedonia. En esta ciudad Pablo había fundado una comunidad a la que estaba muy aficionado pues, además de ser muy fervorosa, era muy generosa. Siempre ayudó a Pablo en sus viajes y en su actividad apostólica.
En el fondo he colocado la majestuosa ‘ágora’ de Filipos y quiero que se fijen en esta ágora un lugar que está señalado y es muy importante: la biblioteca de Filipos. También pueden apreciar las salas de esta biblioteca. Insisto porque Lucas, que vivió en Filipos durante varios años, ha pasado ciertamente muchos días en esta sala, pues era un apasionado lector de libros clásicos.
Y para comprender el mensaje de este texto necesitamos traer a la mente las situaciones que estaban viviendo los cristianos de la comunidad de Lucas porque para responder a los interrogantes que ellos tienen en el corazón Lucas compone este relato de los dos discípulos de Emaús. ¿En qué situación están? Es un momento de crisis. Son los años de Domiciano, la ‘bestia’ del que habla el Apocalipsis. Los cristianos son marginados, discriminados, padecen abusos, y muchos no resisten. Dejan la comunidad y regresan a la vida pagana. La ciudad de Filipos se prestaba para la vuelta a los placeres de este mundo. Era una ciudad rica, con las minas de oro en el monte Pangea, la llanura muy fértil, irrigada por el rio Gangites.
Este es el primer contexto donde se coloca este texto. Luego, habían pasado 60 años de la Pascua. Estamos en la tercera generación de cristianos y comienza el estancamiento. Casi todos los que han conocido a Jesús de Nazaret ya han partido y los cristianos de la comunidad de Lucas, de Filipos, concretamente, se ponen este interrogante: ¿será también posible para nosotros encontrar al Resucitado? De otra forma, ¿cómo podremos nosotros dar testimonio que Él está vivo si no lo hemos nunca visto con nuestros ojos, no lo hemos tocado con nuestras manos y nunca nos hemos sentado a la mesa con Él? ¿Hemos de contentarnos con creer lo que otros nos han narrado ya que se trata de testimonios creíbles? Pero dar una adhesión a Cristo porque son creíbles aquellos que dan testimonio de lo que Él ha hecho ¿es suficiente para una adhesión de fe? Diré que NO. Esta sería la conclusión de un razonamientode sentido común.
La fe es un envolvimiento que le hace a uno enamorarse de una persona, que hace enamorar de Cristo. Y para que se desencadene el enamoramiento no es suficiente haber sentido la narración de cosas maravillosas que él ha hecho. Es necesario hacer una experiencia personal de encuentro con él, para que lleve ese atractivo que lleva después a unir nuestra vida a la suya. Lucas nos cae simpático. ¿Por qué? Porque Lucas es uno de nosotros.Lucas no conoció a Jesús de Nazaret igual que nosotros que no lo hemos visto. Lucas se convirtió a Cristo porque ha sentido hablar de Cristo a los apóstoles. Finalmente, conoció a Cristo de la misma manera que lo conocemos nosotros, a través del evangelio. Los evangelios nos narran lo que los apóstoles han contado también a Lucas. Pero, ¿es suficiente este encuentro para hacer desencadenar el enamoramiento por Cristo? La respuesta es NO.
Se requiere un encuentro personal con él: la experiencia del Resucitado. Intentemos releer el encuentro con el Resucitado de los dos discípulos de Emaús como una parábola de la experiencia que Lucas ha hecho y que nosotros estamos llamados a hacer, como Lucas la hizo. Vamos a escuchar en la lectura que tenemos a dos discípulos que caminan hacia Emaús.Uno de llama Cleofás y el otro no tiene nombre.
En el discípulo sin nombre podemos ver la experiencia espiritual que Lucas hizo. Hizo la experiencia del encuentro con el Resucitado y nos propone su experiencia para que también nosotros la podamos hacer.
Escuchemos este relato:
Aquel mismo día de Pascua, dos de ellos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, que está a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino conversaban sobre todo lo sucedido.Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona los alcanzó y se puso a caminar con ellos. Pero ellos tenían los ojos incapacitados para reconocerlo.
