3 DOMINGO DE CUARESMA – AÑO A
Juan 4,1-42
Un buen domingo para todos.
Uno siempre se queda un poco desconcertado cuando escucha el relato del encuentro de Jesús con la mujer samaritana. Advierte inmediatamente detalles que no son muy verosímiles, incoherencias narrativas que nos llevan a preguntarnos qué ha pasado allí realmente. Para abordar correctamente este pasaje, hagamos algunas observaciones.
La primera: Al leer el Evangelio de Juan, debemos tener siempre presente que este evangelista nunca se limita a relatar los hechos en su materialidad, que los relee de forma teológica, que emplea imágenes bíblicas y refiere a hechos y a textos del Antiguo Testamento, por lo que no es de extrañar que, al final, resulte difícil saber lo que realmente ocurrió.
Nunca debemos buscar en el Evangelio la respuesta a nuestra curiosidad, aunque sealegítima. Debemos interesarnos sólo por lo que el evangelista quiere decirnos porque es lo que nos interesa y lo que es suficiente para nuestra fe.
Eso es lo que intentaremos hacer hoy con este pasaje, no para responder a nuestra curiosidad sino para saber cuál es el mensaje que el evangelista nos quiere dar. Por tanto, si nos limitamos a considerar este pasaje como una página de crónica sufriremos una decepción porque ¿qué mensaje podemos extraer de él? ¿La exhortación moralizante? ¿Qué Jesús conoció a una mujer de costumbres laxas, que sabía cuál era su condición moral y que la devolvía al buen camino? Esto es muy poco como mensaje.
La segunda observación: Los personajes que encontramos en este evangelio son individuos concretos, reales, pero la forma en que el evangelista nos los presenta es una clara invitación a ver en ellos figuras arquetípicas, los símbolos de una opción determinada de vida. Frente a Cristo y su propuesta, uno puede adherirse a ella, o rechazarla, o estar indeciso. Como la samaritana.
Estos personajes son los representantes de una actitud espiritual que el evangelista quiere hacernos notar y que se refleja en nosotros. Juan quiere decirnos que tengamos cuidado porque algo de sus personajes está también presente en nosotros. Tal es también el caso de Natanael, un personaje que tiene sus convicciones, sus certezas, que lo llevan a afirmar con seguridad: “De Nazaret no puede salir nada bueno”. Sin embargo, porque es una persona leal, se deja desafiar por la novedad. ¿Acaso no existe un Natanael también presente en nosotros? ¡Cuántas veces tenemos nuestras convicciones y luego llega el Evangelio y le damos nuestra adhesión! Y de Marta, imagen del discípulo que tiene algunos problemas para creer que Jesús es el Señor de la vida, pero al final se regocija en esta luz. Hay una Marta dentro de nosotros porque nosotros también luchamos por comprender para acoger esta luz de Cristo. Y de María de Betania, expresión del amor incondicional del discípulo que no da su perfume a gotas (el amor del cristiano no se da con cuentagotas) sino que derrama todo el contenido del recipiente y es capaz de dar amor incluso al propio enemigo. También está Judas. Hay un Judas en el interior nosotros… Él es el anti-discípulo, aquel que, en lugar de entregarlo todo a sus hermanos, se apropia de lo que ellos tienenpara quedárselo él. Y Tomás. Hay un Tomás dentro de nosotros. Alguien a quien le cuesta creer en la resurrección porque quiere respuestas y pruebas racionales. Y está “el discípulo amado”, que es anónimo y asume todas las actitudes del auténtico discípulo. El evangelista, al presentarlo, nos invita a ser como este discípulo. Y, por supuesto, también hay una samaritana dentro de nosotros, como veremos enseguida.
