2 DOMINGO DE CUARESMA – AÑO A
Mateo 17,1-9
Un buen domingo para todos.
Todos los años, en el segundo domingo de cuaresma, se nos ofrece el relato de la transfiguración de Jesús en la montaña. ¿De qué se trató? ¿Quizás de un milagro de Jesús para mostrar algo del paraíso a tres de sus discípulos –no a todos– solo a tres privilegiados?
Si de esto se tratase, el texto del evangelio de hoy no tendría mucho que decirnos, a no ser suscitar un poco la envidia con Pedro, Santiago y Juan. No se trata de esto. La narración de la experiencia espiritual, intensa, inquietante que hicieron tres discípulos de Jesús.
Probablemente fueron estos tres los más preparados a comprender e interiorizar lo que el Maestro quería mostrar sobre su propia identidad. Jesús no era el Mesías que ellos esperaban y comprender al Mesías de Dios no les fue fácil. Solo estos tres que quizás comenzaron a intuir alguna cosa más sobre Jesús que los demás, en una experiencia espiritual en la cual Jesús los introdujo.
Para describirla, el evangelista recurre a imágenes bíblicas y esto hay que tenerlo presente, de lo contrario se pierde el mensaje. Nosotros trataremos de descubrir el significado de estas imágenes. La razón por la que Mateo ha redactado esta página no es para contar otro episodio de la vida de Jesús. NO. Ha querido ofrecernos la oportunidad de que nosotros hoy hagamos la experiencia que estos tres discípulos han hecho sobre la montaña.
Si no llegamos a contemplar el rostro transfigurado de Jesús, no lograremos darle la adhesión de ser sus discípulos. No tendremos la valentía de traducir en la práctica su propuesta de vida. Es indispensable que nosotros hagamos esta experiencia de la transfiguración de Jesús.
En el texto de hoy, el evangelista quiere introducirnos en esta experiencia.
Escuchemos la narración:
Seis días más tarde llamó Jesús a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña elevada.
El texto comienza con una indicación de fecha: “Seis días más tarde”. En general, los relatos evangélicos están puestos el uno al lado del otro sin indicación de tiempo. ¿Por qué aquí se menciona: Seis días más tarde? Es una clara indicación de que vayamos a averiguar lo que ha acontecido seis días antes.
El grupo de discípulos junto con el Maestro se encontraban en Cesárea de Felipe y fue allí donde Jesús les puso esta pregunta: “¿Quién soy yo para ustedes?”. Y Pedro había respondido: “Tú eres el Mesías”. Jesús aprobó la respuesta de Pedro y luego continuó presentando, por primera vez, cuál sería su destino. Iría a Jerusalén, y allí los ancianos, los jefes de los sacerdotes y los escribas lo juzgarían y matarían; pero esto no sería el fin. Su muerte sería para un destino glorioso: la resurrección.
A Pedro le disgustó mucho este primer anuncio de la pasión y llevando aparte a Jesús comenzó a reprenderlo. El verbo empleado por el evangelista es ‘epitimao’ que es el verbo que Jesús utiliza cuando expulsa los demonios. Pedro está haciendo un exorcismo sobre Jesús… ‘¿qué es lo que dices?’.
En el Antiguo Testamento no se dice que el Mesías de Dios estará bajo la protección del Señor y que será un glorioso vencedor. Y Jesús reprenderá a Pedro y le dice: ‘Tú eres un satán’, esto es, ‘tú quieres obstaculizar el camino que el Padre ha trazado para mí. Vete atrás de mí… no te pongas delante para mostrarme el camino, vete detrás de mí, satanás. Porque tú piensas según los criterios del mundo, no según Dios. Sigues el razonamiento de la gente.Pero debes alejarte de estos razonamientos y luego ser parte del grupo del mundo nuevo que yo estoy comenzando a formar’.
El mundo antiguo era aquel donde la ley era el del más fuerte, del que se imponía, dominaba, se hacía servir. Entonces, Jesús está formando este pequeño grupo que debe presentar un mundo alternativo al antiguo. No será el mundo de los dominadores, sino de los servidores. Y Pedro no lo quiere aceptar.
¿Qué hace Jesús? Toma a un grupo de sus discípulos, probablemente a los más preparados a aceptar la novedad, y los lleva a la montaña. Y aquí comienza la presentación de las condiciones necesarias si queremos ser introducidos en esta experiencia del descubrimiento del rostro glorioso de Jesús, o sea, de su transfiguración.
Y la primera condición es la de dejarse acompañar por él a ir a la montaña. La montaña no es una colina; dice que es una montaña alto, o sea que llega hasta el cielo, hasta Dios. En la Biblia la montaña indica el mundo de Dios. Si se quiere encontrar al Señor, si se quiere aceptar su pensamiento, su manera de evaluar, de juzgar, es necesario desconectarnos con la llanura, donde está toda la gente, donde circulan cierto tipo de discursos, de razonamientos que nada tienen que ver con la manera de pensar de Dios.