¿Quiénes son los dos discípulos de Emaús? Son dos ‘de ellos’, esto es dos que pertenecen al grupo más cercano a Jesús, dos discípulos que hoy llamaríamos en nuestra comunidad la gente comprometida, los que participan en encuentros, cursos, grupo sobre los cuales se puede uno fiar siempre, siempre disponibles. Precisamente ellos, dejan Jerusalén,abandonan la comunidad y se van por su cuenta. ¿Quiénes son? Uno es Cleofás, pero ¿por qué no dice cómo se llamaba el otro? ¿Se habrá olvidado el nombre? NO, de lo contrario no hubiera mencionado el primer nombre.
El segundo discípulo, el sin nombre, es una clara invitación de Lucas para los cristianos de su comunidad a poner su propio nombre y a recorrer el camino que hace Cleofás para llegar a ver al Resucitado, a ver a ese Jesús de Nazaret resucitado que camina al lado de la comunidad, pero los ojos de los discípulos no son capaces de verlo, de ver su presencia al lado del discípulo. Se retiran… ¿por qué? Es un momento de crisis, exactamente lo que está pasando en Filipos, momento de desilusión. La espera del reino de Dios que había estado anunciado por los profetas se quedaron esperando, desilusionados. Se alejan, van por su propia cuenta pues están convencidos que no vale la pena continuar esperando un mundo nuevo que viene anunciado pero que parece que falló.
Repito, es la situación de los cristianos de la comunidad de Lucas, Y, digamos también, la nuestra situación de la Iglesia de hoy, donde vemos que, igual que en Filipos, hay muchos abandonos. Muchos en Filipos les hacían burlas por la espera que continuaban a esperar la venida del Señor. Esta expresión burlona se encuentra referida en la carta de Pedro: ‘¿Dónde quedó la promesa de su venida? Desde el día en que nuestros padres han cerrado sus ojos, todo permanece como al principio del mundo, nada cambia, mejor replegarse sobre los problemas concretos de esta vida.
Y como los dos discípulos de Emaús, también muchos cristianos de la comunidad de Lucas, se retiran. Y diré que es lo mismo que sucede en nuestra Iglesia hoy. Luego, el lugar a donde se dirigen: Emaús. Se alejan porque han perdido toda esperanza. Y ¿qué pasa en el camino? Conversaban entre ellos sobre lo que había sucedido y discutían… El verbo griego es ‘συζητεῖν’ = syzétein = debatían. ¿Cómo puede ser esto? Son dos amigos… sí, estaban desilusionados pero, ¿vale la pena debatir? ¿Por qué está pasando esto? Se pelean entre ellos, con malhumor. No están contentos por haber abandonado a la comunidad. Cada uno busca la razón de lo que ha fallado porque no se resignan.
Un poco como pasa hoy. Algunos se alejan de la comunidad porque no les gusta, hay ciertas cosas que no deberían existir y luego se comienza a echar la culpa uno al otro… ‘es culpa de los conservadores…’ ‘no, la culpa es de los innovadores’. La pelea no da ninguna alegría. Si hubiesen hecho la paz entre ellos y hubiesen dicho ‘la experiencia acabó mal… paciencia, aceptémoslo con amargura, pero no peleemos; no continuemos a buscar soluciones que no existen; vayamos cada uno por nuestro camino’. Muchas veces pasa que cuando las cosas no van bien se busca siempre a los culpables. Se señala a alguien que ha fallado porque la sensación de amargura y de descontento quiere desfogarse.
Es lo que escuchamos que pasa hoy que algún cristiano importante, muy comprometido, que ha dejado la comunidad. Afuera no están contentos y continúan a desfogarse acusando las situaciones o las personas que han provocado esta desilusión en ellos. Diría que es un dato a favor de estas personas que sean vulnerables por este sufrimiento porque si ellos no experimentaran este dolor quiere decir que nunca habían amado la causa. Si se tratase de personas indiferentes se consolarían fácilmente. Pero también quiere decir que no se preocupaban mucho de la vida de la comunidad eclesial. Mientras van de camino Jesús se aproxima.