Quiero mencionar el lugar donde el evangelista sitúa el encuentro de Jesús con la mujer de Samaría. Al fondo se ven dos montañas; son el Gerizim y el Ebal. El monte bendecido y el monte maldito. De hecho, a unas decenas de metros de la cima los arqueólogos han encontrado restos de cultos idolátricos, por lo que el monte Ebal era un monte maldito. Veamos de cerca estas dos montañas y subamos al Gerizim porque desde allí podemos contemplar toda la llanura y también ver el lugar que más nos interesa: el pozo donde Jesús conoció a la mujer samaritana.
Aquí estamos en el Gerizim, en primer plano, detrás de mí, se ven los restos de un edificio; son los sótanos de una basílica bizantina del siglo VI con forma octogonal; son dos octógonos, como esa basílica que los bizantinos también habían construido sobre la casa de Pedro en Cafarnaún. Ésta fue dedicada a la Virgen María, Madre de Dios. En el pasaje de hoy escucharemos a la samaritana mencionar un templo que había en el Gerizim. Había sido construido en la época de Alejandro Magno y en la época de Jesús ya no existía porque había sido destruido en el 128 por Juan Hircano, sumo sacerdote del Templo de Jerusalén que veía a este templo compitiendo con el Templo de la ciudad santa, y, apenas pudo, lo hizo destruir. Pero esta montaña continuó siendo sagrada.
Este templo no se alzaba donde ven los restos de la basílica bizantina; se alzaba en otro pico ligeramente más bajo. En la cima del monte Gerizim se puede ver el lugar, y este templo era claramente visible desde la llanura. Entre estas dos montañas pasa hoy, como en tiempos de Jesús, un camino muy importante que unía Judea con Galilea. Donde termina esta vía,más allá de las dos montañas, ven que hay una ciudad que hoy es muy importante y también lo era en tiempos de Jesús. Es Nablus, la Neápolis de la época romana. Y ahora se indica la ciudad de Sicar, que se menciona en el pasaje del evangelio de hoy. Se encontraba en la encrucijada de las rutas más importantes de comunicación. El nombre de Sicar es una arameización de Siquem, ciudad situada en la misma entrada del desfiladero entre las dos montañas, por lo que controlaba el tráfico en esa carretera.
En la Biblia se menciona mucho a Siquem porque por allí han pasado los patriarcas, Abraham, Jacob. En la Biblia se mencionan muchos episodios ocurridos en Siquem. Quiero mencionar uno, que se relata en el capítulo 24 del libro de Josué. Recuerdan que Josué introdujo al pueblo de Israel en la Tierra Prometida, conquistó esta tierra y luego, antes de morir, reunió a todo el pueblo en Siquem , en esta llanura, porque quería que el pueblo tomara la decisión del Dios a quien querían adorar: ¿A qué Dios quieren seguir y escuchar? ¿Quieren elegir al Señor que los libró de la tierra de Egipto? O ¿quieren elegir al dios Baal que es el dios de esta tierra, es el dios que envía los huracanes, la lluvia, el que fertiliza los campos, el que preside a la fecundidad de los animales? ¿Quieren seguir al Señor o al dios de esta tierra, Baal?” Y toda la gente responde: “Queremos seguir al Señor”..
Ahora quiero señalarles dónde estaba el pozo en el que Jesús se encontró con la Samaritana. Observen la distancia entre Sicar y el pozo de la Samaritana; es casi un kilómetro. Existen dos abundantes manantiales de agua en Sicar, en Dafne y en Aschar; entonces nos preguntamos (y aquí comienzan las incoherencias que mencioné): ¿Por qué el evangelista envía a esta mujer al pozo cuando podía extraer agua de estos manantiales? Aquí tienen al pozo; tiene 35 metros de profundidad (yo he bebido muchas veces esa agua).
En tiempos de Jesús, por supuesto, no era como lo ven hoy, porque la baranda del pozo original sobre la que se sentó Jesús fue llevada a Constantinopla por Justiniano, que la colocó en la basílica Santa Sofía. La actual data del siglo XIX, ya que varias iglesias habían sido construidas sobre este pozo por los bizantinos y luego por los cruzados, y fueron todas destruidas. La iglesia en la que hoy se encuentra el pozo es una iglesia ortodoxa griega, pero les he puesto también una foto de cómo era el pozo en el siglo XIX.