Pedro piensa según el común de la gente porque está en la llanura. Y por eso ahora Jesús lo acompaña, junto con Santiago y Juan, a la montaña, para introducirlo en la manera de ver el rostro de Jesús según la luz de Dios. Jesús se aleja de la llanura… Y, si nosotros queremos hacer esta experiencia… si nosotros no vemos este rostro transfigurado, el texto del evangelio de hoy no nos sirve para nada. Debemos hacer esta experiencia. Por tanto, dejémonos acompañar a la montaña; apartémonos de la manera de juzgar de la gente.
La segunda condición: los lleva aparte. Y esto es lo que nosotros estamos invitados a hacer. Si se quiere hacer una experiencia de comprender el pensamiento del Señor, es necesario hacernos un espacio donde nos aislemos del ruido, de la confusión, incluso de las preocupaciones de la vida cotidiana que son importantes, pero es necesario entrar en momentos de silencio, de soledad para poder pensar en lo esencial de la vida.
Cuando estamos totalmente absorbidos por los problemas de la vida material, de la agitación, del estrés, se acaba por no tener ya más tiempo para reflexionar y para pensar.Escuchemos ahora lo que sucede a aquellos que mantienen estos momentos de intimidad con el Señor, se apartan del modo de pensar de la gente y se dejan envolver en los pensamientos de Dios. Delante de ellos se transfiguró: su rostro resplandeció como el sol y su ropa se volvió blanca como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
¿Qué es lo que sucede en la montaña? Los tres discípulos ven transfigurado a Jesús. El verbo que se emplea es ‘metamorfómai’ que quiere decir que han asistido a una metamorfosis de Jesús. Sabemos lo que es la metamorfosis. El gusano aparece a la vista como algo despreciable, repugnante, pero esa no es su identidad. Es una mariposa, por tanto, graciosa, encantadora.
En su anuncio del destino que le esperaba, Jesús apareció como un fallido a los ojos de aquellos que están en la llanura y que califican a una persona exitosa según sus criterios.Según los criterios de este mundo, Jesús no era particularmente atractivo. Se había presentadocomo el siervo del Señor, mencionado por el profeta Isaías: despreciado, rechazado por la gente, hombre del dolor que conoce el padecer; uno que ante su presencia la gente se cubre el rostro porque se espantan cuando lo miran, despreciado, no se le tiene ningún aprecio. Y juzgado como un ajusticiado, como un castigado por Dios. No es una persona a la cual hay que admirar según los criterios de este mundo.
¿Qué sucede sobre la montaña? Lo juicios y evaluaciones cambian, se dan vuelta. Allí se ve la verdadera identidad de Jesús. Esto es lo que descubrieron los discípulos. Jesús debía pasar por lo que la gente ve como un fracaso para llegar a mostrar su verdadera gloria, que es la gloria del que ama. Aquí se emplean dos imágenes bíblicas para presentar esta metamorfosis a la cual ellos han asistido. “Su rostro resplandeció como el sol”. El sol es la imagen de la gloria de Dios por la plenitud de luz que posee y, especialmente, por su incorruptibilidad. Las manchas solares fueron descubiertas por Galileo, pero antes se creía que el sol era perfecto, incorruptible.
Esta es la imagen como viene presentado el rostro auténtico de Jesús, como el de Dios que es sol, dice el salmo 86. Y envuelto de luz como de un manto dice el salmo 104. Luego, la vestidura blanca: “su ropa se volvió blanca como la luz”. El color blanco es la característica del mundo de Dios porque siempre hace referencia a la luz. Y la ropa es la manifestación exterior de la identidad de una persona; por tanto, de su actuar.
Y ¿qué se transparenta de Jesús, de su ropa, de qué está revestido? De luz. Esta luz no es otra cosa que el amor de Dios que se manifiesta como luz a través de Jesús. Y en nadie como en Jesús se ha manifestado esta luz del amor de Dios. Estas imágenes de la luz aparecen también en la Pascua: el ángel del Señor que desciende del cielo, hace rodar la piedra y se sienta sobre ella y su aspecto era fulgurante y su ropa blanca como la nieve. Esta luz es la señal de la presencia de Dios y la presencia de Dios en Jesús es perfecta… era el mismo Dios que se manifestaba en toda su gloria.
La gloria de Dios no son los éxitos humanos, es la manifestación de su amor. Y ahora el evangelista trae a escena dos personajes del Antiguo Testamento: Moisés y Elías. ¿Por qué aparecen estos personajes en el relato de la transfiguración? Porque ambos han subido al monte, como lo han hecho los discípulos. Y subieron al monte para ver la gloria de Dios, pero no la han visto. Intuyeron algo, pero no han visto la gloria de Dios porque la gloria de Dios solo se ve en la montaña cuando se encuentra a Jesús. En él brilla en plenitud la gloria de Dios.