Es una situación de amargura, pero Jesús está presente a su lado, pero sus ojos estaban impedidos de reconocerlo. No ha habido ningún milagro. No es que Jesús haya querido darles después la sorpresa de hacerse ver. NO. Él ha caminado siempre al lado de estos discípulos. Son los ojos de ellos que estaban impedidos de verlo.
Esos dos somos nosotros que continuamos amando a la comunidad cristiana pero, a la vez, estamos enojados por lo que pasa porque las cosas no van como nosotros esperaríamos.Y ahora nos parece estar solos, olvidamos que Jesús está a nuestro lado porque él está, pero nuestros ojos no lo captan.
Escuchemos ahora cómo Jesús entra en diálogo con estos discípulos:
Él les preguntó: ¿De qué van conversando por el camino? Ellos se detuvieron con rostro afligido, y uno de ellos, llamado Cleofás, le dijo: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén,que desconoce lo que ha sucedido allí estos días? Jesús preguntó: ¿Qué cosa? Le contestaron: Lo de Jesús de Nazaret, que era un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. Los sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. ¡Nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel!, pero ya hace tres días que sucedió todo esto. Es verdad que unas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado; ellas fueron de madrugada al sepulcro, y al no encontrar el cadáver, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles asegurándoles que él está vivo. También algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como habían contado las mujeres; pero a él no lo vieron.
Tratemos de imaginas cómo nos hubiésemos comportado nosotros con los dos discípulosque se alejaron de Jerusalén. Supongo que nosotros hubiésemos hecho enseguida un discurso muy claro y le hubiéramos dicho: ‘Se están equivocando… qué es lo que están discutiendo…regresen a Jerusalén…’.
La pedagogía de Jesús es diferente. Jesús se encuentra frente a personas heridas,amargadas porque han amado a Cristo, amaron el proyecto en el cual ellos se sintieron parte y ahora están desilusionados. Jesús quiere que ellos expliciten la razón por la que están tristes.Y hace una pregunta muy interesante: ¿Qué clase de argumentos son los que están discutiendo?
El verbo griego es muy hermoso: ἀντιβάλλετε = antibalein; quiere decir ‘intercambiar dardos entre ellos’. Diría que también nosotros nos encontramos de frente a hermanos/hermanas que se han alejado de la comunidad y que están amargados porque algo ha pasado que los dejó tristes, han visto sus sueños –son personas enamoradas de Cristo y de la Iglesia– no aquellos que nunca estuvieron profundamente ligados a la fe sino de forma muy aleatoria y superficial. NO. Son personas enamoradas que experimentaron la amargura de ver fracasar sus sueños y se han alejado. Cuando se encuentran a estas personas se necesita la pedagogía empleada por Jesús: hacer salir a flote la tristeza de ellos.
De hecho, se detienen, con rostro afligido, y responden a Jesús de manera poco cortés. “¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que desconoce estas cosas?” ‘¿Dónde estás viviendo?’ Es parecido a lo que responden hoy los que se alejan de la comunidad eclesial. Dicen: ‘¿No ves lo que está pasando en el mundo, no ves lo que está pasando en la Iglesia? Esta Iglesia que no se abre a la propuesta que hace el Evangelio, por tanto, no se decide a hacer el salto de calidad, para ser más evangélica… ¿dónde vives?’.
Esta tristeza de las personas enamoradas de Cristo hay que hacerla salir fuera. Y ellos responden a la pregunta que Jesús les hizo, prácticamente recitando el Credo: ‘Jesús de Nazaret, que era un profeta, potente en obras y palabras, que ha predicado el amor; luego fue entregado a los sumos sacerdotes y a los jefes y ha sido crucificado’.