Escuchemos cómo comienza la historia:
Jesús abandonó Judea y se dirigió de nuevo a Galilea. Tenía que atravesar Samaría. Llegó a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del terreno que Jacob dio a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, se sentó tranquilamente junto al pozo. Era mediodía.
Jesús se encontraba a lo largo del valle del río Jordán, cerca de Jericó. Para ir a Galilea no tenía necesidad de pasar en absoluto por Samaría. El camino que todos recorrían estaba en el lado oriental del río Jordán, subiendo hacia el norte. ¿Por qué dice el evangelista que “tuvo que atravesar” Samaria? No es una necesidad geográfica. Jesús tiene otro objetivo: tiene que encontrar a una mujer que ha abandonado a su marido, lo ha traicionado, y ha tomado otros cinco maridos, pero no está satisfecha. Ella no está contenta y Jesús quiere encontrarse con esta mujer. Juan escribe para cristianos que conocen el Antiguo Testamento y que saben muy bien quién es el Esposo que ha sido abandonado por la esposa.
El Esposo es Dios. Esta es la imagen más dulce que encontramos en la Biblia. Dios es el Esposo enamorado de su pueblo y este pueblo es una esposa infiel, lo ha traicionado. Vean cómo el evangelista nos va introduciendo cada vez más en la interpretación alegórica de este episodio. El encuentro tiene lugar en el pozo. Jesús llega a Sicar donde estaba este pozo.
El pozo tenía una resonancia emocional muy diferente en los judíos de la época de Jesús a la que tiene hoy. Nosotros sacamos agua del grifo; el pozo no nos dice mucho, no suscita emociones ni recuerdos, pero en una tierra pobre en agua, como es Israel, el pozo no sólo era el lugar donde se iba a sacar agua, no. Tenía muchos significados.
El primero: era el lugar del encuentro; junto al pozo se encontraban los pastores que venían a abrevar sus rebaños; al pozo llegaban los mercaderes que exhibían sus mercancías y esperaban que los clientes acudieran al pozo. Por supuesto al pozo llegaban las muchachas a charlar con sus amigas. Junto al pozo se encontraban los enamorados. Hay muchos relatos en la Biblia sobre estos encuentros de los enamorados junto al pozo.
Recordemos, por ejemplo, cuando Abrahán envía a su siervo para buscar una esposa para su hijo Isaac; va al pozo y ve a las muchachas de la ciudad que vienen a sacar agua y elige a Rebeca. Jacob se encuentra con su amada Raquel en el pozo; espera que lleguen las jóvenes a sacar agua y, cuando llega Raquel, rueda la piedra de la boca del pozo y hace que sus ovejas beban. También en el pozo Moisés encuentra a su esposa Séfora. El pozo es el lugar donde se encontraban los enamorados. Más tarde, el pozo en la Biblia se convirtió en el símbolo de la Torah, de la palabra de Dios, el agua viva vivificante que viene del Señor. Recordemos al profeta Jeremías diciendo en nombre de Dios: “Han abandonado el manantial del Señor y se han cavado cisternas agrietadas que no retienen el agua”. También Isaías:“Todos los sedientos, vengan al agua, y agua gratis incluso para los que no tienen dinero vengan a sacar agua”. El agua es símbolo de la vida, del amor de Dios y símbolo de su Palabra que da vida. La mujer samaritana debe ir continuamente a sacar agua de una fuente que nunca la llena porque no es un agua que finalmente la llene de vida. Jesús le propondrá sacar su agua.
“Jesús se sentó junto al pozo”; es un caminante cansado. Es significativo que es la única vez que los evangelistas hablan del cansancio de Jesús. Viene de lejos, está cansado del viaje, debe encontrarse con esta mujer que ha abandonado al esposo. Debe haber estado realmente muy enamorado de esta mujer.