Moisés le había pedido al Señor: ‘Muéstrame tu gloria’. Y el Señor le respondió: ‘Tú no puedes ver mi rostro pues nadie puede ver mi rostro y permanecer vivo’. Y Moisés entra en la gruta y Dios pone sobre su rostro su mano y le dice: ‘Me verás cuando haya pasado; verás mi espalda, pero no puedes ver mi rostro, no puedes contemplar la gloria de Dios’.
También es el caso de Elías. Había huido porque estaba perseguido por Jezabel pues había matado a los sacerdotes de Baal. Pensaba haber hecho una cosa buena porque la imagen de Dios que tenía era la del Dios que triunfa mostrando su poder. Luego se había escapado al desierto y se había disgustado con Dios pues le decía que no estaba de su parte en contra de Jezabel. Esta era la imagen de Dios que Elías tenía en mente. No había visto el verdadero rostro de Dios, de ese Dios que manifiesta su gloria en el amor, no en el abatimiento de los enemigos como él pensaba. Y sube a la montaña; allí es la conversión de Elías. La conversión de la imagen de Dios que había cultivado: el terremoto, la manifestación a través de la fuerza y así imaginaba la fuerza de Dios. NO. Dios no estaba en el terremoto; Dios no estaba en el fuego; Dios no estaba en el viento impetuoso que levanta las piedras. Luego apareció una brisa suave y Elías se cubre el rostro porque estaba pasando la gloria de Dios que él aún no podía ver.
Solo en la montaña existe el diálogo, se confrontan con Jesús. La imagen que los apóstoles tenían de Dios debía confrontarse con la revelación verdadera de la gloria de Dios que no es la del poder, sino la del amor. Es una gloria extraña, no esperada. No es que la gente esperaba: la imagen de un Dios terrible con los pecadores; un Dios legislador y justiciero; un Dios que quiere ser obedecido y servido. NO. Es el Dios amor. El Dios que ha tomado la forma de esclavo para servir al hombre. Y esta gloria no la habían visto Moisés y Elías. Por eso también ellos deben confrontar la gloria que ellos imaginaban con la gloria que brilla sobre el rostro de Jesús.
Si nosotros no hacemos esta experiencia de la metamorfosis y no nos damos cuenta que la gloria está en el amar, en el donar la vida como lo hizo Jesús, entonces nosotros no tendremos la valentía de dar nuestra adhesión a esta propuesta de vida que nos pide Jesús. Escuchemos ahora la reacción de Pedro frente a esta revelación que él no se esperaba, de frente a esta metamorfosis del esclavo que ahora viene presentado, a la luz de Dios, como el Señor: Pedro tomó la palabra y dijo a Jesús: Señor, ¡qué bien se está aquí! Si te parece, armaré tres chozas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías. Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa les hizo sombra y de la nube salió una voz que decía: Éste es mi Hijo querido, mi predilecto. Escúchenlo. Pedro exclama: “Señor, ¡qué bien se está aquí!”. Se ha quedado encantado de la belleza. ¿De qué belleza se trata? Ante todo, la belleza del rostro de Dios.
El Dios que vemos en Jesús es ‘bello’. Una cierta imagen de Dios presentada en la catequesis no era ‘bella’ y hay algunos que todavía la mantienen. Quiere decir que no han hecho la experiencia de contemplar el rostro de Dios en Jesús. Pedro la descubrió. Y nosotros estamos invitados a ver la belleza de este rostro subiendo a la montaña; separándonos de esa imagen de Dios que nos hemos fabricado para poder contemplar el rostro de Dios que vemos en Jesús. Pedro ha comprendido cuál es la belleza del hombre verdadero, la persona que ama, que dona su vida.
Entonces, ¿es suficiente contemplar esta belleza o es necesario después traducirla en acción? O sea, regresar al mundo, a la vida concreta revestidos, también nosotros, de esta belleza y de esta luz convirtiéndonos en transparencia de la belleza que hemos contemplado en Cristo. Si hemos comprendido que el sentido de la vida es donarla, es necesario ponerse a servir al hermano. Pedro dice: “Si te parece, armaré tres chozas”.
El que construye una choza quiere decir que se quiere quedar allí. No es suficiente la contemplación de esta belleza; es necesario bajar de la montaña, retornar a lo cotidiano, salir de la iglesia y ponerse a amar. Volver al trabajo, a las propias responsabilidades sociales; desarrollar la profesión que uno tiene, pero de una manera distinta de como se hace en la llanura.
Se ejerce la profesión para servir, no para emerger, para buscar la vanagloria de este mundo. Nuestra liturgia dominical debería estar revestida de esta perspectiva para ser auténtica y hermosa. Regresar al mundo revestidos de la luz de Cristo. Recordemos también que cuando Moisés regresaba de la montaña tenía la cara iluminada.