Esta palabra ‘crucificado’ quiere decir: pendiendo del palo es un maldito de Dios. Esto es lo que les amarga porque era un justo, pero el Deuteronomio dice: “Maldito el que es colgado de un árbol” (Deut 21,23). Y esto es precisamente lo que los jefes de los sacerdotes querían para mostrar que Jesús no era un mártir; era un maldecido de Dios, como dice la Escritura.
Estos dos conocen la vida de Jesús, las cosas buenas que ha hecho, el maravilloso mensaje que ha predicado. Pero falta la resurrección. Y cuando falta esta fe en el resucitado las derrotas permanecen derrotas, la vida termina con la muerte y es una tragedia sin sentido. Esta es la oscuridad donde estos dos se están moviendo. Y continúan: “¡Nosotros esperábamos que él fuera el liberador de Israel!”.
Este es el primer error que están haciendo. Esperaban un mesías triunfador, no se habían dejado alcanzar mínimamente fuera de su concepción tradicional. Jesús había hablado del reino de Dios, pero no el reino que ellos tenían en mente. Ellos pensaban en el reino de los dominadores y Jesús predicaba el ‘reino de los servidores’. Ellos esperan la resurrección del difunto reino de Israel. Buscan el poder mientras que Jesús ha hablado del servicio. Y vieron derrumbarse sus sueños.
Esta es la primera razón de su desilusión. Diría que también hoy, cuando muchos dejan la comunidad cristiana es porque no han visto realizadas sus esperanzas. Cuando se oye decir: “¿Para qué sirve permanecer en la comunidad cristiana, a rezar, cuando yo debo resolver los problemas como todos los demás, el cielo no me ahorra de ciertas desgracias o ciertos problemas? Yo debo enfrentar la vida como todos los demás. Entonces ¿de qué sirve ir a la Iglesia? Este es el primer error. Nuestros sueños, ¿coinciden con el reino de Dios? Porque nuestras desilusiones pueden depender de esto.
Y continúan: “Es verdad que unas mujeres de nuestro grupo nos han desconcertado; ellas fueron de madrugada al sepulcro, y al no encontrar el cadáver, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles…”.
Segundo error que están haciendo estos dos. Algunos habían comenzado a ver algo, pero ellos prefirieron cerrar el discurso y no pensar más. Pensemos en la situación eclesial que estamos viviendo. Algunos están viendo un futuro y una primavera más evangélica de la Iglesia mientras que otros se alejan sin esperanza. No verifican si los profetas que hoy están presentes en la comunidad ya han visto un futuro maravilloso, esplendoroso de la vida de la Iglesia. Ellos prefieren alejarse. Sin verificar se resignan. Desaparecieron sus esperanzas.
Y luego continúan… no solo las mujeres, sino “También algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como habían contado las mujeres; pero a él no lo vieron”.Tercer error que cometieron. Ellos se alejaron mientras que los otros continuaron creyendo,permanecieron en Jerusalén aun sin haber visto al Resucitado. Un grupo continuó a buscar la luz mientras que estos dos se alejaron.
No es que los que permanecieron en Jerusalén sufrieran menos que los dos de Emaús, pero no escaparon.
Escuchemos ahora cómo Jesús, progresivamente, abre la mente y el corazón de estos dos:
Jesús les dijo: ¡Qué duros de entendimiento!, ¡cómo les cuesta creer lo que dijeron los profetas! ¿No tenía que padecer eso el Mesías para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que en toda la Escritura se refería a él. Con su pregunta, Jesús hizo salir fuera del corazón de estos dos la razón de sus amarguras. Y también ha hecho emerger los errores que ellos han cometido. Y ahora ¿qué hace? Emplea palabras duras. “¡Qué duros de entendimiento!, ¡cómo les cuesta creer lo que dijeron los profetas!”.
Les reprende, pero luego les explica el motivo por el que llegaron a un estado de amargura y confusión religiosa. Han llegado a esta situación porque han olvidado leer los acontecimientos a la luz de la palabra de Dios. Y ahora Jesús les abre la mente a la Escritura y comenzando de Moisés y de los profetas les interpreta lo que había acontecido. Los sucesos permanecen los mismos, pero una cosa es que se lean a la luz de los criterios humanos o a la luz de la palabra de Dios.