Fijémonos en la posición de Jesús: está sentado en esta fuente. Jesús parece estar sustituyendo ahora al agua de aquel pozo porque quiere que saquen su agua. La hora: el mediodía. Aquí tenemos otra incongruencia si sólo tomamos el episodio como una crónica.Pero no. Encontramos cada vez más referencias alegóricas. Como crónica, la hora es extraña porque ninguna mujer iba al pozo a esa hora ya que hacía mucho calor. Siempre iban a por agua por la mañana y por la tarde. La hora del mediodía tiene otro significado. Lo encontramos en el evangelio según san Juan una sola vez más, cuando Pilato presenta a Jesús: “he aquí al hombre, aquí tienen a su rey’”
Escuchemos ahora cómo se desarrolla el encuentro de Jesús con esta mujer:
Una mujer de Samaría llegó a sacar agua. Jesús le dice: “Dame de beber”. Los discípulos habían ido al pueblo a comprar comida.
Identifiquemos inmediatamente a esta mujer. No tiene nombre; no es así como se narra una historia. El evangelista señala que se trata de mujer samaritana, y esto no es casual.Sabemos que Samaría era despreciada por los judíos no solo por razones étnicas sino también porque practicaban la idolatría adorando a un dios ‘maldito’. . Samaría había abandonado a su Dios. Una prefiguración de Israel, que había abandonado al Esposo.
De la misma manera el profeta Oseas, que había tenido una experiencia conyugal bastante dolorosa al ser abandonado por su esposa, Gómer, y que, para no sufrir, incluso la había echado de casa (no quería saber más nada, pero no podía prescindir de aquella esposa) leyó su historia de amor como la del Dios de Israel, abandonado por su esposa. Así retoma el evangelista la prefiguración del abandono que sufre Dios cuando se aleja de él su propio Pueblo.
En la escena evangélica, vemos a Jesús pidiendo de beber a esta mujer. En la cultura semítica “pedir de beber” significaba pedir acogida, y el agua era el símbolo del amor. Recordemos al salmista que tenía esta maravillosa relación con Dios, la del amante que le dice al Señor: “Oh Dios, Tú eres mi Dios, al amanecer te busco”. Notemos cómo son las expresiones de los enamorados: “Tú eres mi amado; Tú solo existes, no conozco a otros”; y el salmista continúa diciendo: “Mi alma tiene sed de ti, en ti anhela mi carne, como tierra árida y desértica, sin agua”. Aquí tenemos la necesidad de agua; es la del amante que pide acogida.
“Los discípulos habían ido al pueblo a comprar comida”. Yo diría que es más bien una solución del evangelista para dejar solos a los dos amantes. La conclusión es que todos estos elementos nos llevan cada vez más a leer el texto simbólicamente. El Señor que vino de lejos, hizo un largo viaje para encontrarse con esta humanidad que se había alejado de él, es Dios que viene a recuperar la esposa infiel.
Y ahora el diálogo sale a la luz; hay un agua que nunca sacia que es la que la mujer va a sacar al pozo y hay un agua que sacia, que da una vida que no muere, la que ofrece Jesús. Escuchemos:
Le responde la samaritana: “¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?” Los judíos no se tratan con los samaritanos. Jesús le contestó: “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, tú le pedirías a él, y él te daría agua viva”. Le dice la mujer: “Señor, no tienes con qué sacar el agua y el pozo es profundo, ¿dónde vas a conseguir agua viva? ¿Eres, acaso, más poderoso que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, del que bebían él, sus hijos y sus rebaños?” Le contestó Jesús: “El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; quien beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, porque el agua que le daré se convertirá dentro de él en manantial que brota dando vida eterna”. Le dice la mujer: “Señor, dame de esa agua, para que no tenga sed y no tenga que venir acá a sacarla”.