También el cristiano: si de veras ha estado en la montaña y ha contemplado la belleza de Cristo, regresa revestido de esta luz. Es lo que Jesús dice: ‘Ustedes son la luz del mundo’. No nuestra luz, sino la luz que refleja la de Dios y la de Cristo.
“Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa les hizo sombra”. Se trata de otra imagen bíblica. Es la nube que acompañaba al pueblo en el camino del desierto. La nube es como una caricia. La nube de Dios indica la presencia de Dios que envuelve a quien ha comprendido esta belleza de Cristo y bajando de la montaña debe tener esta sensación que es la verdad: sentirse siempre envuelto de la ternura de Dios que lo acompaña en lo concreto de la vida. Luego está la voz del cielo. Cuando en el mundo rabínico se emplea esta imagen se quiere presentar la visión de Dios sobre lo que está aconteciendo. Y esta voz presenta a Jesús como el ‘hijo amado’.
En la cultura semítica, ‘hijo’ es el que se asemeja al padre y aquí se presenta como la imagen perfecta del Padre. En él, el Padre del cielo se complace, se reconoce perfectamente.Esta voz de Dios aparece dos veces en el evangelio. La primera es en el bautismo cuando se separan los cielos y se siente esta voz del cielo que dice: “Este es mi hijo, querido, el predilecto en el cual me complazco”. No se dice: “Escúchenlo” … porque aún no ha hablado, no ha mostrado su rostro todavía; es al inicio de la vida pública de Jesús.
Y en la segunda vez que se escucha esta voz, o sea en la transfiguración, se añade: “Escúchenlo”. Escucharlo se refiere, primeramente, a la propuesta que él ha hecho: ‘Si quieres venir en pos de mí, renuncia a pensar en ti mismo’; haz la opción de ser ‘esclavo’ a quien todos pueden dar órdenes; ofrece tu vida por amor; escúchenlo a él si también ustedesquieren ser hijos e hijas del Padre del cielo. Si quieren que también de ustedes trasparezca esta belleza que brilla sobre el rostro de Jesús.
Y este ‘escúchenlo’ más que un mandato es casi una súplica que nace de la ternura del amor del Padre que parece que nos dice: ‘te sugiero, te ruego, te recomiendo, escúchalo a él si no quieres equivocarte en la vida’. Se trata de una propuesta fuerte.
Escuchemos ahora cuál es la reacción de los discípulos:
Al oírlo, los discípulos cayeron boca abajo temblando de mucho miedo. Jesús se acercó, los tocó y les dijo: ¡Levántense, no tengan miedo! Cuando levantaron la vista, sólo vieron a Jesús. Mientras bajaban de la montaña, Jesús les ordenó: No cuenten a nadie lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos.
“Los discípulos cayeron boca abajo temblando de mucho miedo”. Están muy asustadosporque han comprendido lo que supone acoger en la propia vida la belleza que han visto en Jesús. Significa donar la propia vida.
El que no se asusta quiere decir que no ha comprendido. Quizás piensa que para ser discípulo es suficiente seguir alguna práctica religiosa… entonces con eso no se asusta. Pero cuando se comprende que se debe donar la propia vida, entonces se asusta. Nuestro instinto natural nos lleva a defender nuestra existencia, por tanto, a utilizar toda la realidad circundante, las cosas, las personas, para protegernos a nosotros mismos, para realizarnos personalmente.
Jesús pide la renuncia a uno mismo. El ideal de persona en el mundo es el de aquel a quien no le falta nada y se sirve de todo y de todos para estar bien y gozar de la vida. Este no es el hombre ‘bello’ que encontramos en Jesús. Él hace otra propuesta de hombre. Una realización de la vida que es paradójica porque está más allá de lo que se puede verificar, de lo que el hombre puede controlar, de que al final uno se arrepienta de no haber gozado de la vida como lo hacen todos.
No en el servir, sino en el hacerse servir. Es el miedo de echar la semilla en la tierra. Y es lo que Jesús dice: ‘Si la semilla que cae en tierra no muere, permanece sola. Si en vez dona su vida, da mucho fruto’. Están asustados. “Jesús se acercó, los tocó y les dijo: ¡Levántense, no tengan miedo!”. Levantarse quiere decir ponerse en pie. Es el verbo de la resurrección. ‘No seas un hombre viejo sino un hombre resucitado a esta vida nueva que has contemplado en mí’. “Cuando los discípulos levantaron la vista, sólo vieron a Jesús”.
Es la invitación que también Jesús nos hace a nosotros: Levantar la vista para contemplar solamente su belleza y no dejarse encantar de ninguna otra apariencia de belleza que es el ideal de hombre de este mundo.
Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana.