El significado cambia totalmente y se comprende que incluso los eventos dramáticos entran en un diseño del Señor cuando se leen a la luz de la palabra de Dios. Es la palabra de Dios la que desvela el misterio. Sin haber comprendido la Biblia, estos dos no ven con la mirada de Dios lo que ha acontecido. Y es por esto que Jesús les dice: insensatos, duros de corazón.
El camino de la cruz es inconcebible si se lo ve con los criterios de este mundo, una derrota. Pero visto a la luz de Dios, la vida entregada es la que es realmente gloriosa. Y ahora llega el momento en que los dos abren los ojos y ven al Resucitado.
Se acercaban al pueblo adonde se dirigían, y él hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: Quédate con nosotros, que se hace tarde y el día se acaba. Entró para quedarse con ellos; y, mientras estaba con ellos a la mesa, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista. Se dijeron uno al otro: ¿No sentíamos arder nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba la Escritura? Se levantaron al instante, volvieron a Jerusalén y encontraron a los Once con los demás compañeros, que afirmaban: Realmente ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Ellos por su parte contaron lo que les había sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
El Resucitado había esta siempre al lado de los dos que estaban en el camino. Eran sus ojos lo que les impedían verlo a causa de los errores que habían cometido. Llegan a Emaús. Y notemos que el evangelista evita todo detalle de crónica. Por ejemplo, no dice que encontraron a los familiares… que se saludaron… NO. Los protagonistas permanecen los mismos.
Lucas está haciendo catequesis. Está narrando como él ha visto al Resucitado y cómo los cristianos de su comunidad y nosotros hoy estamos invitados a verlo. Es el anochecer. El día está acabando. Es la hora en que en la comunidad de Lucas se celebraba la Eucaristía, el partir del pan en el día del Señor. ‘Partir el pan’ era la expresión técnica con la que se definía la Eucaristía en la comunidad de Lucas.
Y aquí es explícita la referencia a la Eucaristía. Parece que el misterioso compañero de viaje fuera el que ha presidido una solemne liturgia de la palabra anteriormente… cuando, comenzando desde Moisés y todos los profetas explica la Escritura. Y luego hace una buena homilía… una homilía que calienta el corazón.
Y cuando en la celebración eucarística existe, ante todo una celebración de la palabra que calienta el corazón, cuando se parte el pan, entonces se abren los ojos y se reconoce la presencia del Resucitado. En ese pan y en ese vino está la presentación de toda una vida entregada. Y cuando se contempla esta vida donada, uno se da cuenta que es verdad.
Nosotros también hacemos la experiencia. Cuando escuchamos una palabra que inflama el corazón, decimos ‘es verdad lo que estamos escuchando’. Y cuando con el pan partido vemos la vida donada por amor sentimos en el interior una voz que nos dice: la vida entregada no acaba en una tumba, sino que acaba en la gloria de la vida de Dios, en la resurrección. Ese es el momento en que vemos al Resucitado.
La persona que no está iluminada por la Escritura puede pensar que la nuestra es una ilusión, pero quien está preparado por la palabra de Dios, sabe que todo es verdad, que no es una ilusión. “Se dijeron uno al otro: ¿No sentíamos arder nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba la Escritura?”. No se maravillan de no verlo más con los ojos físicos, pero ha llegado el momento que, frente a ese pan partido, que indica la vida donada, sus ojos se han abierto porque han recibido la luz que les decía ‘es verdad’ que la vida donada es aquella que entra en el mundo de Dios.
Y, en este momento, se transforman en apóstoles. Regresan a la comunidad para anunciar a los hermanos la experiencia del Resucitado que ellos han hecho. Y junto con los demás proclaman su fe: “Verdaderamente el Señor ha resucitado”. Y podemos decir que este es el canto final con que se concluye la celebración de la Eucaristía en el día del Señor.
Les deseo a todos una buena pascua y una buena semana.