Hay un agua material que se extrae de un pozo con un cubo. Dice la samaritana: ‘Tú, Jesús, no puedes sacar agua porque no tienes balde’. Aquí hay otra incongruencia: ¿Cómo hizo la samaritana, que sólo tenía el cántaro, para sacar agua? Recordémoslo: No estamos ante la página de una crónica sino de teología y, por eso, queremos seguir comprendiendo el simbolismo que el evangelista da a este episodio.
En todas las culturas el agua es el símbolo de la vida; ir a sacar agua significa buscar una respuesta a todas las necesidades de la vida. Sacamos agua de muchos pozos materiales; dan agua, pero es un agua que nunca sacia del todo. Tomamos unas buenas vacaciones, pero luego seguimos con sed; tenemos una buena fiesta con amigos, volvemos contentos, pero luego volvemos a tener sed. El agua material calma la sed durante unas horas, pero luego vuelve a empezar, reaparece y tenemos que volver de nuevo a otros pozos.
¿Qué te ofrecen estos pozos materiales que para muchas personas son el único fin de su vida? Te dan muchas cosas bellas, útiles, agradables, incluso necesarias para la vida biológica, pero ten en cuenta que nunca te satisfarán plenamente. La persona siempre busca nuevos pozos, nuevas emociones, nuevas experiencias; no puede contentarse con el dinero, con una migaja de placer, porque tiene un corazón demasiado grande y es inútil intentar llenarlo de cosas materiales.
La profesión, las relaciones, la sexualidad dan mucha alegría, pero son alegría temporal. Cuando las fuerzas flaquean, cuando vienen a menos las personas que amamos, si la persecución de estas cosas fuera el objetivo absoluto, al final concluyes que entonces la vida no tiene sentido; has apostado toda tu vida en tu profesión, has alcanzado el éxito; pero ten cuidado, es un pozo que se seca en un momento dado; cuando te jubilas ya nadie te llama, el pozo se ha secado. Las esperanzas a corto plazo de nuestra vida tarde o temprano ceden al sinsentido e incluso a la desesperación.
Ésta es la sed que experimentaba la samaritana. Jesús le había pedido de beber, pero ahora le hace ver que es ella quien tiene sed, una sed de la que tal vez ni siquiera es consciente. De hecho, no tiene conciencia porque piensa que está satisfaciendo esta sed con agua material; y Jesús le dice que existe un agua que sólo puede recibir como regalo; lasatisfacción de la sed material puede buscarse, pero la otra agua, la que realmente satisface plenamente nuestra necesidad de vida, sólo podemos recibirla como regalo.
“Si conocieras el don de Dios”. Si no se comprende que Jesús quiere ofrecernos un regalo, si nuestra catequesis parte de las disposiciones, de los mandamientos, de los méritos, todo el mensaje evangélico se oscurece. Existe un regalo que se ofrece y que puede también ser rechazado; y así, podemos perder la oportunidad decisiva en la vida, tanto nuestra como de nuestros seres queridos, hijos y nietos. “Si supieras –dice Jesús a la Samaritana– quién es el que te dice: «Dame de beber», tú le hubieras pedido esta agua y te la habría dado” … Un agua viva que brota para la vida eterna, no para la vida biológica.
En griego, existe un término diferente para decir ”vida”. No es βίος (bios) sino ζωήαἰώνιος (zoé aiónios) es decir: “la vida eterna”. O, mejor dicho, “la vida del Eterno”. Esta es el agua que Jesús ofrece como regalo, su Espíritu, la vida divina que trajo al mundo. La vida biológica, con todas las satisfacciones que te puedas dar, acaba; y porque estás bien hecho, todas estas cosas materiales, aunque bellas, nunca te satisfarán plenamente porque tienes programado el camino para recoger el don del agua que Jesús te ofrece.
Ahora Jesús quiere hacer comprender a esta mujer samaritana que, si quiere saciar su sed, su deseo de vida, debe regresar para recuperar al esposo del que se ha alejado. Escuchemos:
Le dice: “Ve, llama a tu marido y vuelve acá”. Le contestó la mujer: “No tengo marido”. Le dice Jesús: “Tienes razón al decir que no tienes marido; porque has tenido cinco hombres, y el que tienes ahora tampoco es tu marido. En eso has dicho la verdad”.
No se entiende qué lógica hay en la invitación de Jesús a la mujer para que fuera a buscar a su marido. Y, también, ¿qué tienen que ver los cinco maridos con el tema del don del agua viva de la que se habla? Notemos bien: no se trata de cinco amantes que esta mujer habría tenido sino de cinco maridos.
Sabemos que el marido es la persona a la que una mujer entrega su vida. La mujer samaritana, por tanto, si esto fuera una crónica, se habría casado cinco veces y esto es muy difícil de justificar, incluso con divorcios sucesivos o la muerte de los maridos (la ley permitía un máximo de tres). Como información sobre la vida de la mujer no tiene sentido, pero en el discurso teológico que Juan está desarrollando tiene mucho sentido porque el marido es Dios y la mujer samaritana que abandonó al Señor, al esposo, y se unió a otros maridos es el Pueblo que se ha apartado de su Dios.
Samaría era el lugar de la infidelidad, y el número 5 tiene su significado porque, en el segundo libro de los Reyes, el capítulo 17 relata la destrucción de Samaría conquistada por los asirios, que deportaron al pueblo samaritano e importaron cinco pueblos que entraron con sus dioses y los samaritanos también empezaron a adorar a estos dioses y a tener también al Señor que tenían antes. Aquí está la infidelidad representada por esta mujer samaritana.
Noten cómo Jesús le habla a esta mujer; no emplea el lenguaje amenazador de los profetas que reprendían al pueblo por su infidelidad, no. Jesús se dirige suavemente a la mujer invitándola a retomar a su marido. Jesús nos está hablando hoy. Nosotros somos esta mujer infiel y él quiere que comprendamos la razón de todas nuestras insatisfacciones. Nos dice: “No serás feliz hasta que unas tu vida al único esposo, que es el Señor”.
Todos tienen un Dios; no existe el ateísmo. Siempre hay alguien o algo a quien la gente entrega su vida convencida de que será feliz. Este esposo, este dios, puede ser la cuenta bancaria. Preguntémonos entonces hoy, en tiempo de Cuaresma, tiempo de replanteamiento de las opciones: ¿Quién es nuestro Dios? ¿Es el Esposo o hemos unido nuestra vida a algún ídolo? Ahora Jesús, respondiendo a una pregunta de la samaritana, introduce el tema del nuevo culto único que el Padre espera de toda la humanidad. Escuchemos:
Le dice la mujer: “Señor, veo que eres profeta. Nuestros padres daban culto en este monte; ustedes en cambio dicen que es en Jerusalén donde hay que dar culto”. Le dice Jesús: “Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén se dará culto al Padre. Ustedes dan culto a lo que no conocen, nosotros damos culto a lo que conocemos; porque la salvación procede de los judíos. Pero llega la hora, ya ha llegado, en que los que dan culto auténtico adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque esos son los adoradores que busca el Padre. Dios es Espíritu y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad”. Le dice la mujer: “Sé que vendrá el Mesías –es decir, Cristo–. Cuando él venga, nos lo explicará todo”. Jesús le dice: “Yo soy, el que habla contigo”.
La mujer le propone a Jesús la alternativa entre dos templos: El de Gerizín, que ya no estaba allí pero el culto a Dios en Gerizín continuaba, y el Templo de Jerusalén. Jesús aclara inmediatamente: El culto a Dios sobre el Gerizín es idolátrico, el de Jerusalén es legítimo y es según la Torah. Pero…: “créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén se dará culto al Padre”. Aquí Dios cambia de nombre; ya no es el Dios de la Ley, de la Torah, que imponía separación y discriminación entre puros e impuros, buenos y malos, hijos de Abrahán y paganos, no. Se acerca el tiempo en que Dios será adorado en un nuevo templo y este Dios es el Padre, y el Padre no hace ninguna distinción o discriminación entre sus hijos.
Esta adoración será en espíritu y en verdad. ¿Qué significa? Espíritu no indica algo sutil, impalpable, no. El Espíritu está en oposición a la carne. La ‘carne’ indica los impulsos que provienen de nuestra naturaleza biológica que nos mueve a pensar en nosotros mismos y a desinteresarnos de los demás. El Espíritu es esa agua que Jesús trajo como regalo a la humanidad. Es su mismo Espíritu, es decir, la vida divina del Padre del Cielo que se da a todo hombre. Y este Espíritu conduce a la verdadera adoración, es decir, a amar a Dios y su presencia, la presencia del Padre celestial, en toda persona. Esta adoración, esta implicación en el amor divino y fraterno, es la única adoración que el Padre celestial espera de nosotros.Éste es el verdadero culto que nos hace verdaderas personas porque, si uno no abraza este Espíritu, uno no es todavía una persona verdadera, en Espíritu y verdad.
A partir de ahora la mujer ya no habla más. Las últimas palabras son las de Jesús. Ella ahora deja a Jesús y se va a la aldea porque ha encontrado al esposo y debe sacar de su infeliz condición a aquellos que siguen teniendo otros maridos que no son el Señor. Ha entendido dónde sacar el agua que apaga la sed. De hecho, abandona el cántaro. Escuchemos lo que hace:
En esto llegaron sus discípulos y se maravillaron de verlo hablar con una mujer. Pero ninguno le preguntó qué buscaba o por qué hablaba con ella. La mujer dejó el cántaro, se fue al pueblo y dijo a los vecinos: “Vengan a ver un hombre que me ha contado todo lo que yo hice. ¿No será el Mesías?” Ellos salieron del pueblo y acudieron a él.
Vuelven a la escena los apóstoles. Habían sido despedidos de forma un tanto torpe por el evangelista. Juan había mencionado que fueron a buscar comida. Es poco probable que fueran todos a buscar comida; bastaba con enviar a Judas, quizás con otro discípulo para controlarlo porque el propio evangelista Juan dirá que no era muy correcto en la gestión de los bienes. Pero no; esto no es crónica. Es que el evangelista Juan quiso dejar al Esposo, Dios, a solas con la esposa infiel.
Y ahora vuelven los discípulos y no le preguntan a Jesús de qué estaba hablando…Hicieron mal. Deberían haberlo hecho. Deberían haberle preguntado para que hubieran escuchado, como nosotros, el diálogo que tuvo con la esposa infiel y, por tanto, el anuncio de un nuevo culto, de una nueva adoración al Padre celestial que no hace distinción entre sus hijos e hijas.
La mujer abandona su cántaro. Ya no lo necesita, ya no extrae esa agua de la que esperaba recibir toda la alegría de la vida. Ahora ha descubierto el agua nueva, el don de Dios y, de hecho, ese cántaro queda allí vacío, abandonado, como vacíos estaban los cántaros de Caná que representaban la religión de la purificación, la antigua relación con Dios. La mujer ha descubierto la nueva relación con Dios, que no es la del amo, la del legislador, sino la del Esposo por el que toda la humanidad debe sentirse amada incondicionalmente.
Y ahora, ¿qué hace esta mujer? Descubre de dónde viene la alegría, el sentido de la vida,y se convierte en apóstol. No puede guardarse para sí esta alegría; va a anunciar a todas las personas que conoce esta nueva relación de amor con el Señor. Podríamos hacernos una pregunta: Si no llegamos a ser apóstoles, ¿existe el peligro de que quizás no hayamos tampoco comprendido el don de Dios?
Ahora nos preguntamos: ¿Pero esta mujer conseguirá resultados en su proclamación, en su apostolado? El evangelista nos presenta ahora el optimismo con el que Jesús invita a sus discípulos a mirar la misión apostólica del anuncio del Evangelio que estos discípulos serán llamados a divulgar. Escuchemos:
Entretanto los discípulos le rogaban: “Come, Maestro”. Él les dijo: “Yo tengo un alimento que ustedes no conocen”. Los discípulos comentaban: “¿Le habrá traído alguien de comer?”Jesús les dice: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y concluir su obra. ¿No dicen ustedes que faltan cuatro meses para la cosecha? Pero yo les digo: Levanten los ojos y observen los campos, que ya están madurando para la cosecha. El segador ya está recibiendo su salario y cosechando fruto para la vida eterna; así lo celebran sembrador y segador. De ese modo se cumple el refrán: Uno siembra y otro cosecha. Yo los he enviado a cosechar donde no han trabajado. Otros han trabajado y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos”.
La samaritana contó a la gente de Sicar el encuentro que le cambió su vida y los convenció de que salieran de la ciudad para vivir la misma experiencia que ella. Este es el apostolado que da resultado. No fue a repetir una lección de catequesis sacada de un libro.Eso está bien pero sólo es creíble, convincente, si la persona que lo presenta tiene el corazón lleno de alegría porque se ha encontrado con Cristo, ha escuchado su Palabra, la ha aceptado y puede atestiguar que el Evangelio hace feliz.
Hoy, en nuestras comunidades, hay tanto pesimismo, se ven tantas caras tristes… Somos cada vez menos, cada vez más viejos, cada vez más cansados… Luego la mundanidad; ya nadie nos escucha. ¿Qué son estas quejas, estos ojos abatidos? Jesús no está de acuerdo y nos dice: “¡Levanta la mirada, mira los campos! Ya están listos para la cosecha”. Y cita un proverbio: “Cuatro meses más y llegará la cosecha”.
Nuestro tiempo no es momento para el desánimo; es el momento propicio para el Anuncio. La humanidad se decepciona de las ideologías, de los partidos políticos, de las promesas engañosas que circulan por los medios de comunicación; espera el Evangelio, sediento de esta agua viva. Jesús dice que es el tiempo de la cosecha, que no desaprovechemos este momento favorable. Y ahora aparecen los samaritanos que vienen a Jesús. Escuchemos:
En aquel pueblo muchos creyeron en él por las palabras de la mujer que atestiguaba: “Me ha dicho todo lo que hice”. Los samaritanos acudieron a él y le rogaban que se quedara con ellos. Se quedó allí dos días, y muchos más creyeron en él, a causa de su palabra; y le decían a la mujer: “Ya no creemos por lo que nos has contado, porque nosotros mismos lo hemos escuchado y sabemos que éste es realmente el salvador del mundo”.
La conclusión de la historia pone en escena a la mujer que no guardó para sí el don del agua viva que Jesús le ofreció, y los samaritanos que oyeron su anuncio creyeron en gran número. Tomemos nota del camino ejemplar de fe de estos samaritanos. En primer lugar, no necesitaron presenciar milagros; les bastó el anuncio hecho por la mujer; se convencieron por la belleza de este mensaje.
El Evangelio tiene en sí un poder divino, prodigioso, y porque estamos bien hechos, estamos programados para el Evangelio, cuando se nos proclama en su pureza, sentimos en lo más profundo de nuestro corazón la invitación a adherirnos a él inmediatamente. Es lo que hicieron los samaritanos. Pero después de esta escucha también fue necesario el encuentro personal con Jesús y, de hecho, la mujer les condujo hasta él. Este camino de fe realizado por los samaritanos es lo que el pasaje del Evangelio nos invita a hacer en este tiempo de Cuaresma.
Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana.
